Cornudos, ¿y a ti que tipo de cuernos te han regalado?

La vez pasada hablamos de infidelidad y les vine manejando básicamente lo que era cambiar el concepto de fidelidad por el de lealtad, ya que esta última es más fuerte y más intrínseca que la primera por no responder a condicionamientos. Además, como dice un amigo: “fieles, los perros” y por lo tanto, opino que los humanos entonces debemos ser leales.

Sin embargo, también soy consciente que siempre ha habido y habrá gente insegura e inestable que necesite andar picando de flor en flor o como vulgarmente se dice, ser candil de la calle y oscuridad de la casa, con la primera persona que le pase enfrente.

Y es por eso que hoy les he traído un compendio de cuernotes puesto que en mi experiencia, he podido constatar que existen diferentes tipos de cornudos –ya ustedes sabrán en cual renglón caen– dependiendo del grado de infidelidad del que hayan sido víctimas.

Los primeros en abrir este compendio son los que han tenido -o tienen- cuernitos de becerro ya que la infidelidad a la que han sido expuestos es mínima; miradas ocasionales o pensamientos… en fin, lo normal… lo que casi ni se siente. Pero de ahí pasamos a los que tienen cuernos de chivo, en donde ya no solo hubo miradas sino hasta charla; pero bueno, hay quien es indulgente y aguanta vara –literal. Luego pasamos a los de toro, donde ya empiezan los problemas porque hablamos de saliditas al café, a comer, una cosita coquetona –you know– y bueno, ya a estas alturas como que la vara comienza a molestar pues se empiezan a correr rumores y demás cosas desagradables, y sin embargo, Troya aún no arde.

Posteriormente y ya entrando a ligas mayores –de campeonato– tenemos los cuernos de borrego cimarrón porque aquí, el contacto físico ya se ha hecho presente. Y no hablo de un simple apretón de manos, no para nada. Hablo del besito cerca de la boca, las tomadas de manita muy sutiles, los abrazos calurosos de oso que duran más de cinco segundos y esas mañas babas y coquetas que solemos tener cuando andamos de ligadores: quitarle el cabello de la cara al otro, limpiarle la boca, acomodarle la camisa o la prenda que sea, quitar la pestaña incómoda que está a punto de entrar en el ojo del otro y demás. Como ven, no hace falta decir que para este punto la mendiga vara ya no solo pica… ¡también raspa!

Pero el nivel sigue subiendo, y de ser cimarrones, hay quienes se han graduado con honores –ok, me incluyo– y pasan a portar un precioso par de cuernos de antílope. Y digo de antílope y no de venado porque el antílope es más rápido, casi tanto como el infiel, quien para estas alturas ya habrá probado los labios de su “nuevo date” o capillita. No obstante, muchos inteligentes –aunque un poco lentos – y abusados, se dan –nos damos- cuenta de lo que ocurre y deciden borrarse la P de la frente y quitarse –quitarnos- la ornamenta de la cabeza para dar por terminada la destructiva y efímera relación. Pero hay otros que necesitan pasar al siguiente nivel –y el penúltimo- para despojarse la venda de los ojos, y ese nivel viene acompañado de un fabuloso juego de astas de alce blanco –ándenle, sí, como el de Blancanieves y el cazador, así mero –mismo que pareciera que se ponen hasta por gusto  -o por babotas– pues en este grado de infidelidad casi nivel Kristen Stewart, ya la cosa traspasó las barreras de los besos y ha llegado a lo que viene siendo el faje; un faje que está separado por una línea muy delgada de lo sexual, de no ser por la ropa interior o la mayoría de las prendas que no se han quitado esta vez; usualmente por falta de tiempo o porque el momento de cachondería les agarró de sorpresa en un lugar público o en el auto. Y sin embargo las astas… esas siguen ahí, ya no por desconocimiento, sino por gusto; porque hay que ser muy tonto para no darse cuenta a esas alturas que “nuestro” hombre tiene un amante.

Y finalmente *suenan fanfarrias y cae confeti con lentejuelas de colores* llegamos al último nivel de los cornudos, al que de verdad  se puede llegar solo si se raya en el colmo de la ingenuidad, como para no darse cuenta que el “novio” ya les ha regalado un fantástico y llamativo juego de cuernos nivel vaca Watusi, pues aquí el sexo ya se ha hecho presente y no una ni dos, sino N cantidad de veces y aún así, hay quienes siguen viviendo su idilio color de rosa y haciendo como que no pasa nada.

Pero el problema no es ese, el problema es quedarse usando la ornamenta por ignorancia del asunto, por dependencia o cualquier otro factor que los obligue a estar con el infiel.

Después de este texto, estoy seguro que más de uno se habrá identificado en alguno de los niveles. Afortunadamente, yo solo he llegado al nivel antílope, que miren que un par de esos ya pesan, ahora imagínense unos cuernos watusi… deben ser un calvario. Así que mis guapos inspirulinos, afuera los cuernos y a ser más leales con quien lo es con uno. Si hacemos eso, nuestras relaciones amorosas van a mejorar. Recuerden que como en la canción, a todos nos mortifica que nos llamen “el venao” por eso les doy un consejo: si el par de cuernos que les van a dar no va relleno de jamón con queso, entonces no vale la pena y digan ¡nextBye bye astas y hola lealtad.  Muuuuua.

 



Deja tus comentarios aquí: