Coherencia, mucha coherencia. ¿Nuestro peor enemigo? Nosotros mismos…

Esta semana que trata de terminar ha sido demencial. Después de vivirla solo puedo concluir que todos —hablo del mundo— estamos total y absolutamente dementes. Ya han pasado siete días de los hechos en París, y con todo lo que ello implica, la conversación del momento es: ¿de qué color es tu foto de perfil de Facebook? y ¿cuáles de todos los muertos en otros atentados deberían ser los más importantes?

Como de costumbre, trato siempre de entender antes de opinar, trato de reflexionarlo, de masticarlo. La razón es muy simple, tengo dos hijas pequeñas, que tarde o temprano, así como en la mañana de hoy, te preguntarán: “¿Papá, sabías que ocurrió algo horrible en París y que uno de los muertos era un venezolano?”. Esa es mi razón, por eso trato de entender, por eso trato de digerir, para luego poder dar respuestas previamente digeridas a este par de “enanas» que apenas comienzan a despegarse del piso, pero razonan como señoras de cincuenta años.

Todo en nuestras vidas está conectado, no puedo decir que soy un hombre espiritual y debo reconocer que es un proyecto pendiente en la lista de cosas por desarrollar, pero al parecer, hay mucha razón en aquello de la causa y el efecto, del destino, del karma y un enorme etcétera de filosofías de vida. Mi cabeza funciona con base en analogías, trato de explicarme todo en experiencias anteriores o de buscar respuestas en nuevos estímulos, así trato de encontrar formas de entender y poder explicar los que nos ocurre.

Hace unos días hablaba con Andrea. Aunque era una reunión de trabajo, siempre los temas que escribimos en nuestros blogs se dejan colar entre los tópicos de la agenda y compartimos un par de opiniones. Esta vez, ella (a quien pueden buscar como “La Ardilla Loca”) me hizo un comentario de un post que recién escribía, me dijo (no textualmente, pero al menos eso quedó retumbando en mi cabeza): «No sé qué nos pasa a las mujeres, estamos ansiosas de demostrar algo, y vivimos cansadas en el intento”.

Esta mañana miraba por la ventana, me preguntaba: “¿Qué demonios nos pasa?”, acto seguido, una alerta en mi muro de Facebook decía: “Andre compartió un enlace en tu biografía”. Decidí leer, y una cita captó toda mi atención:

«AFRODITA ESTÁ JUGANDO RUGBY CON ZAPATILLAS DE BALLET»

Terminé de leer y de alguna forma comencé a entender muchas cosas, encontré el hilo que me dejaría hacer mi telar de ideas y acercarme a comprender un poco; nuestro gran problema —el de la humanidad— es que somos incoherentes, inentendibles, volátiles. ¿Me siguen? Reflexionen un momento: “Ahora vamos a la guerra, en pro de la paz”.

Lo que ocurrió, está ocurriendo y ocurrirá tiene una sola explicación, nuestros males derivan de la incoherencia de nuestros actos, de la moral y la memoria selectivas; esa que nos hace considerar a “unos muertos” más importantes sobre otros, esa que nos lleva solo a leer nuestras opiniones sesgadas y lo peor, la que nos lleva a crear juicios hasta sobre quienes opinan de forma diferente.

Como lo dice Andrea en su post —hablando de las mujeres—, «jugamos un juego considerándonos iguales, pero con las mismas reglas establecidas que jamás nos favorecerán». Crecemos y luchamos, tratando de “fabricar activistas” en nuestros hijos, pero de alguna u otra forma justificamos la guerra. Lo estamos haciendo, llevamos a nuestras hijas a jugar rugby, pero con zapatillas de ballet.

Mientras escribo, mi cabeza sigue hilando hechos de esta semana. Hasta los más simples (los temas domésticos) no escapan de este ejercicio, como los temas del colegio, niños que intentan defenderse, porque como padres tratamos de inculcarles una cultura de igualdad, pero cuando apenas nos llaman del colegio para contarnos que respondieron y se defendieron de una situación injusta, les llamamos la atención diciéndoles: no le faltes el respeto a la maestra.

Miro hacia atrás y no me gusta lo que veo, ¿lo ven? Somos incoherentes, pero hasta los tuétanos, no sé a qué se deba, quizás sea un tema generacional, pues nos ha tocado vivir más transiciones que épocas felices. Hace apenas veinte años el mundo funcionaba a base de aquel correo que se movía con carteros que perseguían nuestros perros, y hoy por hoy, no podemos vivir sin la mensajería instantánea. Lo cierto es que debemos hacer algo y debemos comenzar por casa; cuando apoyemos causas “justas”, seamos realmente justos; escuchemos al resto, optemos por pensar; seamos diferentes, cuando estemos en contra de algo, creemos nuevas reglas, innovemos, no sigamos la corriente, no juguemos un juego en el que estamos destinados a perder. Supongo que alguna vez han escuchado aquello de “la casa nunca pierde”, ¿saben quién crea las reglas, no?, sí, la casa. En fin, seamos coherentes.

No sé ustedes, pero creo que es el momento de comenzar. Acabo de recordarlo, debo ir al colegio, atender temas domésticos también es parte de la vida, pero esta vez pienso diferente. Mi hija tiene razón y su falta solo fue hacer lo que le hemos inculcado: “si algo no está bien, tienes derecho a decirlo, a exigirlo, todos somos iguales…”. Esta vez no habrá mirada ni reprimenda diciendo que lo que hizo “es una falta de respeto”. Hoy seremos dos los que jugaremos un nuevo rugby, con unas nuevas reglas. No sé ustedes, pero camino a este juego paré en esta “tienda” —la de mi cabeza— y decidí que hoy mi “Afrodita” no jugaría con zapatillas de ballet, hoy va con «zapatos de ganchos” a la fiesta.

¿Nos quejamos del mundo que tenemos? De nosotros queda que realmente cambie. No busquemos responsables fuera, asumamos que en gran parte, todo lo que nos aqueja, por una razón u otra, en gran parte es nuestra responsabilidad.

En efecto, solo necesitamos coherencia, mucha coherencia y dejar de ser nuestro propio enemigo.

Comencemos el cambio por nosotros mismos.

Foto: Ricardo Arispe.



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