Aquella calle del recuerdo

Después de tres meses intentando ir y por fin llego a esa calle. Eso de tratar ir solo de memoria a un sitio que no vas hace más de 20 años es complicado. Que buen invento es lo del GPS en el teléfono, me sentía un poco guiri parada en medio de la calle mirando en google y cuando llegue a la calle ya sí que era guiri total.

Un guiri es el típico turista (alemán por excelencia) que se pasea por España, acalorado y cámara en mano.

Atrás quedó esa castiza calle que ahora es el paraíso de cualquier mujer, lo digo por la cantidad de zapaterías que hay. Yo con la ilusión de encontrar aquella tiendecita para comprar un chicle de fresa ácida con pegatina de la pantera rosa, esos que valían una peseta y es que  definitivamente hay cosas que se mantienen vivas solo nuestra memoria, aunque una peseta sí que ha resistido el tiempo y aún vive en mi monedero.

El caso es que mi paseo sabatino terminó siendo un ejercicio de memoria en equipo con mi hermano y otra vez gracias a las apps de los teléfonos y claro que no pudo faltar mandarle la foto del cartel con el nombre de la calle.

La frase más repetida en el chat  fue “te acuerdas” y el debate por recordar cuál era el número de ese portal al que llegábamos con los chicles de fresa ácida y las bolsas de conguitos. La verdad, nunca acertamos el número.

Aunque ya lo sabía el caso es que ahora esa calle es territorio gay a lo que mi hermano me respondió: pero antes también lo era solo que ¡tú no te dabas cuenta! por la edad, sin duda, la calcomanía del chicle era algo más interesante para mí.

Esa calle seguro tiene mucho más historia de la que yo le puedo poner, incluso no hace muchos años no podía suceder lo que vi; dos hombres demostrándose su amor bajo una gran bandera multicolor. Antaño eso era un delito.

Los cambios no solo fueron en el mercado que pasó de ser el lugar de encuentro de aquellas señoras que bajaban a por un kilo de patatas para la tortilla para ser uno de los lugares recomendados para degustarla.

Los lugares y los lugareños se adaptan, aunque algunos se resignan y no vean con buenos ojos lo que bajo sus tradicionales balcones sucede.

Por fortuna en esa calle ahora caben todos y sin delito alguno, así como mi peseta comparte espacio en el monedero. Por fortuna los buenos recuerdos y aquellas frases de la abuela no se nos han olvidado.

 



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