Buscando raíces, borrando fronteras

Buscando raíces, borrando fronteras

“Ojos que ríen, ojos que lloran

Ojos que piden, ojos que imploran

Ojos que están llenos de esperanza

Dando gritos de ¿hasta cuándo?”

Rubén Blades

 

El mundo está viviendo un proceso de transformación profunda: desde volcanes que se activan, la tierra que tiembla, hasta los cambios de paradigmas de formas de vida. Algunos dejan su nido, su tierra, por su propia voluntad invitados a otros países a compartir conocimientos. Otros, los que más, lo hacen empujados para huir de conflictos en sus países y para buscar un lugar donde establecer un ladrillo para construir un mejor futuro.

Escribo estas líneas desde España, colaborando recientemente con la Cruz Roja Española, y me encuentro con otro horror que nadie ve porque el brillo y el glamour que nos han vendido del mar Mediterráneo lo oculta: un promedio de 1200 personas provenientes de África son rescatados diariamente de sus aguas esperando que algún puerto europeo los reciba. Cientos de personas apiñadas en botes de goma: hombres, mujeres, niños… eso no importa. Para las mafias que controlan el flujo humano son solamente euros que ingresan en sus bolsillos. Mi conciencia no pudo soportar tanta impotencia y decidí unirme a la labor que hace la Cruz Roja en beneficio de todos aquellos que no tienen voz.

Luego de ser rescatados por algunas ONG, su ingreso es negado en muchos países europeos, siendo España el que más y mejor los acoge; y es que su futuro es igual de incierto en Europa: en Francia y Alemania los confinan a campos de refugiados que más se parecen a los campos de concentración alemanes durante la primera y segunda guerras mundiales, durmiendo bajo un techo de tela y haciendo sus necesidades en improvisados baños portátiles. Solo España les provee unas mejores condiciones en edificios donados por los ayuntamientos para tal fin.

El hablar con una persona que maneja cómodamente la comunicación en más de un idioma hace que el prototipo que tenemos en occidente sobre los africanos se vuelva trizas. Él tuvo que huir de su país debido a las bandas armadas y su guerra por hacerse del control de las minas de minerales preciosos que guarda su suelo. Minerales que luego se convierten en modernos teléfonos de última generación que exhibimos orgullosos en este lado del mundo. Otra mujer pasea orgullosamente sus trenzas de cabello que le llega a la cintura. Todos sonríen, todos con sus ojos están llenos de esperanza.

Una esperanza que me sobrecoge y que solo me da fuerzas para decirle un “bienvenido a tu nueva vida, ahora tienes la oportunidad de crear una vida nueva para ti y los tuyos”, y sus ojos se pierden en el horizonte con una sonrisa como imaginando ya esa vida soñada. Yo callo y respiro hondo para no llorar, porque su vida aquí es tan incierta como la que dejó. España, con una tasa de desempleo del 25 % tiene poco espacio para albergar más personas persiguiendo un empleo.

Soy venezolana, hija de gallegos (en Venezuela a todo español se le llamaba gallego) quienes salieron de España buscando nuevas tierras, y en la época de la postguerra Venezuela era el país soñado dentro de una América llena de promesas. Allí se conocieron mis padres, allí se casaron e hicieron una vida que pasó por ser obrero, señora de servicio, taxista, hasta que la inquieta mente de mi padre terminó por montar su propio negocio. Con todos estos trabajos lograron formar una familia y vivir cómodamente.

Salí de mi país para seguir el llamado de mi consciencia y tomarme un tiempo para estudiar. Ya nunca más regresé. He visto desde la distancia cómo mi país se va disolviendo entre intereses que nada tienen que ver con el llamado de los gobiernos. Las condiciones, cada vez más duras para el nacional, han convertido a Venezuela en un precedente de emigración para la región. Según las estadísticas, más de dos millones de personas han abandonado el país no buscando mejores condiciones; han sido obligados a dejarlo para sobrevivir.

Al final de la jornada observo a una niña de unos dos años que sonríe, ajena (¿o no?) a todo lo que pasó antes de llegar. Juega con nosotros a quitarnos los dulces que teníamos en la mesa; sus ojitos emanan esa travesura y felicidad tan infantil como tierna, y sus carcajadas son la razón por la que nosotros estamos ahí: para preservar su inocencia y enseñarle que existe otra forma de vida.

Es menester subir la mirada y ver más allá de lo inmediato. Es una obligación que tenemos de elegir lo realmente importante por encima de las modas o lo que la sociedad quiere imponernos. Siempre hay esperanzas, aunque a veces no vengan empacadas de la forma que queremos o que nos es más fácil.



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