Atrévete a ser feliz

¿No te parece un contrasentido que haya que atreverse a algo tan natural (aunque no normal) como es ser y sentirse feliz? Acompáñame a lo largo de este artículo y descubrirás por qué ser feliz requiere coraje.

El ser humano, incluso sin ser consciente de ello, busca y siempre ha buscado la felicidad en todo lo que hace. La búsqueda de la felicidad es la motivadora de cada acción. Entonces, ¿por qué no disfrutamos todos ya de la felicidad en todos los aspectos de nuestras vidas?

Te voy a responder con dos sencillas preguntas. Sitúate frente a un espejo mirándote fijamente a los ojos y dime: ¿quieres ser feliz? Si eres como el 99 % de mis alumnos habrás respondido que sí. Bien, y ahora dime honestamente: ¿sientes que tú te mereces ser feliz?

Curiosamente la mayor parte de las personas quieren ser felices, pero sienten que no se lo merecen. Sienten que hay algo malo en ellos que les hace no merecedores de la felicidad, cuando en realidad, no se trata de merecer ser felices, sino de aceptar que, por naturaleza, ya lo somos.

¿De dónde crees que surge esa creencia de no ser merecedores de la felicidad, esa sensación de haber hecho algo tan malo como para no merecer ser felices, esa culpa casi inherente al ser humano?

El gran olvido

La raíz de todos los problemas del ser humano está en el olvido de quién es en su totalidad, en el olvido de su esencia para beneficio único de su cuerpo.

Permíteme relatarte una pequeña historia:

Érase una vez un rey que gobernaba feliz en un lugar de gran belleza y salud donde primaba la alegría entre sus habitantes. Un día, un visitante extranjero le habló de un planeta, no muy lejano, donde las personas parecían sumidas en una profunda tristeza, donde el aire y el agua estaban contaminados y donde trabajan largas horas para poder sobrevivir. El rey atónito le hizo una pregunta: “¿Pero acaso esos seres no tienen un corazón?”. “Por supuesto”, respondió el visitante. “Entonces, es imposible que se hayan desviado hasta ese punto”, contestó el rey. Sin pensárselo dos veces el rey decidió que iría él mismo a ayudarles a recordar. Sí, él les recordaría la belleza y les ayudaría a volver a la alegría de existir.

Decidido, emprendió el camino a lomos de su caballo alado. Según descendía hacia aquel planeta sumido en la oscuridad, le llamó la atención la densidad del aire. Era pesado y le costaba respirarlo. Descendió de su caballo alado y comenzó a caminar por las calles de una ciudad superpoblada. Las personas carentes de expresión, le miraban sin mucho interés. Parecían como sumidos en una especie de trance, de olvido. De repente, algo en el denso aire le hizo marearse. Trató de apoyarse en una pared para evitar caerse y, de repente, al mirar a su alrededor, se olvidó de todo. Ya no recordaba de dónde venía ni para qué había venido. Y lo que es peor, ya no recordaba quién era en realidad. El rey, angustiado y confundido, no sabía qué hacer. Poco a poco comenzó a imitar a los demás, a comportarse como ellos.

Semanas después varios caballeros de su séquito se desplazaron hasta el planeta oscuro en busca de su rey. Protegidos por gruesas máscaras evitaron respirar el aire envenenado. Tras una larga búsqueda, le encontraron agotado y triste trabajando duramente la tierra. Sorprendidos trataron de hacerle recordar quién era y por qué había decidido ir a ese lugar. Pero el rey no podía creer lo que aquellos hombres le contaban. Su realidad, la única que existía ahora, era esa. Tardó un tiempo y necesitó utilizar de nuevo su dormido corazón para volver a recordar quién era en realidad y así poder recuperar su alegría. ¡Para la inmensa alegría de su pueblo, lo consiguió!

¿Y si simplemente tú también te hubieses olvidado de quién eres en realidad?

¿Te atreves a redescubrirte?

