¿Cómo superar la desconfianza?

¿Me ayudas? Sí claro, confío en ti…

Tenemos que confiar en el otro, claro, así las cosas salen mejor… pero cómo se hace eso?? ¡Pues confiando! Ah claro, perdona que se me había olvidado darle a “on”…, como si una se bajara la aplicación de “confiar en los demás” y listo. No, amigas, si fuera tan sencillo…

Parece algo sólo de parejas (“la desconfianza es la muerte de la pareja”, a que lo habéis oído mil veces?), pero no, es cosa de todos. Ingrediente obligatorio en la receta de la felicidad, desde tu propia interacción contigo misma, pasando por la pareja, hasta con la familia y amigos para relacionarnos de forma sana, sin ella, llega el vértigo.

Es muy obvio, lo hemos oído por todas partes, pero parece muy fácil y luego nunca no lo es, y trae consigo problemas importantes que acabamos atribuyendo a motivos que en realidad nada tiene que ver. Y ahora vamos a entender porqué.

Imagínate la escena, dos personas (da igual que sean madre-hija, novia-novio, amigo-amiga, o yo y mi espejo) que tienen que hacer algo juntas, enfrentar una situación cualquiera, pon tú el escenario. Cuando hay confianza, cada cual se reparte el trabajo, cada una sabe lo que se le da mejor, lo que tiene que hacer o cómo contribuir a alcanzar el resultado, así que división de tareas y manos a la obra.

Pero cuando no hay confianza, ya sea de forma unilateral o por ambas partes, sucede que una empieza a decirle al otro lo que tiene que hacer y cómo, porque no confía en que sea capaz de hacerlo bien sin sus indicaciones. Y claro, la otra parte se empieza a calentar y piensa (o dice en voz alta, y ahí empieza la acción), que si es que se ha pensado que es tonta, que es inferior, y una larga lista de pensamientos que son de todo menos de agradecimiento. Seamos honestos, a nadie le gusta que le anden dando instrucciones una y otra vez, y quien lo tolera, llega un momento en que o revienta o se hunde en su propia sensación de incapacidad. Luego la primera sentirá que tiene que hacerlo todo, que nadie le ayuda, que son egoístas, inútiles, desinteresados…etc, cuando seguramente los segundos de esta historia querían pero no les dejaron.

No se si os sentiréis identificadas con esto o debería poner un ejemplo más concreto. Por ejemplo esa madre que no puede evitar decirle a su hija que tiene que cocinar algo, pero luego está pegada como una sombra en la cocina, indicándole cada paso con todo lujo de detalles (quiere ayudarte o no se fía de ti un pelo?). O esa pareja de padres primerizos, donde una no consigue creerse que el papá, tan recién estrenado como ella, pueda hacer lo que “tiene que hacer” sin que ella le de el “paso a paso” (la primera vez le enseña, todas las demás son desconfianza…) y él que como está asustado como todo primerizo, no puede confiar en sus propias habilidades porque de todas formas recibe instrucción constante de abuelas, madres, y todo padre anterior en el tiempo con el que se cruce, creando además esa desconfianza interna, íntima (la primera vez preguntó para aprender, todas las demás no se fía de sí mismo), que no es que te haga sonreír por las mañanas precisamente. O imagínate esa amiga que es totalmente consciente de que la otra va a equivocarse comprándose esos zapatos que sabe que le van a doler más que un parto, pero ya se lo dijo una vez y la otra “r” que “r”, y ella piensa que es su misión impedirlo, aunque su amiga, necesite dar ese paso equivocado (y que no volverá querer dar con esos tacones puestos) para aprender algo de sí misma y su dificultad para tomar una buena decisión cuando los zapatos son demasiado bonitos. O imagínate a ti misma enfrentándote a una tarea nueva, sin la seguridad de que lo harás bien, con el temblor de manos que da el miedo y sin la claridad de pensamiento que sí te da la confianza en ti misma.

¿Ahora qué tal? ¿Os suena mas? En cualquiera de los casos la desconfianza hace daño y no sólo, también lastra e impide que nosotras mismas nos demos el permiso de ponernos a prueba, de fallar, y de aprender de esos fallos. Nos llena de miedo, de ese miedo que o bien paraliza o bien te enfada, llevándote a pagarlo con quién sabe quien, pero seguro lo va a pagar alguien. Porque duele y pesa… no hay nada que pese más que inseguridad, esa que te hace sentir pequeñita  como Pepita Pulgarcita.

Confiar es posible, fácil no, ya os aviso, pero imposible tampoco. De hecho es sencillo, lo duro es romper la barrera que nos frena y dar la oportunidad al otro de demostrarnos que es capaz. Sí, el papá sabrá encargarse de su hijo sin ayuda si le dejas hacerlo, tu hija sabrá hacerte un pastel si le das la oportunidad y si le sale mal, la próxima vez ya sabrá lo que “no tiene que hacer”. La amiga sufrirá la primera fiesta de estreno y tendrá la ocasión para tomar una decisión acertada la próxima vez. Y tú si te lo permites, si te dejas equivocarte para demostrarte que nadie se muere de eso, pero sí puede aprender para el futuro, podrás hacer tu viaje mucho más liviana de equipaje.

¿Cómo? hazlo, sin más, cósete esos labios que son más bonitos para besar o sonreír y trágate esas ganas irrefrenables (pero no tanto) de dar instrucciones, muérdete un poquito la lengua y espera, observa, se paciente… y a ver qué pasa. O mejor, anímale, dile que confías en su capacidad, que no pasa nada si se equivoca y deja que haga esa parte del camino sólo. Porque te vas a quitar un peso de encima y una preocupación, porque permites que la otra persona se desarrolle por sí misma y dependa menos de ti, porque reforzarás la relación haciendo a ambas partes más seguras y felices. Porque te sentirás genial cuando pongas la guinda al pastel de algo que hiciste tu solita y porque para aprender a confiar, lo único que necesitas es darte la orden y hacerlo… tan sencillo y tan difícil como eso.

Así que la próxima vez que te veas en la situación, antes de empezar a dar órdenes, párate a pensar un momento cuánto de necesario es, o si es posible callar y observar, quizás te lleves una sorpresa. Quizás el resultado se alcanza igual aunque el camino sea diferente al que tú harías, ¿no se trata de llegar?

Quizás deberíamos pensar un poquito más en que cada uno debe cometer sus propios fallos en vez de perder tanta energía en evitárselos a toda costa. ¿O quieres tener colgando de tus faldas a todo aquél infeliz que no haga las cosas a tu forma? No te lo aconsejo, mejor quítate peso, que la vida ya es suficientemente dura para cada uno en su carrito, no quieras subirte a todos al tuyo que entonces acabarás siendo tú misma la que no pueda seguir adelante con tanto peso.

Y como el tema tiene enjundia…CONTINUARÁ…



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