Contra el encierro

Es, o pareciera, la norma estos días. El ensimismamiento y el encierro se van haciendo cada vez más comunes entre la gente. Muchas veces es de manera involuntaria –por motivos de trabajo, por ejemplo, o cansancio extremo- y otras por decisión propia. Y ahí es cuando habría que hacer sonar las alarmas.

Hay que entender que el apartamiento no siempre es negativo. Si por ejemplo eres un escritor (que no vive directamente de su literatura), las horas comúnmente ligadas a la “vida social” habrá que emplearlas en el trabajo literario. Contra eso no lucharemos, porque se infiere que el creador está satisfecho con lo que está haciendo.

Sin embargo, mucha gente a veces llega sola a su casa, se pone en las labores del hogar, y ahí se quedan, con el teléfono en la mano como ventana al mundo. Conociendo gente vía internet. A pesar de tener muchas “ventanas” abiertas, están encerrados y derrotados por el cansancio.

La buena noticia es que la mente es poderosa y que, a punta de voluntad, podemos reformar conductas y hábitos. Pero también sabemos que, cuando estamos solos, iniciamos monólogos internos que muchas veces responden con ideas que no siempre son las más beneficiosas, a pesar de que pensemos que lo son porque nos lo dice “esa otra voz” que llevamos dentro.

¿Cómo saber que estamos equivocados ante algo? ¿Quién tiene la verdad de las cosas? ¿Qué tan dispuestos estamos a conocer realmente a otra persona? Si estamos conociendo a alguien por internet y algo nos cae mal, cerramos la pestaña y ya. Fácil. En cambio, ¿cómo reaccionamos ante un nuevo estímulo en forma de persona que estamos recién conociendo?

Expandir nuestra zona de confort a veces se hace incómodo, pero se hace justo y necesario, casi imperativo. Una de las batallas que haría falta librar estos días sería la del ego: “no están a mi altura”, “no necesito conocer a nadie más”, “ya tengo una buena lista de contactos”, “hay mucho loco por ahí”. Como dijimos, la soledad puede ser engañosa, y capaz quien no está a la altura de sus conocidos por considerarte ególatra o aburrido seas tú.

Cuando se mira atrás y se observan amistades con historias de diez, veinte años, salta la incredulidad ante la idea de estrechar lazos así con alguien que se está conociendo. Sin embargo, es posible. No hay que apuntar a esas cifras, sino sencillamente pasar un rato con gente nueva.

¿Cómo conseguirlo? Apúntate a esa clase que siempre has deseado secretamente; en lugar de hacer ejercicio en tu casa, sal al parque; aprende otro idioma; regístrate en un programa de voluntariado. Hay miles de opciones que no sólo te traerán beneficios intelectuales o espirituales, sino que bien podrás compartirlos con gente que quizá traiga un poco de magia a tu vida.

En el encierro, las opciones son pocas, te las das tú mismo, y esas ya las conoces, ¿no?



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