Tú, como cada uno de nosotros, eres un ser energético que en un momento dado de su eterno viaje por este universo, decide hacer una parada en el planeta Tierra. Tu naturaleza es dual: estás compuesto de un núcleo luminoso (una gotita misma de la esencia creadora) que se encuentra invariablemente rodeado, en mayor o menor medida, de oscuridad. A lo largo de tu eterno viaje universal, tu único propósito como ser es el de iluminar tu oscuridad o dicho con otras palabras, evolucionar.

Un día, miras con ternura al planeta que ahora habitas y decides hacer allí una parada en tu camino. Ilusionado te haces dos solemnes promesas para esa nueva experiencia (lo que llamamos vida): seguir evolucionando y no volver a utilizar los comportamientos oscuros que ya has experimentado y manifestado en otras vidas anteriores. En ese momento, aún en conexión con el conocimiento que yace en tu interior, te sientes poderoso y capaz de cumplir tus promesas, pues sabes que la esencia creadora en ti te ofrece todas las herramientas para hacer que tu experiencia sea feliz y placentera.

Por qué dejas de escuchar al conocimiento en ti

Para manifestarte como persona sobre la Tierra vas a necesitar un vehículo humano, un cuerpo ,y para ello escoges a una pareja que te sirva como fabricante de tu vehículo (cuerpo), esos a los que hoy llamas papá y mamá. Y aquí es donde comienza el auténtico problema: la persona en la que se convierte el ser no se identifica con él, sino con los fabricantes de su cuerpo. El ser se siente atrapado y la comunicación con su vehículo se pierde. El cuerpo material se identifica con sus fabricantes (papá y mamá) y no con sus creadores (la esencia creadora).

Por decirlo de alguna manera, es como si tu persona se olvidara gradualmente del ser que lo habita. Te identificas con tus progenitores y tratas de vivir tu vida en función de unas normas sociales y familiares preestablecidas por la educación.

Al identificarte con papá y mamá y olvidarte de quién eres, te olvidas de que evolucionar es la única razón por la que decidiste adoptar una forma humana, es tu única razón de existir. Te olvidas de las promesas que te hiciste y de que tu paso por este planeta es únicamente temporal. Y ¿qué te queda entonces más que un inmenso vacío existencial?

Ese es el momento en que te olvidas de vivir y comienzas a sobrevivir. ¿Te suena?

La culpa intrínseca

¿Recuerdas esa culpa intrínseca que hace que no nos sintamos merecedores de la felicidad, esa sensación de haber hecho algo mal? Pues sí, existe una culpa intrínseca inherente a cada ser que habita en este universo oscuro. El ser naturalmente se siente culpable, pues llega con todos los recuerdos de sus anteriores vivencias universales (vidas), de sus experiencias en la oscuridad. Llega con todo su recuerdo de sus elecciones oscuras ya experimentadas.

Desde la oscuridad de nuestro ser, al vernos solos en la inmensidad oscura de este universo, nos sentimos abandonados por nuestros padres. En realidad, estamos enfadados con la luz misma y ese enfado con el Creador provoca en nosotros una culpa permanente.

El ser humano teme más a su luz que a su oscuridad

Esa culpa inherente al ser se ve reforzada en nuestro día a día por el conocimiento implícito del ser de que, como personas, no lo estamos haciendo bien; de que le estamos dando la espalda a la esencia creadora en nosotros. Cuando trabajo con mis alumnos y les pido que miren el reflejo de su cuerpo en el espejo, todos, invariablemente, frente a sí mismos, sienten que hay algo que no están haciendo bien. Sienten que no están actuando como prometieron. No saben por qué, pero se dan cuenta.

Y por si fuera poco entra aquí la educación para reforzar la culpa, aún más, si cabe. Los mensajes de nuestros educadores y de la sociedad misma nos exigen que seamos “perfectos”. Perfectos según sus criterios sociales tan distantes de la perfección que conocemos desde nuestro ser. Interiormente, como reflejo de nuestra luz, tenemos una noción muy clara de qué es la perfección.

