Calmando ese volcán

Ilustración de José Alejandro Ovalles [email protected]

Cada día las conversaciones con mis hijas se hacen más interesantes. Por ejemplo con Andrea, que a sus 6 años es un torbellino de energía e impulsividad, las últimas semanas han sido para hablar del poder de las emociones y las formas de encauzar los sentimientos. De carácter fuerte y determinada, Andrea suele hacer todo lo posible para salirse con la suya, así que tiene un repertorio de recursos que van desde la cara «echando humo» hasta los ojitos dulces del gato de Shrek.

Y como imaginarás, si la estrategia no le funciona, los humos dan paso a una erupción.

Estas semanas hemos decidido enfocarnos en esos instantes cuando la rabia toma vuelo y se convierte en un ataque emocional. Con frecuencia, como es natural, sus emociones se transforman en una bola de nieve que se retro-alimenta en la medida que les da rienda suelta. Y hemos comprobado que si nuestra reacción es el regaño o la represión terminamos jalándonos los pelos. Es por ello que hablamos de la importancia de reconocer la emoción y sentir su efecto en el cuerpo. ¿Es desagradable? Entonces es momento de abandonarla y conectarse con algo mejor.

Las emociones son fuerzas poderosas que nos ayudan a sobrevivir. Como si fueran la materia prima de nuestro comportamiento, se disparan en los niveles más profundos del cerebro y generan todo tipo de reacciones en el cuerpo. Ellas dan paso a los sentimientos, que podríamos entender como la emoción que ha traspasado el nivel de la conciencia para matizarse con unas dosis de razón. En ambos casos su aparición y desarrollo están condicionados por una variedad de factores que van desde los genes y las hormonas hasta la familia y la cultura. De esa compleja interacción surge nuestra personalidad.

Por supuesto que así no se lo explico a Andrea. Como tampoco le digo que podemos cambiar nuestra personalidad en la medida que la trabajemos conscientemente. Lo que sí le digo es que nada nos obliga a ser prisioneros de nuestras emociones y sentimientos. Siempre hay una oportunidad de intervenir para manejar las cosas de mejor manera. Y nunca es tarde para comenzar a hacerlo. Afortunadamente su cerebro de 6 años está en constante transformación, igual que nos sucede a nosotros los adultos.

Para Andrea su imagen favorita es la del camino. Uno es largo y escabroso, mientras el otro es divertido y floreado. Cuando las emociones la llevan por el más accidentado, exploramos la forma de abandonarlo y saltar al camino más gentil. ¿Están las emociones creciendo como un globo? ¿Se sienten como un volcán a punto de estallar? ¿Realmente valen la pena el mal rato y el sufrimiento que esa rabieta trae como consecuencia? ¿Qué pasa si respiramos un poco y hacemos una pausa? Así, con algo de práctica, buscamos la forma de calmar los ataques emocionales y no perder la energía de la felicidad.

Hasta ahora los resultados son prometedores. Y no lo digo solo por ella. Calmar ese volcán ha sido también un ejercicio para todos en casa. Pocas cosas son tan fascinantes como experimentar nuestra libertad para mejorar la percepción que tenemos de una situación y echar mano de las experiencias positivas para desplazar los sentimientos desagradables.

Por lo pronto vamos aprendiendo en el camino. Y espero que tengas la paciencia de leerme por unos años más. Ya te contaré cuando lleguemos a la adolescencia. Porque este viaje promete ser todo, menos aburrido.



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