Amor prohibido

Arde el deseo, desciende la prohibición, las hormonas, briosas en la juventud, se estrellan contra diques de represión. Muy al fondo, serpenteando invisible, el amor lucha por su vida, tanta norma ensombrece su nitidez.

Afuera, a la intemperie, mas allá de la antesala de la felicidad, percibo un pedazo de vida, es la supervivencia, debidamente envuelta en el papel de la normalidad, ni siquiera llora, está adaptada a  lo insoportable, resignada a una suerte, que ningún destino le ha preparado, convencida que la vida, es un valle de lágrimas, mientras llegue la muerte y nos  traiga la ausencia que lleva su nombre.

El pueblo era civilizado, educado, reprimido, infeliz. Los amaneceres  eran sistemáticamente ignorados, los atardeceres, la mágica hora vespertina, carencia de la mirada agradecida, ya no se encendía el fuego sagrado ni la palabra del abuelo, inaugurando el amanecer de la noche y el advenimiento de las estrellas.  El amor deambula en ese contexto,  por la periferia de la existencia, andaba asustadizo, se  presentía prohibido, había sido desterrado a  ejercer su magia a puerta cerrada, a entregarse en la oscuridad, en un contexto de  legalidad matrimonial, una especie de licencia para circular, con la libertad restringida  y el hastío mirando amenazadoramente.

El amor, me dijo mi abuela, tiene  el color del arco iris,  puede ser divino y habitar  el país de lo sublime o tener la pupila abierta a la piel del deseo, puede ser temblor del alma, tsunami hormonal, conmoción de átomos, manos desnudando prejuicios o medicina alumbrando penumbras, mirada iluminando presencias, polvo de estrellas descendiendo sobre instantes, hasta vestirlos de luz.

El amor es la semilla que germina en el terreno de la felicidad y precisa para su crecimiento la atmósfera  de la libertad. El amor va por la vida, dejando huellas perfumadas, silencios elocuentes, fiestas invisibles y ninguna promesa. La libertad en la que ha crecido, le prohíbe absolutamente hacer compromisos a futuro, porque él solo entiende de presente y se fabrica al momento, puede ser incluso tan extenso como un instante y tan corto como la vida, empero no admite compromisos  más allá del vuelo compartido con alas propias.

El amor puede ser eterno pero está fabricado de fugacidad. Habla varios idiomas desde la oración del monje, hasta los gemidos  del amante, desde la nostalgia mordiendo la soledad hasta el reencuentro convertido en abrazo. El amor no entiende de normas ni prohibiciones, está más familiarizado con perfumes y gotas de rocio, aderezando instantes eternos.

Quien ama, saborea la unicidad porque ha descubierto que amar, es la única manera de vivir. El resto, son solo variantes de supervivencia, cenizas sin brasas, muertos disfrazados de vivos, sonándose normales, con la felicidad derribada  y el amor prohibido por ellos mismos, compatible con la dictadura del miedo, que gobierna el mundo de los que aun, no han despertado.



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