¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?

Mi amiga sevillana Carmen dice que en la política las cosas son como una canción que cantaba su mamá la cual tiene una estrofa muy sencilla pero muy cierta: “Unos decían que sí… otros decían que noooo…” pero al final ¡naaa! O como decía mi abuela ¡Total cero!

¿Qué pasa si en el transcurso de un diálogo las cosas llegan a una discusión suma cero? ¿Qué quiere decir suma cero? pues ¡todo o nada! Pero ¿qué pasa cuando a quienes les toca nada siguen siendo una cantidad significativa de personas? pues yo digo que aunque sea uno solo, hay que ver en que está pensando. No soy partidaria de las tomas de decisiones por mayoría, sino por consenso.

Cuando estas cosas pasan es necesario tomarse el tiempo para establecer las bases de una negociación. Para esto tenemos muchos recursos, el tiempo no es uno de ellos, y somos nosotros los que fijamos el tiempo por nuestra propia conveniencia.

Poner de acuerdo a personas con diversidad de valores y paradigmas es algo que no se logra de un día a otro, y mucho menos cuando en el transcurso de las relaciones ya no existe  la confianza, y se han desarrollado heridas y generado pérdidas. La meta es mucho más grande, es crear espacios de convivencia. Hay que comenzar dando el real valor a los hechos y el impacto en nuestras vidas, conocer cuáles son nuestros intereses y cuáles deben ser los reales objetivos.

Me han consultado por reales crisis emocionales cuando las personas colocan como en una apuesta toda su esperanza en un solo hecho que muchas veces está fuera de su control. Cuando las circunstancias son adversas el efecto en esas personas es devastador y la recuperación muy lenta.

Depende de cada uno abrirse a las circunstancias, un relato inspirador el cual por ser una persona de acción me cosó mucho entender es este cuento chino presentado por Anthony de Mello (1931- 1987) en su libro “Sadhana un camino de oración».

¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?

Una historia china habla de un anciano labrador que tenía un viejo caballo para cultivar sus campos. Un día, el caballo escapó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaban para condolerse con él, y lamentar su desgracia, el labrador les replicó: «¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién sabe? Una semana después, el caballo volvió de las montañas trayendo consigo una manada de caballos. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su buena suerte. Este les respondió: «¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?». Cuando el hijo del labrador intentó domar uno de aquellos caballos salvajes, cayó y se rompió una pierna. Todo el mundo consideró esto como una desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién sabe?». Una semana más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Cuando vieron al hijo del labrador con la pierna rota le dejaron tranquilo. ¿Había sido buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?

Todo lo que a primera vista parece un contratiempo puede ser un disfraz del bien. Y lo que parece bueno a primera vista puede ser realmente dañoso. Así, pues, será postura sabia que dejemos a Dios decidir lo que es buena suerte y mala y le agradezcamos que todas las cosas se conviertan en bien para los que le aman.

No es dejar de hacer es un enfoque de agricultor, sembrar, cuidar, esperar para cosechar. ¿Será que tenemos tiempo para invertir en hacer las cosas correctas en el momento oportuno?



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