Bienvenida tristeza

Bienvenida tristeza

Hace años, estaba permitido estar triste. Muchos poemas, canciones, películas, libros dan testimonio de ello. Luego nos fue invadiendo una tendencia a hacer hincapié en ser positivo, en ver el lado bueno, en cambiar el enfoque. Sentirse triste o decir que se está triste es mal visto. Se insiste en evadir aceptar ese estado. Los amigos recomiendan “no estés triste, sal, sonríe, si sigues así, te vas a enfermar”. Es cierto que vivir triste y regodearse en la tristeza, enferma. No es lo que se busca. Pero, a veces, la vida nos lleva a vivir situaciones que producen genuina tristeza, esa que se siente en el cuerpo, que produce suspiros, que hace tener perdida la mirada, que induce al llanto. Cuando eso sucede, no es conveniente evadirlo. Detenerse a revisar dónde la sentimos en nuestro cuerpo, nos ayuda a centrarnos, respirar, y poder buscar la causa raíz.

Entre las emociones primarias, que son la base de nuestro universo emocional, encontramos la tristeza. ¿Para qué nos sirve? Para aceptar las pérdidas: de personas, situaciones o experiencias. Mientras la experimentamos se abre un espacio hacia adentro en el que vamos a reflexionar. Darnos permiso para estar tristes es muy importante para elaborar los grandes o pequeños duelos, pero duelos al fin, que surgen con la vida: perder un ser querido, cambios: mudanza de ciudad o país, de casa, de colegio, en nuestra actividad laboral, en nuestra situación sentimental, incluso en nuestra salud. Permitirnos sentir tristeza nos hace aceptar nuestra vulnerabilidad. Cuando la reconocemos y la nombramos, vamos trabajando para sanar y aceptar aquello que la causó. Con el paso del tiempo, y a través de ese proceso, vamos transformándonos y fortaleciéndonos. La vida es eso. Ir superando lo que nos va sucediendo, incorporándolo a nuestra historia, creciendo. Si la tristeza dura mucho tiempo, se transforma en un sentimiento y es el momento en que debemos preocuparnos y ocuparnos.

Debemos tener presente que la tristeza se nos presenta en cualquier momento de la vida y nadie está exento de experimentarla. Lo que hacemos con ella marca la diferencia. Hace unos días amanecí absolutamente triste, las lágrimas estaban titilando en mis ojos, mi expresión cambió y tuve que explicarle a mi compañera de trabajo que estaba triste, pero no enojada o a disgusto. Le hice espacio en mi día. La acepté. Me di mi tiempo. Y, como nada es casual, justo tenía un puesto en la charla de Pilar Sordo: El desafío a ser feliz. Me vino “como anillo al dedo”, como diría mi mamá. Necesitamos que nos recuerden (si no lo hacemos nosotros) que somos seres humanos. Humanos, no perfectos. Que nos equivocamos, que somos vulnerables, que hacemos todo “lo mejor que podemos”, que somos seres espirituales poderosísimos y eternos, pero estamos viviendo una experiencia física en este planeta, lo que nos lleva a tener que atravesar situaciones que, capitalizadas, nos harán crecer y saldremos fortalecidos.

La vida es igual a una montaña rusa, ejemplo que siempre se usa, pero que es muy ilustrativo: tenemos momentos cuando estamos abajo, luego subimos, a veces lo hacemos suavemente, otras con violencia producto de la rapidez, pero siempre emergemos. Si estás en ese momento en que la tristeza te ha invadido, deseo que estas líneas te sean útiles.

Espero que este video te haga sonreír. Que lo disfrutes.



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