Ciencia, conciencia y cerebro. ¿Qué sucede con nuestra conciencia al morir?

La conciencia es la experiencia subjetiva por excelencia. Es esa cualidad que nos permite saber que “estamos-experimentando-lo-que-estamos-experimentando”, de allí surge ese término a su vez tan lleno de sutiles y crípticos elementos que se denomina QUALIA. De los  QUALIA podríamos decir que son las características más misteriosas que conforman y califican la conciencia humana. No es el percibir, ni siquiera saber que percibimos, es un paso más allá, es esa “cualidad” subjetiva inherente a la experiencia y a la conciencia misma, plenamente subjetiva e intransferible, totalmente personal, imprecisa e  intrasmisible, es la “mismidad”. El filósofo australiano David Chalmers lo denomina el duro problema, el hard problem de las neurociencias.

Por otro lado, la conciencia no es un fenómeno de todo-nada, existen niveles y categorías de la conciencia. Lo que sí está claro, es que hasta hace poco tiempo, un paradigma indubitable de la ciencia, era que la conciencia es “producida” de algún modo por el cerebro. Dudar de esto era un anatema propio de ignorantes, charlatanes y pseudocientíficos. El salto categorial de cómo una entidad material “produce” una entidad inmaterial, era considerado como un problema menor no resuelto pero que en algún momento, de alguna forma y más adelante, se resolvería. Mantener el paradigma mecanicista materialista necesita de este criterio, y como todos sabemos, mantener los paradigmas es fundamental, pues sin ellos todo el andamiaje teórico del sacrosanto conocimiento científico humano puede desmoronarse. Desmoronarse otra vez, podríamos agregar, pues ya antes lo ha hecho en bastantes oportunidades.

No obstante, de las propias entrañas de la ciencia, surgen incongruencias y preguntas que no pueden ser respondidas dentro del marco referencial vigente. Es por ello, que físicos connotados como Roger Penrose y científicos del área de la medicina como Stuart Hameroff plantean una visión diferente, nos dicen que el cerebro no es productor de conciencia, sino  un captador de ella, una antena que atrapa una conciencia externa a él y a la cual le sirve de transmisor. Para ello, realizan una hipótesis cuántica del funcionamiento cerebral. La aceptación de esta posibilidad implica poder demostrar de alguna forma que puede haber conciencia sin o fuera del cerebro, y esto es lo que precisamente se ha venido haciendo desde hace ya bastantes años.

Desde las ya lejanas investigaciones llevadas a cabo por Raymond Moody en la década de los setenta y su conocido libro “Vida después de la vida” y los trabajos muy conocidos de la Dra.Elisabeth Kübler Ross, la cual escribió entre otros un texto ya clásico llamado “Vida después de la muerte”, es mucho lo que se ha avanzado en la investigación sobre la supervivencia de la conciencia fuera del cuerpo.

Existe una investigación en curso, realizada en conjunto entre dos países: Holanda con el Dr. Pim Van Lommel, cardiólogo y autor del libro Consciencia sin fin: una aproximación científica a la experiencia cercana a la muerte y el neuro psiquiatra y especialista en neurociencias y neurofisiología, reconocido como autoridad mundial en estudios sobre la conciencia el Dr. Peter Fenwick en el Reino Unido. La finalidad de la investigación conjunta, es mostrar si existen o no estados de conciencia fuera del cuerpo, y su relación con la muerte. Los resultados han ido demostrando en el transcurrir de los años, la absoluta necesidad de cambiar el paradigma médico común según el cual, la muerte significa el fin de todo. Paradigma que se sustenta precisamente en el postulado de que al haber deterioro o muerte cerebral no puede haber conciencia. Los resultados han demostrado lo contrario. Muchos pacientes recuerdan haber visto su cuerpo siendo sometido a maniobras de resucitación cardiopulmonar. Muchos sucesos son descritos con lujo de detalles al recuperar la conciencia. El argumento de que son ilusiones o alucinaciones producto del estrés o de los medicamentos no se sostiene, pues el estudio conecta a todos los pacientes a un electroencefalógrafo como parte del protocolo de resucitación y se conoce el tiempo, la hora exacta en que ocurrieron las cosas pues todo es rigurosamente grabado. Se ha reportado el caso de una paciente, ciega de nacimiento, la cual fallece en un accidente automovilístico, es declarada clínicamente muerta pero se recupera inesperadamente. En el  lapso de su muerte, la paciente veía con claridad, aprendiendo de esta experiencia qué eran los colores, los cuales nunca antes había visto.

Está fuera de toda duda, que un alto porcentaje de pacientes que están clínicamente muertos, con aplanamiento de ondas cerebrales, sin actividad cerebral alguna, tienen visiones claras de acontecimientos ocurridos en la sala de tratamiento. Esto no es posible dentro del marco médico tradicional, pues un cerebro sin actividad no podría estar captando o experimentando nada.

Otro elemento que cabe destacar, es el fenómeno modernamente denominado lucidez terminal consistente en que pacientes con severo daño cerebral por traumatismos, tumoraciones, meningitis o incluso demencias tipo Alzheimer, etc. experimentan un inesperado retorno de la lucidez mental y recuperación de la memoria, fenómeno que se da horas antes de fallecer, dándoles tiempo a despedirse de sus seres queridos, a los cuales nuevamente reconocen. Obviamente, esto no ocurre en todos los casos, pero  en un número importante de ellos, lo cual ha llevado a Peter y su esposa, Elizabeth Fenwik a escribir el libro titulado El Arte de Morir – Un viaje a otro lugar.

Las experiencias de muchos pacientes al regresar a la vida están llenas de elementos comunes y relatos de una claridad y lucidez inexplicable en alguien sometido a una situación límite. Sus recuerdos y explicaciones, estudiados con minuciosidad, siguiendo un protocolo médico de investigación, nos hablan claramente del mantenimiento de la conciencia más allá de la muerte.

Las lesiones cerebrales que impiden o deterioran la manifestación de la conciencia, son vistas según lo explica el biólogo Rupert Sheldrake, con la analogía de manipular un televisor y pensar que los programas están dentro de él. La TV es solo el instrumento para captar ondas invisibles y sutiles que se desplazan por el espacio. La conciencia no está confinada al cerebro, igual que las ondas no lo están al televisor, algo poco aceptable para una mentalidad materialista/mecanicista.



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