Concéntrate, vale la pena

Ilustración de José Alejandro Ovalles [email protected]

La mañana era un poco fría para ser verano y el paseo resultaba insuperable. Caminábamos por la plaza Juan XXIII de París admirando la fachada este de Notre Dame. Es una vista que conozco bien. Mi esposa tiene junto a su computador una foto que allí nos tomamos nueve años atrás estando embarazada de nuestra primera hija, y ahora como familia posamos los cuatro en el mismo lugar.

El momento era delicioso. La brisa corría por el Sena agitando las hojas de los árboles y traía el sonido de una guitarra callejera. A pesar de la avalancha de turistas había una sensación de paz magnificada por los arcos góticos de la catedral. Entonces las niñas siguieron para observar las flores y yo me senté en uno de los bancos para disfrutar los últimos mordiscos de mi croissant. Respiré hondo, me arrellané y entonces lo vi. Mi primera reacción fue llevarme la mano al bolsillo.

WiFi gratis, cortesía de la ciudad de París. ¡Genial! Así podrá revisar en el iPhone un par de emails.

Inmediatamente caí en cuenta de mi estupidez. Saqué la mano del bolsillo, y en lugar de clavar los ojos en la pantalla, me dediqué a observar las hojas de los árboles. Verdes, habría dicho de una pasada, pero al observarlas mejor noté que también habían hojas grises y algunas lucían casi negras. Al sacudirlas la brisa el efecto era cinetismo puro.

¿Habrían respondido mi email? ¿Qué habría nuevo en Twitter? Allí estaba el iPhone, reconocía su presión contra mi pierna y me pareció sentirlo vibrar.

Alto. Vuelta a las hojas y la milenaria fachada de Notre Dame. Al cabo de unos instantes el sonido de la guitarra se hizo más evidente y la brisa resultaba una caricia. Al otro lado de la plaza mis hijas corrían al sol y más allá una pareja se daba un beso de postal.

Y entonces la vista cayó de nuevo en el letrero de WiFi Gratis. La tentación se disfraza de muchas formas, habría dicho uno de los obispos de Notre Dame.

Recordé que el día anterior había leído una columna de Berkana Fircke en la revista Yorokobu donde hablaba de la desatención. Y es que en este mundo penetrado por la tecnología, dice ella, le hemos tomado miedo a la concentración. Pasamos de una cosa a otra en segundos y vivir en modo multitasking se nos ha convertido en norma. Como resultado, nos parece aburrido fijar nuestra atención en algo por largo tiempo, y alimentados por esta idea, pensamos que basta un vistazo para recoger toda la información necesaria.

Pero no es así. Por ejemplo Jennifer Roberts, profesora de historia del arte en Harvard, le pide a sus alumnos que observen una obra por tres horas antes de escribir cualquier cosa sobre ella. Y si bien muchos tuercen los ojos ante la simple idea, la mayoría asegura que después de hacerlo la aprecian y entienden mucho mejor.

Al día siguiente hice el ejercicio en el museo D`Orsay. Por supuesto no me instalé tres horas ante La noche estrellada de van Gogh (mis hijas no me lo hubieran permitido, ni perdonado) pero con el simple hecho de detenerme ante la obra, en lugar de saltar de una a otra como turista apurado, me permitió disfrutar las sutilezas del cuadro con mayor profundidad.

Concéntrate. No basta abrir los sentidos para apreciar todo lo que nos rodea. Hace falta enfocar la atención y darle tiempo a la experiencia, sin distracciones. El presente se hace más rico si realmente estamos allí.

Y claro, siempre ayuda mantener el Smartphone a distancia.



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