CON LOS PIES EN LA TIERRA

La vida es básicamente alcanzar los sueños que van surgiendo. Es necesario entonces arriesgar en esta vida tan corta que tenemos los seres humanos, salir de los muros y las rejas que nos hemos impuesto por diferentes razones, dedicarnos a ser felices o al menos, buscar esos ratitos de felicidad y goce.

Los que lo sufren, experimentan sentimientos muy profundos que son difíciles de erradicar. Muchos dejan de tener ilusiones o sueños en la vida, lo que se traduce en “dejar de vivir en vida”. De esta manera, no intentamos lograr más objetivos, no perseguimos nuestros ideales, no hacemos prácticamente nada diferente.

Lo que quiere decir el hecho de tener “miedo a vivir” es estar quieto en un lugar, sin dar más pasos, no arriesgarse por nada ni nadie, debido al temor que las decisiones nos producen. También es sinónimo de dejarse llevar en masa hacia un mismo sitio colectivo, no tener pensamientos diferentes para evitar.

El miedo a vivir también es una limitación absoluta que se puede describir como alguien que está mirando el mundo desde una ventana, pero que no sale de su casa para jugar, pasear, amar, hablar, sonreír, etc. Sólo se queda en ese plano pasivo donde no hay lugar para la acción, la risa, el movimiento, la decisión.

Desear es lo mismo que tener esperanza, objetivos, metas, sueños o como queramos llamarlo. Cuando una persona lucha por lo que desea, el miedo no lo limita, ningún obstáculo puede vencerlo.

Aquellos que se quedan estáticos, de pie, sin dar un nuevo paso porque tienen temor a las consecuencias o a equivocarse, son los que se “estancan” y no sólo no avanzan, sino que no permiten que los demás lo hagan. “El que no arriesga no gana” dice una frase muy popular que seguro conocerás.

No hay emociones más intensas que el haber logrado algo después de un gran esfuerzo; no existe alivio superior a la hora de dormir de haber trabajado lo suficiente para alcanzar ese objetivo; no encontrarás mayor placer que decir “hice realidad mi sueño”, con sacrificio, valor y determinación. Pues la verdad es que nadie te regala nada y si así fuera, no tendría “el mismo sabor”.

Porque “vivir sin miedo es igual a vivir (con todas las letras)”, es preciso que cambies tu actitud frente a tu día a día. Pregúntate dónde comenzaron los sentimientos de miedo, el origen de tus temores, comprende qué es aquello que te ha llevado a situarte en la posición actual, es decir, a no vivir como corresponde.

Sin embargo, no es excusa suficiente como para dejar que pasen y pasen los días en el calendario sin hacer algo diferente. Trabaja en ello, acude a una terapia si es necesario, habla con quién sea adecuado, pero lo importante, es que “no te dejes estar”.

Sumergirte en los recuerdos de tu memoria y en lo que ocurre en tu corazón, exterioriza aquello que te pasa. Si no te animas con alguien enfrente, hazlo frente al espejo, ve quitando todas las capas de ese dolor que no te permiten continuar. Nadie mejor que tú tiene las herramientas adecuadas para salir adelante.



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