Aprender del viaje es más productivo que conseguir la meta

Aprender del viaje es más productivo que conseguir la meta

Hemos comprado la idea de que nuestro deber es vivir una vida corriendo diversas carreras para lograr nuestros sueños o metas. Alguien debe ser responsable de que se haya esparcido este «concepto del éxito», alguien que, de alguna manera, diagramó y vendió su interpretación gráfica de este mandato, en el cual debemos vernos, como señal de «haberlo logrado», sosteniendo un trofeo dorado y brillante, manos arriba, en la cima de la montaña y por encima de todos.

Se nos repitió hasta el cansancio que «el que persevera vence», lo que en realidad quiere decir: «insiste y deja la piel en el camino si es posible, pero debes lograrlo». Y si el resultado no es el esperado, significa que no dimos lo que debíamos, no sudamos la última gota, en otras palabras, no hicimos «lo que debíamos hacer».

Y un día, nos veremos al espejo y no lograremos reconocernos, porque nos hemos sobreexigido tanto que no pudimos disfrutar todo aquel proceso ineludible que cada meta necesita, precisamente porque estábamos estimulados por el insistente mensaje de «éxito» y superación con el que las sociedades nos embarran la cara en cada esquina que pueden, esos mensajes con empresarios exitosos y listas de millonarios menores de 30 años. ¡A la mierda con todo eso y todos ellos!

Sí, soy de los que cree que todos tenemos potencial y que las posibilidades de lograr nuestros objetivos son más probables si nos enfocamos, reconocemos nuestras habilidades, trazamos una línea de ruta y hacemos nuestra parte. Pero esto solo valdrá la pena si se aprende y disfrutamos el proceso.

¡He conseguido la meta! Pero no siento nada

Obviamente, esto ocurre por lo que te decía al principio, estamos estimulados por órdenes de emprendedores en masa que rezan el mismo credo: «cueste lo que cueste, sigue tu pasión, no duermas, el club de las 05:00, baños de agua fría, cronometra todo lo que haces, el tiempo es dinero, ejecuta, no sientas, convierte tu marca o tu proyecto en una religión», y cuanto disparate se les ocurra. Y muchos compran esa idea olvidando un elemento básico de todo negocio que perdura en el tiempo: hacer lo que te gusta sin dañarte a ti ni a otros.

Esto se lee y suena bastante inocente, pero, es la clave de todo, y, para que lo comprendas, necesito que logres disociar el concepto de éxito de personas como Mark Zuckerberg, Steve Jobs, Jeff Bezos, Carlos Slim, Oprah, los Obama y cuanto personaje mediático se te cruce por la mente. Comienza a pensar localmente.

Mira a tu alrededor e identifica a esos pequeños negocios que han permanecido en el tiempo, firmes, tras la oleada de crisis que el tiempo les trae a la puerta; cada uno de ellos, los pequeños soñadores que construyeron sus imperios, sin alcance global, pero con lo suficiente para permanecer vigentes.

Como dice mi amigo José Castiglione, dejemos de querer crear el próximo Facebook, Amazon o Tinder, paremos con la tortura de querer patentar la próxima idea sexy que nos incluirá en la lista de millonarios menores de treinta años, detengamos esa tortura que lo único que hace es afectarnos emocionalmente y traernos efectos psicológicos perjudiciales.

No es mediocridad, es aprendizaje

Si cuando navegas en tus redes sociales lo que consumes son los cientos de mensajes positivos, alentando todo este concepto irrisorio de la felicidad como resultado del éxito, pues detente y depúrate.

La felicidad es un concepto que se escribe y se experimenta en dosis, aún más, cuando estás trabajando en tu proyecto. La frustración aparece cuando tomamos estos consejos superficiales —que son ineficaces— basados en la autoexigencia y el tesón.

Cuando iniciamos el viaje, el viaje hacia ese objetivo o meta, debemos estar conscientes de que no tenemos fecha de llegada (como la vida misma y su analogía como viaje hacia la muerte, no sabemos cuándo ocurrirá y no por eso dejamos de vivir); el viaje es el proceso, y cada proceso está repleto de aprendizajes diversos, ricos, pobres, incompletos, emocionantes, aburridos, pero, sin duda, que aportan conocimiento y nos ayudan a almacenar lo necesario para afrontar lo que venga en cada frontera que nos toque transitar.

Los viajes en búsqueda de nuestros objetivos son viajes de aventura (la vida es una aventura) que hacemos sin GPS ni fórmulas mágicas.

Cuando estemos en esa ruta hacia la realización personal o profesional, habrá momentos en los que cambien los planes, en los que nos veremos obligados a virar de rumbo, y esto debe ser sin arrepentimiento ni dolor, porque si seguimos nuestra intuición y estamos abiertos al aprendizaje, sin duda, llegaremos a buen puerto.

Foto solo travel Johan Papin



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