Comiendo con las emociones

Un problema en el trabajo. Un conflicto familiar. Las noticias. El frenesí de las redes sociales diciendo cómo debes lucir o qué te debe gustar o qué tienes que comprar. Un desencuentro amoroso. Inseguridad. Un deslave de aburrimiento sobre tus horas libres. Son cientos las razones por las que muchas personas se llevan un pedazo de comida a la boca (a veces ni siquiera comida, sino golosinas) sin sentir la verdadera necesidad fisiológica que debe mover dicho acto: el hambre.

Delimitemos. ¿Cómo saber si comemos regidos por la razón o por la emoción? Una persona demasiado emocional respecto a sus decisiones alimenticias siempre está pensando en lo que se comió, o en lo que se va a comer. Eso significa que sus decisiones son muy propensas a dejarse llevar por la culpa y las emociones, más que por las necesidades físicas. Es el tipo de persona que probablemente se esconda para comer algo, porque puede pensar que está mal, que no es la hora, o que ya lo ha hecho muchas veces y no quiere que nadie se lo recuerde.

La relación con la comida se convierte en una relación estresante. Una persona con hábitos alimenticios normales no come todo el día, y cuando se llena no come más. Ante este pensamiento: “es que tengo hambre TODO el día”, sólo queda una acción posible: reeducarte. Es decir, entender que no tienes hambre todo el día. Tus emociones sí. Tu cuerpo puede sentir ganas 2 o 4 veces al día, dependiendo de cómo se alimente.

¿Qué hacer para barrer esta emocionalidad de nuestros hábitos alimenticios?

  1. ¡Atención! Es el primer paso. Estar atentos a que estamos incurriendo en un patrón negativo.
  2. Enfócate. Una vez identificados los patrones que nos hacen comer, es recomendable estar atentos a los sentimientos. Hay que saber que pasarán. En todo caso, debemos evitar que nos hagan comer más.
  3. Busca pensamientos positivos. Traerán acciones positivas a tu vida. pregúntate cómo te quieres sentir, y repítelo muchas veces.
  4. Sintonízate con tu cuerpo. Concéntrate en aprender a hacerlo. Cada vez que sientas ganas de comer, identifica si es tu cuerpo o son tus emociones las que te quieren llevar a hacerlo.
  5. Busca lo que te gusta. Haz una lista. Puede tener que ver con personas, hobbies, tareas. En la medida en que te sientas bien, la ansiedad, el miedo, o cualquier otro sentimiento que pueda llevarte a comer nerviosamente, irán desapareciendo, y así tus ganas de comerte lo que sea. Hay vacíos que no se llenan con comida; por el contrario, crecen.

La fuerza está en la fe. Creer. Siempre puedes empezar. Comenzar a detener el flujo de pensamientos negativos hacia tu cuerpo, la relación que tienes con tu comida y tus emociones. Lo de siempre: si no podemos amarnos y respetarnos a nosotros mismos, ¿cómo podremos amar a los demás? Siempre puedes comenzar a cambiar.



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