Cambiemos de tema

 

-¿Saliste con fulano?

-Sí

-¿Y?, ¿cómo te fue con él, hubo corazón?

-Prefiero no hablar de eso, cambiemos de tema.

Durante nuestras conversaciones podemos aplicar tranquilamente el comodín del “mejor no hablemos de eso” y escapar a un tema doloroso o quizás reservado, pero, ¿qué hacer cuando es nuestra propia vida la que decide tocar un tema específico?

Cuando tenemos una entrevista mencionamos que somos dinámicos, que somos aplicados, líderes, ordenados y responsables, pero nunca alegamos la capacidad para cambiar. Parece que es un tema intrínseco en nuestro ser o que simplemente está devaluada la idea de poder modificar los aspectos de nuestra vida que no se acoplan a nuestros planes.

Siempre he sido partidaria de que si algo no funciona se debe cambiar, o al menos hacer un esfuerzo. No es fácil. De verdad no es nada fácil mirarse por dentro y aceptar que hay algo que nos está afectando o quizás a nuestra pareja o amigos.

Cambiar implica la capacidad de detenernos en pleno argumento y decir sí, tienes razón, discúlpame o lo estoy haciendo mal, y todos sabemos que es bastante complicado aceptar ese tipo de cosas.

Durante mi época de soltería me llamaba la atención mi poca necesidad o búsqueda de flirteo o encuentros casuales. Llegué a considerar que era un ser asexual o que debía dedicarme a amar a mi gato por el resto de mis días. Durante un tiempo tuve en mi mente la idea de que debía cambiar porque mis amigas sí culeaban y asumí que era lo que a mi edad yo debía estar haciendo, así que decidí hacer un gran esfuerzo por mirar a los pechugos que se pavoneaban frente a mí, aunque no me produjeran ni la más mínima cosquilla.

Entendí que debía entonces modificar mi forma de vestir, mis temas de conversación y, lo más difícil de todo, evitar comentarios fuera de lugar.

Nunca pasó. Comprendí que yo era rarita y ya. *+*- WeIrD VaJaYjAy-*+*

Luego lo conocí a Él y sentí el temblor de rodillas por primera vez (obvio, era mi área sur exclamando de felicidad) y comprendí que ahora sí debía cambiar. Él me aceptaba a primeras sin saber que yo era un ser sin sentimientos, o a menos sin la capacidad de expresarlos.

Veía sus pequitas, sus cejas y su cabello oscuro y sentía todo mi ser gritando por dentro mientras que mi exterior no parecía reaccionar. No puedo ser una inhumana con este, este me gusta, y mucho.

Comencé entonces un proceso que hoy, casi dos años después, sigue en pie. Aprendí que decir lo que sentía no era malo porque él lo valoraba, y porque él también sentía cosas, como todos nosotros. Aprendí a llorar frente a él, a expresar celos, a decir mis secretos y, lo más importante, a expresar cómodamente mi amor.

Cambiar no ha sido tarea fácil y me he estrellado algunas veces contra una pared en seco por tragarme cosas que debí haber dicho, pero al menos puedo seguir usando mi ropa rara, hablar de cosas asquerosas y, lo mejor de todo, seguir diciendo comentarios fuera de lugar…

con un beneficio.

 

Love, R.



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