Café Filosófico Mismamente: filosofía en el espacio público

Leer es un enigma, es viajar y vivir situaciones sin siquiera moverte…es un acto cognitivo y fisiológico que involucra la imaginación y el alma. La semana pasada, el 23 de abril se celebró a nivel mundial, el Día Internacional del Libro, el Idioma y el Derecho de Autor. Esta importante fecha contó con la realización de un sinnúmero de actividades relacionadas con la lectura.

Tuve la bendición de participar en la agenda que se organizó en la ciudad de Barquisimeto, Venezuela y entre todas vale la pena mencionar el #CaféFilosóficoMismaMente el cual versó sobre el tema de «La Lectura». Esta actividad que se realiza en muchas ciudades a nivel mundial tales como Barcelona, París, Buenos Aires con diferentes variantes y tiene como objetivo fundamental acercar la filosofía y devolverla al espacio público, propiciando el intercambio de opiniones, la tolerancia, el respeto y al final converger en la elaboración de un concepto grupal sobre un tema seleccionado.

Pero hagamos un poco de historia, el #CaféFilósoficoMismamente nos viene desde épocas inmemoriales. La actividad no es nueva. Los primeros cafés filosóficos los organizó Sócrates. El célebre filósofo griego que, según dicen, era un hombre de aspecto no muy deslumbrante que, vagando por las calles de Atenas, solía detener al que se ponía en su camino. Después de una breve presentación, lo abrumaba con preguntas: ¿Qué es la vida?, ¿Qué es la justicia?, ¿Qué es la libertad?

Hoy día, unos cuantos años después, se ha retomado esta actividad filosófica para no filósofos. La idea es pasar un rato diferente, con personas posiblemente desconocidas, compartir café, vino y algunas comidas para «picar».

El mecanismo es muy sencillo. Son dos horas. Para guiar el café, hay un «Moderador» o «Filósofo» que coordina el desarrollo de la actividad. En la primera hora, para no empezar con un debate, se comparte intuitivamente una historia relacionada con el tema en cuestión, una reflexión personal. Ya sea autobiográfica, cultural, una vivencia relacionada con el tema a tratar. En esta primera hora no hay debate sino absorción y acumulación de ideas. No está permitido interrumpir, para ello el grupo designa un «policía» que vigilará el derecho de palabra y el respeto del uso del tiempo, que generalmente no debe exceder de dos minutos. La participación inicia siguiendo las agujas del reloj.

En la segunda hora comienza el debate propiamente. Este momento es propicio para compartir café y vino y comer alguna comida para picar. El objetivo es alcanzar una definición del tema tratado. Para ello siempre hay algún valiente que ya domina el mecanismo del café que se atreve a aventurar una definición. Los demás tratan de ofrecer enmiendas parciales o totales o incluso definiciones alternativas a la primera. Los ejemplos de la primera hora sirven como prueba para ir moldeando la definición. Los «mismamentales» van armando el concepto y confrontando dentro de los límites del respeto y la consideración, y van incorporando elementos para dar forma a la idea común. En esta segunda hora la labor del «policía» y del moderador es fundamental. El «moderador o filósofo» intenta calmar los ánimos y va guiando la discusión, respetando los turnos y el derecho a réplica, mientras que el «policía» controla los tiempos y puede sugerir direcciones inesperadas si se llega al consenso o incluso cuando todos parecen estar en contra de todos. Al final, una definición es la ganadora y los que han ido por curiosidad terminan conociéndose un poco más a sí mismos, han conocido gente nueva y los que han ido a conocer gente nueva, posiblemente terminen conociéndose a sí mismos. Todos salen satisfechos de haber participado y compartido un espacio diferente.

Aunque en cada país el café filosófico tiene diferentes modalidades, el objetivo es el mismo: el diálogo en torno a un tema o problema que resulte relevante a los participantes. No se trata de hacer exposiciones sofisticadas ni “desfiles de personalidades”, sino de inducir “momentos filosóficos”, es decir, pasar de la opinión al pensamiento, de dilucidar juntos conceptos, desentrañar el sentido oculto, enfrentar los prejuicios. El café filosófico es una especie de democracia a pequeña escala en la que cada uno intenta aprender de los demás. Sus reglas mínimas son muy simples:

1. El tema surge de la sala, no del moderador.
2. El moderador hace una breve presentación del tema; la discusión está a cargo de todo el grupo.
3. Los participantes llegan espontáneamente: no hay inscripciones ni cursos –aunque suele haber una cuota- y están en libertad de asistir cuando lo decidan.
4. El grupo es heterogéneo. En esta democracia coinciden personas de diferente edad, profesión y proyectos: académicos, empresarios, amas de casa, vendedores, médicos, estudiantes.

El propósito es que cada uno de los participantes vaya aprendiendo de su propia elaboración intelectual, de escuchar las intervenciones y de la confrontación de sus ideas con las de los demás. No se trata, pues, de una clase de filosofía, sino de pensar y discutir filosóficamente; dar vida a la historia del pensamiento para vivir hoy de manera más sensata. En todo caso se trata de “secuestrar” a la filosofía, que ha vivido cómodamente en las aulas universitarias durante siglos, para que ahora aterrice en los espacios públicos.

Increíblemente esta maravillosa actividad se está realizando en nuestro país y ya va rumbo a su quinta edición.



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