Comer ¿sólo un acto mecánico?

Comer implica decisiones, paisajes sociales y culturales.

Las opciones alimentarias que se nos presentan son estampas de contextos concretos, al tiempo que se destinan a responder a una necesidad vital, básica.

Quizá sea por ese llamado básico que el ser humano desarrolla tanto alrededor de la mesa.

Comer está ligado a la manada o familia, 2 millones de años atrás para el Homo habilis se trataba de la cacería organizada, para el hombre de este siglo se trata del domingo parrillero, la receta de la abuela, el asado de la tía. Sin dejar jamás de lado la imperante búsqueda del placer en ello.

Personalmente, me gusta imaginarme a aquel hombre de las herramientas a punto de controlar el fuego, buscando ramitas aromáticas del entorno, para darle gusto a su trozo de carne machacado entre dos piedras.

Otro principio que condiciona nuestro comer es el geográfico y climatológico, razón por la cual son estas latitudes el hogar de aquel mágico sustrato llamado maíz que nos conforma:

“De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masas de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados” Popol Vuh, Guatemala.

Comer definitivamente no se puede reducir sólo a una actividad rutinaria, y si queremos cambiar un hábito instaurado, mucho menos; comer debe verse del tamaño que es y frente a eso, entonces, tener un plan.

Si seguimos esta línea descubrimos que hacer “dieta” no es comer raro, sino comer mejor dentro de lo que el ambiente ofrece, sacando el mayor potencial familiar, geográfico, de texturas y sabores. Y entonces partiendo de allí, cubrir las necesidades nutricionales. ¿Qué tiene de malo mi pabellón criollo? O ¿El cocido que prepara mi mamá? Con qué lupa despiadada lo desmenuzamos y discriminamos, partimos de una premisa errada. Desterrar alimentos es la manifestación del miedo que nos acusa de no poder controlarlos. “Yo no como arroz” es otra forma de decir “No soy capaz de comer sólo la porción de arroz que necesito”… estos ejemplos los conseguimos debajo de cada piedra.

No sólo llegamos a ser lo que comemos, sino que además lo que comemos es lo que somos, esto equivale a decir que el hombre come dentro de sus opciones naturales y dentro de su cultura (Así nos lo explica el economista, investigador y escritor venezolano, Rafael Cartay en su libro de bolsillo, La Hallaca).

Me despido con sólo un fragmento de un poema de Aquiles Nazoa, que nos atrapa y hace de la comida de nuestra ciudad, nuestra ciudad misma, el seno de nuestra madre; sea Buenos aires, Madrid, Lima, o como es en este caso Caracas:

Pasadme el tenedor, dadme el cuchillo,

Arrimadme aquel vaso de casquillo

Y echadme un trago en él de vino claro,

Que como un Pantagruel del Guarataro

Voy a comerme el alma de Caracas,

Encarnada esta vez en dos hallacas.

De nuestros antepasados preservemos la naturaleza y naturalidad de los alimentos, de nuestro presente discernamos los extremos, y a nuestros sucesores dejémosles memoria gustativa de hogar e identidad.

 



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