Aquellos animales que nos (de)formaron

Flipper, King-Kong, Lassie, Chita, Clarence, son  nombres conocidos en el mundo entero. Símbolos de la colaboración y dependencia del hombre con sus animales. Emblemas de valores indispensables como la lealtad, el amor, la entrega, la solidaridad. 

Más de una generación fue tocada por el encanto de Clarence, el león bizco y el veterinario Daktari, a quien veíamos en cada capítulo salvando leones, tigres, cebras, en medio de África salvaje.  Todos conocemos a Chita, la  eterna  y “casi humana” compañera de Tarzán: sus aventuras nos fascinaban cuando aquella chimpancé advertía al héroe de los peligros que representaban  antropófagos  o cazadores blancos que indiscriminadamente iban a la selva a cazar por vanidad. ¿Qué decir de Lassie?… tan famosa, salvadora incansable, ícono de bondad, inteligencia y lealtad del “mejor amigo del hombre”, que corría por prados y poblados de unos Estados Unidos pujantes y en pleno proyecto modernizador, protegiendo a su niño, Jeff, a su madre y a quien la necesitara. Gracias a Lassie, los collie desde la década de los años 60, alcanzaron la consideración de ser los perros más bellos e inteligentes del mundo. Todos queríamos una en casa, capaz de dar su vida por nosotros, sentirnos protegidos por una compañera que entendía todo el universo humano a la perfección.

Cuántas películas no se han hecho sobre King Kong, el gorila majestuoso, conocido desde 1933, que encarnó sueños y fantasías humanas, encaramado en el Empire State, enamorado de la chica de la película y capaz de enfrentar toda maldad humana y desarrollar todo coraje en nombre de ese amor. Ese monstruo perseguido e incomprendido que termina trágicamente muriendo,  por la obtusa e incomprensiva visión humana, pero cuyo último suspiro vuelve a dedicarlo a su amor. Esa visión distorsionada, romántica, también condujo al descubrimiento y curiosidad del común de las personas hacia  los grandes simios, y aunque de alguna manera ese enfoque mostrenco, colaboraba a justificar matanzas horrendas de gorilas en África, también masificó la sensibilidad. La gente común vio a los otros simios, a los no humanos, y los comenzó a defender tras la adjudicación de sentimientos humanos.

Imposible no recordar a Flipper, el inseparable compañero de Porter Ricks, guardacosta de Florida, que hizo las veces de niñera de Bud y Sandy, quienes se metían en problemas por curiosidad, desobediencia, y cierto arrojo. Flipper hizo cosas fabulosas: impidió extracciones de cadenas de coral, desactivó bombas, salvó innumerables veces a los niños, advirtió a la policía de la maldad de mafiosos y delincuentes; tuvo necesidad de pelear con tiburones para que sus humanos no fueran atacados por ellos…

Fue a través de esos animales que se inició una etapa importante en la difusión masiva de valores de cuido y protección de la vida natural. Sin embargo, demasiado en “pañales”, aún se consideraba como ideal a un perro-humano, un delfín-humano, un león-humano.  Estas percepciones deben ser superadas a través de la fundamentación en las cientos de investigaciones que se realizan a diario acerca de la vida animal en la naturaleza.

La protección animal comenzó con la idealización, por la humanización. Hemos avanzado en el conocimiento de los animales y ahora sabemos  que debemos verlos en su gloriosa animalidad, en su naturaleza, en su vínculo con su propio entorno.  Si bien aquellas series y películas tuvieron el valor de despertar la curiosidad;  de sensibilizar a la población frente a los animales, también fomentaron falsas creencias y acentuaron mitos que aún perduran, como que si  soltamos a un perro en el sur de la Florida, lo recorrerá sin daños y regresará a nuestro hogar a echarse en el sofá; ese súper perro con GPS, “inteligentísimo”, no existe sino en la tele; ellos se pierden, desorientan su rastro, y pueden no volver a casa.  El perro que da la vida por su amo existe porque responde al afecto, a la manada, pero pretender que nuestro perro vaya a la policía, llame al 911, atrape a unos ladrones él solo, es a lo menos, fantasioso. Imaginar que si vemos delfines salvajes podemos nadar confiadamente con ellos es irrespetarlos. No sabemos si tienen crías, si están amamantando. Si vemos en las carreteras pequeños monitos, no los compremos. Detrás de él, hay una matanza. La madre no lo suelta y para quitárselo, la matarán. Por más que lo deseemos, no se convertirá en Chita; a lo sumo, será una extrañada de su grupo, que no aprenderá las lecciones necesarias de su madre y de sus hermanos para vivir siendo lo que es.  

Nuevas series, nuevos programas de televisión nos presentan las dos perspectivas de los animales: domésticos y salvajes, cómo tratar y educar a los primeros; y cómo admirar a los salvajes a través de esas filmaciones sin intervención que muestran la dinámica de los gorilas en los humedales, de los delfines en sus grupos, de las manadas de leones asiáticos y africanos; que nos han permitido asistir a las lecciones de caza de los guepardos, a la elaboración de camas arbóreas de los grandes simios… Este acercamiento va delineando nuevas percepciones del universo animal cimentadas en bases más reales, más científicas… y aunque los animales siguen tocando nuestros sentimientos, nuestras  emociones, ahora lo hacen en su condición verdadera: la animalidad.

Así que veamos a nuestros perros como súper perros por ser lo que son; a nuestros gatos extraordinarios por ser gatos; y a los animales salvajes en su naturaleza, sin extraerlos de su entorno, sin adjudicarles sentimientos y emociones que no les corresponden.   

 



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