El problema es que esa misma luz que habita en nuestro interior ha sido verbalizada humanamente por las reglas más rígidas de la educación, de una forma que no podemos reconocer como eco de nuestro interior: sacar las mejores notas en el colegio, obtener un título o diploma (fruto del saber de la mente, que no del conocer), esforzarse mucho para ganar dinero, casarse a toda costa y lo antes posible para tener hijos, etc. Al final todos salimos de este camino de la educación convencional más o menos aturdidos: ¿acaso le queda tiempo a los niños en edad escolar para estar centrados en sí mismos (sin televisión, móvil, ordenador…)?

Todos nos damos cuenta en un momento dado de que no estamos haciendo lo que prometimos antes de nacer: aumentar nuestra luz a través de nuestros comportamientos y nutrirnos principalmente de ella utilizando nuestra grandeza y creatividad interior, en lugar de utilizar aparatos electrónicos para evitar darnos cuenta de que nos aburrimos.

Si eliges comportarte bien desde ti, desde tu conocimiento, disfrutarás de un potencial innato que, de no ser así, seguiría escondido. Si por el contrario, tratas de portarte bien solo según un criterio social exterior, en el fondo, carecerá de sentido para ti.

¿Conoces a algún maestro exterior mejor para ti que tu propia luz?

Atreverte a ser feliz implica…

Lo prometido es deuda. Te pedí al principio de este artículo que me acompañases para descubrir la razón por la que es necesario atreverse a poder sentirte feliz. Me imagino que a estas alturas ya habrás atisbado algunas de las razones. Veámoslas ahora detalladamente.

Atreverte a ser feliz implica:

  • Atreverte a mirar hacia tu interior. Ser feliz pasa necesariamente por atreverte a mirar hacia tu interior. Pasa por convertirte, cada día más, en el ser humano que has nacido y venido a ser: la manifestación cotidiana de ti mismo.
  • Asumir la responsabilidad de tu propia felicidad. Ser feliz implica asumir la responsabilidad de tu propia felicidad (luz), asumir que tú y solo tú eres responsable de cuidar y expandir tu núcleo de luz.
  • Atreverte a reconocer que te has equivocado. Ser feliz implica el darte cuenta y reconocer que durante todos estos largos años has estado dándote la espalda a ti mismo, que has estado dándole la espalda a tu luz.
  • Aceptar tu naturaleza dual. Ser feliz pasa por aceptarte tal y como eres en este momento, con tu luz y oscuridad. Aceptar que no eres perfecto y que está bien así, siempre y cuando sigas evolucionando a tu propio ritmo. Pasa por aceptar que tu única responsabilidad es iluminar tu oscuridad: ser feliz.
  • Atreverte a perdonarte. Una vez que has entendido, aceptado y asumido tus equivocaciones necesitas perdonarte. Tus padres (la esencia creadora) no te juzgan, no lo hagas tú. Recuerda: tú, como todos, solo te has equivocado.
  • Atrévete a quererte. Ser feliz pasa por atreverte a quererte tal y como eres en plena evolución, con tu luz y tu oscuridad, con tus defectos y virtudes. Pasa por atreverte a mirarte en el espejo y decirte, sin la menor vacilación: “Yo (desde tu ser) te quiero (di tu nombre)”.
  • Atreverte a hacer las paces con la luz creadora. Ser feliz implica que puedas mirar de nuevo a la luz creadora del todo en ti y veas reflejado el amor en su infinitamente amorosa mirada. Recuerda: ¡No estás solo! ¡Nunca lo has estado!

Y ahora dime… Tú, ¿te atreves a ser feliz?

Puedes leer más sobre Anne Astilleros y su método y filosofía en su libro gratuito: Atrévete a ser Feliz. Manual de Espiritualidad Práctica que puedes descargarte libremente en: www.anneastilleros.com/es/manual



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