Un “compartir” en el preescolar de Ainoa o Yo también soy

Recién cambiada mi residencia de Caracas a Caripe, sentía ardua la tarea de salir al mercado, siendo no turista, como sí: aspirante a caripera, foránea, ex caraqueña, la nueva aquí, la nuera de Félix Calderón, “¿y esa de dónde es? creo que se mudaron para acá”. Cada vez que compraba en uno de los verduleros me preguntaba si me estaban dando el precio que era para los que vivimos aquí. Cada vez que compraba pollo en la avícola el pollero miraba al de la caja y se reían de algo referente a mí que yo no sé. No caminaba por las calles como por mis calles, si no encontrando en cada paso una nueva yo según lo que iba suponiendo que pensaban las personas de aquí de mí.

Ya no me pasa. Poco a poco he ido conociendo caras que reconozco al caminar y saludo. Mi ADN ha rozado más paredes y esquinas de este pueblo y este valle. Le he preguntado al pollero de qué se ríe. Pido ñapa. Saludo al pescadero y le digo que está perdido. Me visto como quiero según el personaje que haya elegido ese día para salir.

Pero arduos son aún los “compartir” en el colegio. Un “compartir” es una pequeña fiesta a contribución. La maestra hace una reunión de mamás para ponerse de acuerdo con ellas a ver qué trae cada quien. El día del “compartir”, se ponen en una mesa junto a refrescos, panecitos de jamón, pastelitos, palmeritas, salchichas y otras cosas -todas referentes a masa y sal o masa y azúcar-. Se sientan todas las mamás en las mini sillitas de preescolar colocadas en semicírculo, se escucha reggaeton o merengue en alto volumen, y se a ve a los niños vestidos de fiesta ir y venir con refrescos y pasa palos. A estas alturas el año he asistido al “compartir” de navidad, de carnaval … y ahora el del día de la madre.

Aún no conozco a ninguna de las mamás. Busco algún tema para iniciar una conversación y quizá mi ego caraqueño no lo encuentra. Recuerdo que quería ayunar hasta las doce y comí para no parecer más antisocial todavía o para pasar el rato. Con una contradictoria mejor sonrisa y mirando cada escena de tan larga mañana pasan los minutos como si cada uno durara diez.

Amé a la abuela de un niño que se me acercó a preguntar por el dip, -“sencillito –le dije- queso crema, ajonjolí tostado y salsa de soya y en menos de un minuto estás lista.” La señora me sonrió y nos pusimos a hablar de pasa palos. Al fin me veo hablando con alguien! Miro el reloj y la aguja saltó de pronto unos quince minutos, – uff, que alivio– “¡Vámonos Ainoa! Vamos a la casa a ponernos un traje de baño para ir al río!”. Desde que descubrí la dicha de un pozo con cascadita a pocos minutos de mi casa, ésta se ha convertido en la mejor manera de sacar a Ainoa de cualquier sitio del que no se quiera ir.

Me acerco a cada grupo de madres y me despido, con la mano, de esos ojos que los míos aún no saben cómo mirar, -“Hasta luego! que estén bien!”.

Llego a la casa (agotada) a ponerme mi ropa de casa, o de yoga o de escalada y quitarme el disfraz de madre que va al día de la madre del colegio de su hija en Caripe. Ya veré cómo le digo a Ainoa que por qué no vamos al río. O, mejor aún, me animo y vamos.

 



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