Automóviles públicos

La vieja fantasía de abandonar el automóvil en mitad de una congestión de tráfico e irse caminando todavía no puede hacerse realidad, pero ahora hay algo que al menos se le parece. Es un evento que puede terminar siendo histórico, por lo que implica como modo alternativo de movilidad y como uso masivo de energía no contaminante.

La ciudad de París acaba de lanzar en modo de prueba Autolib, un programa de alquiler de automóviles por horas (no por días, como el alquiler convencional de carros), creado a imagen y semejanza de su exitoso modelo de bicicletas públicas, Vélib.

O sea, uno paga una membrecía, recoge un carro en una estación, paga con la tarjeta de crédito y lo deja en otra estación autorizada. Autolib empieza con 60 carros en diez estaciones pero el plan es que en 2013 lleguen a 5.000, en un millar de estaciones. Y las unidades son totalmente eléctricas (las baterías alcanzan para recorrer 250 km) y muy silenciosas. Más carros para París, pero cero contaminación. Eso sí, París tiene que invertir en la infraestructura necesaria para alimentar sus baterías. Lo cual puede que ayude a reducir la desconfianza frente a los automóviles eléctricos.

autoPor supuesto, los vehículos son mucho más costosos y riesgosos que las bicicletas, así que para ser miembro del programa hay que pasar por varias pruebas y dejar un depósito en efectivo. Esto hace que Autolib esté vedado, al menos por ahora, a quien no vive en París, así que los turistas podemos ir olvidándonos de probarlo (de todos modos, la maravillosa capital francesa se recorre muy bien en Metro, en bici y a pie). Pero para los parisinos, es un recurso más para optimizar su uso del tiempo: ellos pueden tomar un tren desde un suburbio y, si lo necesitan, alquilar uno de esos pequeños carros eléctricos para cumplir con una determinada misión en la ciudad, como llevar a una madre anciana al médico, por ejemplo.

Autolib tiene membrecías de 144 euros al año y 10 euros al mes, y tarifas que están entre 4 y 8 euros la media hora. Es más barato que usar un taxi, porque uno puede hacer varios viajes en una hora, por menos de 20 euros. El asunto es que, cuando se deba devolver el automóvil, haya un puesto disponible en la estación, el mismo riesgo que corren quienes usan servicios como Vélib. En París no sobra precisamente el lugar para estacionar y puede que sea así también en las estaciones de Autolib que estén en destinos muy demandados.

Aunque Autolib es único en su tipo, hay otros programas de car-sharing en el mundo. La empresa privada Zipcar funciona en varias ciudades de Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido; hay que devolver el carro al mismo sitio donde se tomó y hay que hacerse miembro, pero igual se renta por horas o días, previa reserva, y hay distintos modelos disponibles. Es una buena solución para quien no tiene carro (o no quiere tenerlo, por todo lo que poseer un automóvil implica) y recibe a la familia de visita por unos días, o lo necesita para la compra mensual o quincenal de alimentos. Las tarifas incluyen gasolina y seguro. The Atlantic Cities habla de varias iniciativas sin fines de lucro en otras ciudades de Estados Unidos, pero también existen diversas modalidades de car-sharing en Montreal, Barcelona o Berlín, entre otras ciudades.

Es un nuevo negocio y un nuevo servicio, pero también una realidad emergente que ha convocado su propio activismo porque nos hace ver que existe un punto medio entre tener y no tener automóvil, un recurso que ayuda a liberarnos de la dependencia del carro y que acrecienta el menú de opciones –en las ciudades que lo tienen, naturalmente- a la hora de resolver nuestras necesidades cotidianas de movilidad en la vida urbana.  

 



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