Amor es, amor no es

Amor es, amor no es

Entre tantas acepciones, rasgos atribuidos al amor, formas de experimentar o registrar el amor, de creer o descreer en él, escuché la del divulgador científico Eduard Punset en una entrevista sobre su libro titulado, precisamente, “El viaje al amor”. Punset explicaba que lo primero que hace la primera bacteria hace tres mil millones de años en la historia de la evolución, es soltar unas señales químicas, preguntando asustada: ¿hay alguien más?, porque sola no podía subdividirse en otras, y al mismo tiempo cuidar de la energía. Agregaba que en realidad lo que somos (una comunidad andante de células) es el resultado de esa búsqueda de otro, de fundirse con otro. Ciertamente nos encontramos ante una explicación más científica que trovadoresca sobre el amor -como afirma el mismo Punset- y que según mi interpretación, define a esta potente emoción como la energía o el influjo vital para la creación y perpetuación de la vida, un punto de vista que explica el amor como la fuerza que nos hace gravitar hacia el otro, que nos empuja a conectarnos con los demás para cuidarnos entre sí, retroalimentarnos, para compartir energía, placer, vivencias, pensamientos, para entregarnos desinteresadamente, para nutrirnos y nutrir con el afecto… Esta es la acepción del amor que construye, que multiplica, que protege a la especie y su entorno, que nos humaniza.

Sin embargo, existe una construcción cultural, con su respectivo acervo de creencias e ideas acerca del amor, que no constituye la acepción más sana, fértil y equilibrada, y que de un modo inconsciente vamos incorporando y transmitiendo en cadena genealógica de padres a hijos. Este modo de pensar colectivo se recoge en frases como “el amor es ciego”, “quien te quiere te hará sufrir”, “rómpeme, mátame, pero no me dejes”, “soy adicto a ti”, “si me celas es porque me amas”, “te castigo y te pego porque te quiero”… lo cual demuestra que hemos desvirtuado el sentido del amor para atribuirle cualidades de desamor, irrespeto, abuso y sufrimiento.

¿Pero por qué torcimos así las cosas y terminamos por llamar amor al desamor, al sufrimiento, al daño, a la necesidad de depredar al otro o dejarnos depredar por otro? Algunos especialistas explican que esta manera de vivir el amor, surge de las experiencias de desamparo y miedo al abandono en los primeros años de vida (como el que sentimos cuando mamá o papá nos dejaba solos llorando en la cuna), y por tanto de la búsqueda desesperada de una garantía para que el otro o la otra no nos deje y se vaya: no importa que me pegues si con ello obtengo tu mirada, no importa que me des solo migajas de atención y tiempo siempre que regreses a mí, no importa que me devores, me celes, me asfixies, irrespetes, desoigas mis necesidades y me causes sufrimiento, si con ello impido que me abandones… La impronta se aloja en un lugar de nuestra memoria emocional a partir de las experiencias tempranas de desamparo, y revive una y otra vez a lo largo de la vida, de modos invisibles para nuestra conciencia, empujándonos hacia la sucesión interminable de relaciones dolorosas que ciegamente provocamos, permitimos, sostenemos y justificamos en nombre del amor.

Otra cosa que hacemos frecuentemente en nombre del amor, es usarlo como mercancía a repartir o retener con el propósito de controlar a otros. Retiramos el amor y la comunicación a los niños cuando queremos forzarlos a hacer lo que esperamos. Chantajeamos diciendo: no te quiero, eres un niño o una niña mala, eso no se hace, ahora no me hables, retírate a tu habitación o al rincón a pensar en lo que has hecho; o por el contrario nos volvemos lisonjeros cuando hacen lo que esperamos: dale un beso a la tía Carmen ahora mismo… muy bien, eres un niño o niña buena…

Dejamos de ver, mirar, tocar, dar afecto cuando nuestros pequeños no hacen lo que esperamos y restituimos o prodigamos mirada, afecto y comunicación cuando se pliegan a lo que queremos. Así es como los seres humanos terminamos muriendo de miedo a que no nos quieran, creyendo seriamente que somos dignos de amor sólo si hacemos lo que esperan de nosotros y no sencillamente por haber nacido y ser quienes somos.

En nombre del amor, hacemos, decimos y terminamos por sentir tantas cosas que, al parecer, nada tienen que ver con esta substancia vital, incondicional, hacedora de vida y de felicidad. Observar con más detenimiento nuestras creencias sobre lo que es o no es amor, puede resultar bastante provechoso para la expansión de nuestras emociones y nuestra conciencia.



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