Caracas, ciudad de contrastes

Para quienes vivimos en esta ciudad nos resulta difícil encontrarla como un lugar apacible, hasta el punto que podemos más bien padecerla en vez de vivirla. Qué caraqueño no se ha enfrentado al estrés y ritmo acelerado que marca la ciudad: el tráfico es una locura, los motorizados no respetan a nadie, el metro siempre está abarrotado, y si no estás atento te pueden robar.

Los caraqueños, en especial los que nacimos y seguimos viviendo aquí, vemos con preocupación los cambios con el paso de los años. Esos lugares donde transcurrió nuestra infancia probablemente sean hoy en día vestigios de lo que alguna vez fueron. Esto me lleva a contar la siguiente historia.

Hace unas semanas aproveché que tenía tiempo libre y decidí visitar el sector donde me crié. Se llama las Trinitarias, es una zona ubicada al oeste de la ciudad. Mientras iba en mi auto hacia mi destino, una serie de recuerdos invadió mi mente: mis amigos del colegio, el señor del abasto que siempre nos conseguía las barajitas para los álbumes de fútbol, interminables horas de juego en el parque de la esquina, y hasta el enorme Samán en el que más de una vez intentamos construir una casa del árbol.

Me sorprendí tanto al llegar que por un momento dudé si estaba en el lugar correcto. Todo había cambiado. Mi desilusión fue tan grande como los montones de basura que se acumulaban en las aceras. Las calles estaban sucias, el parque se convirtió en refugio de vagabundos y el viejo Samán ya no luce radiante como antes.

Debido al impacto que me generó ver el lugar donde crecí, comencé a prestar más atención en los comentarios de la gente. Escuché cómo la mayoría se quejaba. En el metro sólo se oían pesares, en las calles los peatones peleaban con los conductores y éstos a su vez con los motorizados. Toda una cadena de quejas, insultos, cornetas, en fin: intolerancia.

En mis observaciones no pude dejar de ver con preocupación cómo nuestra actitud es culpable en gran parte del deterioro que se puede palpar. Vivimos ensimismados en la queja y no nos ocupamos por tomar acciones que conlleven a la mejora de la situación.

De esto aprendí que a Caracas hay que darle la vuelta y verla desde otro ángulo para tener otra perspectiva. A pesar de la vorágine en la que vivimos, nuestra ciudad nos regala a diario una infinidad de bendiciones que por lo general pasamos por alto al estar sumidos en la cotidianidad.

Si prestamos atención a los detalles nos daremos cuenta cómo con cada amanecer, nuestra urbe nos ofrece los conciertos más armoniosos en manos de la fauna capitalina: apenas sale el primer rayo de sol ya se puede escuchar el canto de los Cristofué, las guacharacas gritando sin cesar a manera de despertador, bandadas de periquitos revoloteando y si tenemos suerte, hasta guacamayas podemos ver.

Así mismo, los paisajes que nos regala nuestra metrópoli son únicos. Cualquier esquina, cualquier huequito o rincón donde haya espacio es ideal para sembrar una mata. Por todas partes nuestra ciudad es verde.  ¿Acaso alguna otra ciudad tiene tanta vegetación como ésta? En cualquier calle puedes encontrar un Araguaney o una Trinitaria alegrando el ambiente con sus colores

Y ni hablar de los colores. Entre noviembre  y febrero tenemos los días más luminosos y el azul más  brillante. Después, en marzo y abril podemos disfrutar los atardeceres más intensos que los tonos cálidos nos pueden regalar. Y hacia agosto y septiembre nuestro majestuoso cerro Ávila tiñe la ciudad de morado.

Por supuesto no podía dejar de lado a su gente: digan lo que digan el caraqueño sigue siendo una persona amable, jovial y pícara por naturaleza. La chispa que nos caracteriza sigue estando allí a pesar de las dificultades. Nunca perdemos la oportunidad para  hacer un chiste y reírnos de nosotros mismos ante las adversidades.

Evidentemente esta es una ciudad de contrastes. En ella coexistimos  millones de realidades distintas. Sin embargo, depende de nosotros que lado de la ciudad queramos ver. Podemos quedarnos en el lado oscuro y ver lo negativo, pero sin duda alguna nos estaríamos perdiendo la mejor parte.

Es por ello que los invito a reflexionar y observar las cosas desde otro punto de vista. Desde lo más alto de la Cordillera de la Costa, en el Pico Naiguatá, escribo estas líneas donde nada de lo que podamos considerar como malo perturba mi mente, pues desde arriba sólo se escucha el ruido el viento y únicamente se ven colores y mucha vida.

 

Daniel Leo.

 



Deja tus comentarios aquí: