Comenzando por agradecer

La gratitud es uno de los dones del alma, Es, quizás, el mayor acto de grandeza del espíritu después del perdón. Vamos por ahí vampirizando, confundiendo talento con oportunismo. Pareciera que sólo queremos acumular. Ignoramos todo es un fluir, constante, abundante, cuando algo entra a la vida nos inspiramos para devolver los grandes milagro de fe en vida, fluyendo, pulsando, manteniendo el ritmo del dar y el recibir: el compartir.

Ciegos frente al milagro
La velocidad a la que vivimos nos llevó a olvidarnos de la gratitud. Pasamos por encima de las personas, de los eventos y de las cosas maravillosas, sin darnos cuenta de que su existencia es, de por sí, un milagro.

Día a día nos levantamos como locos buscando la ducha, y pasamos por ella sin darnos cuenta, en un abrir y cerrar de ojos, luego de un “baño de gato”, logramos estar de pie para empezar la jornada diaria.

Tomamos una taza de cereal y mientras bajamos a sacar el carro a toda velocidad, y luego tímidamente levantamos la mano para decir adiós al portero.

Y así vivimos, a dieta de agradecimientos. Parece que nos costara decir gracias mirando a los ojos a la señora que labora en la oficina; al portero, a los padres por lo recibido, a los amigos por su presencia, y a la vida misma porque el cielo nuevamente amaneció azul o gris.

Nos consumió el apuro, y por eso nos olvidamos de mirar la belleza, del verdadero ser, la belleza en sí, la no construida, la belleza natural que tiene el viento, la sonrisa de un hijo, el maullar de un gato, el calorcito del sol sobre la piel en un domingo, o del agua que nos moja cuando tomamos un baño luego de un largo día de trabajo.

Nos acostumbramos a pensar que estamos por encima del mundo. En medio de esa soberbia y de ese egocentrismo tan odioso, nos convencimos de que el sol, la tierra, la lluvia, el agua, en fin, cada cosa no es más que un accesorio del decorado de la vida, al que no le damos el valor que se merece.

No somos divas/o, que suponen merecer “súbditos”. Seguramente así nos vemos cuando caminamos por la vida sin agradecer,

A veces han recibido tanto, que se ven comprometidos a devolver. Y es tanto lo que tendrían que hacer, que toman el camino de la ingratitud, un camino menos esforzado y en detrimento de sí mismos.

Todo aquel que no agradece, tampoco por ende, no puede disfrutar sus logros.

Los desagradecidos vagan por el mundo, movidos más por el oportunismo que por la creatividad, con la actitud de que el mundo está en deuda con ellos, de que todo hay que dárselos, de que pueden tomar sin devolver.

Ignoran que se condenan no sólo a desarrollar una personalidad carente, sino una profunda sensación, en el fondo, de no merecimiento de vacío.

Quien no agradece lo que le es dado, y no devuelve el gesto, se endurece, sin humildad.

El poder de la gratitud es ir más allá de lo esperado, es saber tomar y aprender a devolver multiplicado.

Dar las gracias en las cosas simples y en las complejas. Activar el poder de la gratitud es ir aceptando la vida con todo, con lo que viene. Es ir bajándonos de la arrogancia, sin tener que devolver, sin dar las gracias.

Mañana, levantese un poco más temprano, abra la cortina y respire profundo, y agradezca que el cielo aún está ahí para usted.

Póngase la mano en el cuello, muy suave, y sienta cómo late su corazón; dese cuenta que está vivo y celebrarlo.

Vaya a la ducha y busque la temperatura perfecta, tome un baño despacio y disfrute la manera como el agua recorre su cuerpo.

No espere regresar para arrodillarse y bendecir el hecho de recibir la brisa fresca con sólo abrir su ventana.

No espere estar al borde para valorar lo que le rodea, y deje de calificar como “accesorio” todo lo que cree que está a sus pies.

Recuerde que quienes lo rodean, y las cosas que ahora está observando, al igual que usted, son un milagro de Dios.



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