Amores prohibidos

Siendo el amor un sentimiento o el conjunto de sentimientos más sublimes, ¿cómo se puede pensar en vetarlo?  ¿En verdad hay amores destinados a la condena?

Las respuestas vienen de muchas partes. Quienes conocen de leyes hablarán de parafilias sexuales, prohibiendo el amor entre adultos y niños, humanos y animales, vivos y muertos, y demás formas de unión poco comunes y muy cuestionables.  Los homofóbicos, naturalmente, prohibirán el amor entre personas del mismo sexo, a la hoguera los hombres que se unen con ellos, las mujeres que se unen con ellas y las diversas combinaciones donde participan más de 2. Las religiones también tienen cierta experticia prohibiendo amores, bien sea entre distintos credos, mismas familias, o lo que resulte más conveniente al momento. La sociedad, por su parte, tiene varios dedos para señalar aquellos amores que no pueden ser, tipo Romeo y Julieta, algunos apellidos no pueden mezclarse con otros, tampoco algunos estratos sociales, incluso las razas.

Pero, ¿existe una unión tan abominable que cuando las dos personas se acercan cae un rayo desde el cielo para impedirlo?  Nop…  Adán y Eva fueron condenados por su amor a la fruta, pero tenían permitido amarse entre ellos. El libre albedrío existe desde siempre al menos a nivel cósmico o universal, somos nosotros quienes establecemos las reglas, el premio por seguirlas y la sentencia por romperlas. Dejando a un lado el conjunto de “aberraciones” amorosas o pasionales de las cuales el mundo ha sido testigo (y seguirá siendo), me voy a referir al caso común, aquel donde ha de estar incluida la mayoría de nosotros.

En primer lugar, seres humanos vivos.  Un hombre y una mujer heterosexuales, sin lazos sanguíneos directos, ambos mayores de edad. ¿Qué puede causar la “prohibición” de ese amor? Teóricamente nada. Hasta que intervienen factores como, por ejemplo, el estado civil. Si uno de ellos o ambos están casados con alguien más, esa puede ser una buena razón para cuestionar la unión. A distintos niveles, claro está. Si mantienen una aventura clandestina fundamentada en la mera infidelidad de los encuentros sexuales, más de uno podría insultar a la dama (el caballero saldría airoso…), pero también se han visto casos donde el affaire es la transición entre el divorcio de dos parejas infelices y la formación de al menos una pareja feliz, así que el tiempo es quien tiene la última palabra.

Las prohibiciones más severas suelen ser aquellas que nos colocamos nosotros mismos. Desde algo tan superficial como la mujer que se prohíba estar con un hombre pobre o el hombre que se prohíba estar con una mujer “fea”, hasta algo tan profundo como la mujer que se prohíba estar con un hombre que no desee tener hijos mientras que ella quiere ser madre o el hombre que se prohíba estar con una mujer racista porque sabe que ese pobre ser podría insultar a su familia. Aún así, las prohibiciones propias serán un tanto inútiles frente al indomable poder del amor que suele encapricharse con lo menos apropiado como si fuera el más cínico y sarcástico estropeador de planes. El meollo del asunto es ese, el amor de ambas partes no se puede censurar, detener ni mucho menos castigar. Hago la aclaratoria porque el amor unidireccional no llega a ningún lado, pero cuando es correspondido no conoce fronteras, puede superar cualquier obstáculo, distancia, prejuicio, amenaza o condena. Los amores prohibidos son como las lluvias prohibidas. Si se encuentran las nubes indicadas, no se necesita más que ellas mismas para que se dé la precipitación, independientemente de lo que digan quienes estén abajo.

Los amores prohibidos no existen a los ojos de los enamorados…



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