¿Comer para vivir o vivir para comer?

Los seres humanos comemos para vivir, pero también vivimos para comer. Comer es una actividad social que está íntimamente ligada con la necesidad de alimentarse. Tenemos que comer y nos gusta hacerlo, nos hace sentir bien. La única especie que cocina es la humana. Cocinar es más que una necesidad, es un símbolo de nuestra humanidad que nos diferencia del resto de los seres en la naturaleza. Las amas de casa dedican tiempo cada día a elaborar el menú familiar. Comer es una ocasión para compartir, dar y recibir; incluso es una expresión altruista. Cualquier celebración está relacionada con comida compartida. Los niños abandonados y los ancianos solitarios, que no comparten la mesa con otros, van mermando el deseo por comer y llegan a enfermarse perdiendo el interés por vivir, revirtiéndose el proceso cuando están acompañados.

Comer es también un neuro-comportamiento. Nuestro sistema nervioso y nuestro aparato digestivo funcionan juntos, existiendo una comunicación directa entre estómago y cerebro. Desde el momento en que la comida ingresa a nuestra boca, comienzan a intercambiarse señales y nuestro cerebro recibe información acerca del contenido de nutrientes y el volumen de lo que ingerimos,  y envía señales respecto al momento de suspender la ingesta. Hay más de 100 millones de nervios involucrados en este proceso. Como todos los organismos vivos en este planeta, los humanos estamos genéticamente programados para buscar placer y evitar el dolor.

Cuando comemos, buscamos el placer en los sabores de la comida y evitamos el dolor del hambre; es decir, comemos no solo por necesidad sino también por tener placer. Esto es realmente importante y no se trata de vivir para comer descontroladamente incorporando volumen, sino de disfrutar la comida con beneficios importantes para nuestra vida.

Hay profundos efectos bioquímicos del placer en nuestro cuerpo: cuando estamos activos por la comida, activamos nuestro metabolismo. Marc David, en su artículo “El Poder Metabólico del Placer”, nos comparte un interesante estudio de la Universidad de Texas efectuado con personas de altos niveles de colesterol basado en la ingesta de una dieta baja en grasas intercalada con batidos de leche y sándwiches, que reveló que  ese consumo no aumentó el nivel de colesterol, al interrumpir la severa dieta con una comida que producía placer. También nos informa sobre otro estudio realizado con mujeres suecas y tailandesas, que determinó cuánto afectan las preferencias culturales en los efectos de la comida en nuestro organismo. Se trata de la absorción de nutrientes, más que de su contenido en los alimentos. Hay una fuerte relación con factores culturales y familiares.

Nuestro cuerpo produce una sustancia química llamada CCK que tiene diferentes funciones, ayuda a nuestra digestión, alienta ciertos órganos digestivos, disminuye el apetito y estimula la sensación de placer en el cerebro indicando a nuestro cuerpo cuándo dejar de comer. El placer está relacionado con el proceso nutricional y colabora en las funciones metabólicas. El simple acto de comer eleva nuestros niveles de endorfinas que son sustancias que produce nuestro cuerpo, especialmente nuestro cerebro y nuestro sistema digestivo y que nos hace sentir felices. Cuanta más endorfina se libera en nuestro tracto digestivo, más oxígeno y sangre se dirigen hacia allá y se aceleran nuestros procesos metabólicos. Si comemos apurados, tensos y no enfocados, nuestros niveles de cortisol se elevan al aumentar nuestro estrés.

No se trata, obviamente, de comer con gula, sino de hacerlo inteligentemente, buscar aquellos alimentos que nos gustan, disfrutándolos en soledad o acompañados, tomando el tiempo adecuado, enfocados en el contenido, identificando los distintos sabores y texturas. Debemos informarnos sobre valores nutricionales y contenido de los alimentos, evitando exagerar con aquellos que  sabemos no son saludables. Lo sabroso no debe enfrentarse con lo saludable. Debemos descartar la culpa por comer y evitar las disputas, los noticieros, las cargas laborales y familiares a la hora de dedicarnos a esta necesidad-placer.

La afirmación que comemos para vivir pero que también vivimos para comer está basada en este concepto del placer asociado con la comida. Si nos detenemos a pensar, lo confirmaremos. Te invito a incorporarlo a tu dieta con inteligencia, mesura, información y alegría.

En este video verás una mezcla de placer y displacer:



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