Conversar: te puede cambiar la vida

Sería interesante intentar hacer un estudio que cuantifique cuánto sufrimos los seres humanos por no conversar de forma valiente y humilde los temas que nos aquejan, perturban e inquietan.

En ocasiones nos debatimos entre la cobardía generada por los escenarios apocalípticos que solo yacen en nuestra mente y la ausencia de humildad que nos lleva a decirnos que no vale la pena sostener la conversación.

Nosotros mismos terminamos por convertirnos en la principal causa de nuestra propia falta de bienestar y plenitud personal.

¿Cuántos matrimonios, familias, equipos, relaciones, vidas y países rotos?, ¿Cuánta infelicidad individual y compartida?, ¿Cuánto desperdicio de energía? y ¿Cuántas lágrimas derramadas en silencio?

Conversar es un arte antiguo y genuinamente placentero que es capaz de fijar momentos en nuestra existencia por tiempo indefinido. ¿Quién no ha sostenido en su vida una conversación que luego de mucho tiempo aun recuerda? Me gustaría pensar que todos recordamos al menos una.

¿Con quién fue?, ¿Cuál fue el tema?, ¿Qué cosas se dijeron? y ¿Qué hiciste?, luego de la conversación. Yo recuerdo con mucho afecto una plática que sostuve con mi difunta abuela materna hace ya casi 30 años, vista en retrospectiva y con la amplitud que otorga el aprendizaje posterior y el tiempo transcurrido. Creo que fue una conversación que tuvo tanto impacto en mí que me cambió la vida.

Yo era un adolescente que vivía quejándose de las carencias económicas de aquella época y mi abuela al ver que era una conducta reiterativa, repetitiva y aburrida de mi parte me llamó a su cuarto y me invitó a sentarme junto a ella. Con una gran ternura pero al mismo tiempo con el temple que le proporcionaban sus años y su experiencia comenzó a contarme la apasionante historia de como salió de El Pilar buscando una mejor vida para ella y sus nueve hijos. Era un relato de penurias que eran aminoradas por la Esperanza. Nunca olvidaré cuando me dijo: “mijo, uno no puede esperar que otro mastique para uno tragar”, jajaja. Qué manera más especial para decirme que dejara la quejadera, que con ello no iba a lograr nada, si yo quería algo en la vida tenía que ponerme a trabajar por ello.

Ella creía ciegamente que uno llega a este mundo sin merecerse nada, quizá es un pensamiento un poco excesivo pero yo lo tomé y dejé de creer que todo lo que deseaba o necesitaba me lo “merecía” y por el contrario lo cambié por “me lo tengo que ganar”, “lo tengo que trabajar”.

Sin duda esa conversación me ayudó en ese momento y aún hoy me sigue ayudando porque la tentación de creernos que nos merecemos todo porque sí es más frecuente de lo que uno se imagina. Ella me ha hecho estar consciente cada día que pasa que mi destino solo me lo puedo forjar a través del empuje que le imprima a cada una de las actividades que realizo y de hasta donde deseo llegar.

Por eso cuando me encuentro con alguna persona que me comenta que sus jefes, sus parejas, su país, la vida o hasta el mismísimo Dios o el universo no les ha dado lo que creen que se merecen la pregunta que les hago es ¿Y qué ha hecho usted para procurarse eso que tanto desea? Por lo general la respuesta es nada o muy poco. Es una postura muy cómoda hacerse la víctima y creer que uno se merece todo a sabiendas de que no hemos hecho absolutamente nada para ganarnos eso. Y tú ¿Crees que te lo mereces todo?



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