Con la violencia sufrimos todos

No hay ganancia posible con violencia y represión. Sucede ahora en Ucrania, en Siria, en Venezuela. Decenas, centenas, miles de muertos y heridos por la violencia que ha tomado las calles. Detrás de la violencia hay grupos armados, ejército, mercenarios, infiltrados. Las víctimas son los más débiles. Seres humanos que en su mayoría marchaban con su corazón a viva voz.

El horror de estos días es que la muerte se justifica con argumentos políticos cuando en realidad es una tragedia humana. La ceguera que produce la separación sembrada desde el poder impide ver que sufrimos todos. No hay tus muertos y nuestros muertos. Los heridos sangran la misma sangre que compartimos.

Estas son una luchas de poder, es cierto. Pero el enfrentamiento no es excusa para convertir al hermano en enemigo. Mucho menos para minimizar o ignorar el dolor ante nuestros ojos.

Este es un momento para ver las cosas tal y como son. Observar hasta donde la ideología, la rabia y el resentimiento impiden ver lo que realmente sucede, y sobre todo, nos bloquean la compasión por el sufrimiento.

Pensar que las víctimas tienen bando es alimentar el ciclo de violencia. Pensar que los derechos de quienes disienten son limitados es negar que son universales. Creer que el poder está para ejercerlo con represión es caer en la perversión de quienes tienen las armas como último (y a veces único) recurso.

No se trata de ser ingenuos. Estas son luchas de poder. En las calles se clama por derechos, libertad, seguridad y un mejor futuro. También hay voces que piden un cambio de gobierno. En Caracas, Kiev y Damasco.

Pero ¿son los disparos y las bombas la única respuesta?

La resolución de estos conflictos a través de la violencia pone de manifiesto el carácter de esos gobiernos. En las formas y en el fondo.

En democracia los conflictos se resuelven en el marco de un estado de derecho. Con instituciones autónomas. Con respeto a las diferencias. Con un lenguaje de paz que no esté enmarcado en insultos y amenazas.

En una comunidad donde se valore la vida no hay justificación para que la violencia sea vista como normal, merecida o exenta de responsabilidades.

Si estás a favor o en contra, haz una pausa y desde el corazón observa lo que sucede. Allí están las emociones agitadas, los juicios implacables y el dolor que enciende. Pero más allá ¿puedes ver cómo con la violencia sufrimos todos?

Detener ese círculo es necesario. Comenzando por la energía violenta que viene desde adentro.

Luego observa la nobleza que hay en cada persona. Lo que te une a ella y a todos los que comparten el mismo espacio.

Y desde allí actúa a conciencia plena.

 



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