Carencia o posibilidad. ¿Qué te mueve?

Carencia o posibilidad. ¿Qué te mueve?

“Uno nunca tiene miedo de lo desconocido; uno tiene miedo de lo conocido llegando a su fin”.

Jiddu Krishnamurti

 

No sé si les ha ocurrido. Momentos en los que nos encontramos deseando algo tan profundamente que al no llegar cuando y como esperamos, nos hace atravesar el límite de la obstinación y hasta del desespero. Incluso, en circustancias inesperadas que nos obligan a colocarnos en la posición de tener que aceptarlas sin pataleos, para poder continuar.

Leer la cita de este escritor hindú resonó en mí, porque hacer consciente la necesidad de un cambio inminente, y que ese cambio requiere una decisión que está en cada uno de nosotros –sin poder delegarla–, no es cosa fácil de asumir. Implica tener que dejar lo conocido –lugar donde solemos sentirnos cómodos, aunque nos genere algún tipo de insatisfacción o dolor–. Conlleva una recomposición de nuestros relatos armados a la perfección con argumentos que justifican de manera magistral nuestra victimización. Obliga al perdón y excarcelación de nuestros culpables favoritos.

Tener que aceptar un hecho –que no queremos, que no esperamos, que es doloroso– en nuestra vida, y hacer algo al respecto es, a mi juicio, uno de los retos conscientes más difíciles de superar. Exige de nosotros un ejercicio reflexivo profundo que implica indagar tan dentro en nuestro ser como para llegar a respuestas que nos ayuden a comprender las rabias, los miedos, las acciones u omisiones; entender la posición que asumimos frente a eso que nos está ocurriendo, que no estaba en nuestros planes y que no está en nuestras manos modificar, y, en consecuencia, actuar de manera distinta para lograr resultados diferentes, a pesar del miedo que nos genere explorar un camino nuevo.

Es por ello que me gustaría compartir con ustedes algunas de esas preguntas que protagonizaron mi proceso de indagación, y que me ayudaron, en numerosas ocasiones, a comprender y a tomar esas decisiones tan necesarias.

  • ¿Por qué el desespero de que eso se dé a costa de lo que sea?
  • ¿Qué mueve dentro de ti el hecho de que eso te esté obligando a una posible renuncia del plan que habías hecho?
  • ¿Qué ganas y qué pierdes permaneciendo allí?
  • ¿Qué sientes que perderías al dejarlo ir, al salir de allí?
  • ¿Qué ganarías si te atreves a explorar otras vías?
  • ¿Desde dónde lo estás viviendo?: ¿desde lo que no tienes o desde lo que te gustaría?

Lo más interesante y útil de mucho de lo que descubrí en varios de mis procesos, y que me gustaría contarles, guarda relación especialmente con la última de las preguntas. Tiene que ver justo con el motor de mi obstinación y desesperación que, en mi caso, era parir un hijo.

Descubrí que mis peticiones las estaba haciendo desde mis carencias; desde la rabia que me generaba que no lograba embarazarme; desde la necesidad generada por las expectativas sobre cómo debían ser las cosas que, en mi caso, era parir un hijo; desde mi posición de víctima me conectaba y enriquecía mis relatos y conversaciones internas, regodeándome en la injusticia de que a pesar de todos los esfuerzos que hacía, no tenía el control del resultado. Era un hecho mi infertilidad, y también lo era el que no estaba aceptándolo como algo que no estaba en mis manos cambiar. No me percataba de que mi motivación –que no solo me movía en una dirección determinada, sino que filtraba todas las decisiones y omisiones al respecto– era justamente mi expectativa de que quería y debía “parir un hijo como sea”.

Al darme cuenta, declaré un basta del tamaño y con la fuerza del universo, e hice el acto de amor más grande hacia mí misma: me perdoné por fin, porque comprendí que yo no había escogido estar en esa situación, que no era culpable. Y comprendí que debía pasar de la carencia a la posibilidad, y el primer paso que debía hacer, consistía en revisar mi necesidad y reconectarme con un propósito superior.

Así, pude replantearme mi propósito como mujer e hice un pequeño –pero sustancioso– ajuste a mi definición de maternidad.

Pude reconectar mi fuente de energía y cambiar mi motor, ahora impulsado por una intención distinta a “parir un hijo”. Pasé de la necesidad de embarazarme a la intención de convertirme en madre; y ser madre es mucho más que parir un hijo; es dar vida. Y comenzaron a abrirse puertas y ventanas vibrando en esa energía.

Entonces, tomamos un camino nuevo e inexplorado para nosotros y a lo largo y ancho de nuestro sistema familiar y social: adoptamos a nuestro hijo.

Lo mejor llega cuando toda expectativa se detiene. Cuando nos impulsa la energía de la posibilidad y no de la carencia. Desde la carencia hacemos foco en lo que no tenemos; desde la posibilidad, el foco es en la apertura y la gratitud de que llegará realmente lo que necesitamos y será fabuloso para nosotros.

Entonces, a partir de ahora, ¿qué harás diferente?



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