Aprendí a mentir

Las fantasías de mi infancia iban desde soñar con papá, que llegaba como un rey en un caballo para llevarme a pasear, hasta atrapar la atención de mis amiguitas con historias increíbles sobre casamientos interrumpidos por enfermedades y tragedias inverosímiles que impedían a mamá darnos un papá.

Cuando leía Margarita de Rubén Darío, escuchaba la voz de Jesús que me decía que yo sí era su princesa, pero cada vez que la realidad me despertaba -obviamente con demasiada frecuencia para el gusto de mi niña- llegaba a hacer cosas tan increíbles como escaparme a vivir a la casa de una amiguita, cuyos padres me parecía podrían adoptarme.

aprendi-a-mentir

No se trataba de falta de cariño materno, de abuelos o familiares maravillosos, se trataba de buscar desesperadamente la presencia de aquel que suponía debía amarme, pero no lo hacía. Como mi vergüenza era inmensa decidí matarlo; así mismo, sin muchas herramientas, pero con gran imaginación, mi mentira era que papá había muerto de cáncer. Aquella farsa era tan útil, tan efectiva para llamar la atención y la compasión de los demás, que terminé siendo una experta en mentir.

Un día llegó a mi colegio la hija de un amigo de papá, quien lo conocía. Tenía 13 años y debía enfrentar la verdad: papá estaba vivito y coleando, y una perfecta desconocida lo trataba de tú. Reconocer mi verdad, es decir, el sentirme no querida, no merecedora, no hija, fue mucho menos grave que des-aprender a mentir.Sentía una satisfacción tremenda al ver que los demás no tenían la más mínima duda de que toda aquella historia de sufrimiento era absolutamente cierta –al menos eso me hacían creer-. Tan grato era el efecto que llegué a inventar un novio extraordinario, con nombre, familia y actos de amor novelescos, pero tan real, que todavía algunas amiguitas de la adolescencia creen que de verdad Rodolfo Villasmil existió.

aprendi-a-mentir2

Pasé muchos años haciéndolo en forma tan compulsiva que parecía que estaba divida en dos, me hacía tanto daño que un día decidí parar. No fue fácil, cada vez que impulsivamente iba a decir algo que no era cierto, paraba y si llegaba a iniciar, hacía una pausa, confesaba que aquello no era así y decía la verdad.

Hoy no recuerdo la última vez que dije algo que no fuera verdad y es tan liberador que no comprendo las razones que puedan existir en el ser humano para la falsedad, porque siento que está tan lejos del Amor concreto, que daña más al que la dice que al engañado.

Dicen que las mujeres nos mentimos entre nosotras, que la envidia y lo cuaimas nos hacen ocultar lo que realmente sentimos o pensamos; estoy segura de que nuestra mujerabilidad será más integral y feliz si apreciamos el poder de la verdad para transformar nuestras vidas.



Deja tus comentarios aquí: