Coronavirus: de la sociedad de la supervivencia a la del cuidado

Coronavirus: de la sociedad de la supervivencia a la del cuidado

Publiqué hace un par de días en Instagram una reflexión sobre el cambio de paradigma que propone el célebre autor coreano nacido en Seúl Byung-Chul Han en sus últimos escritos. Habla de que estamos pasando de la «sociedad del cansancio» como llamaba a nuestra civilización actual (y sobre la que escribimos hace un año aquí en esta columna) a la «sociedad de la supervivencia», y que sobrevivir se convertirá en algo absoluto, como si estuviéramos en un estado de guerra permanente a partir de la pandemia​ instalada en todo el mundo.

Curiosamente una conocida colega, amiga y profesora de yoga, Gisela Moya, preguntó con lucidez en ese post: ¿y la sociedad del cuidado? Esa pregunta me hizo reflexionar.

Efectivamente, en lo que va de esta cuarentena buena parte de quienes estamos en proyectos que desarrollan mayor bienestar y consciencia plena hemos aumentado la cantidad de trabajo y percibimos un deseo genuino en la sociedad (y arraigado en una necesidad profunda) de encontrar recursos, de poder pararse con integridad frente a lo incierto y brutal de la pandemia. Las personas están en muchos, muchísimos casos, transformando sus vidas, re-descubriendo los valores que tenían olvidados tras esos objetivos de la «sociedad del cansancio». No estoy sugiriendo que el coronavirus sea una bendición pero sin duda alguna este factor resiliente del ser humano que consiste en incorporarse dignamente frente a la adversidad, puede apreciarse claramente.

Entonces tengo que reconocer que Gisela lo señaló lúcidamente: está también la sociedad del cuidado y el bienestar genuino.

Estar bien no es un privilegio, es una necesidad

Uno de los avances fundamentales de nuestro tiempo, empujado por movimientos sociales de todo el mundo (silenciosos pero donde participa una inmensa cantidad de ciudadanos día a día) es que el cuidado y el bienestar es un valor fundamental en nuestras vidas. En las últimas décadas (y con más fuerza aún en este milenio) ya no lo vemos como un extra bonus, una elección de quienes están salvados económicamente o de hippies modernistas.

La licenciada Gisela Moya cita a Bernardo Toro en su charla TEDxPura Vida 2012 (“El cuidado no es una opción. Aprendemos a cuidar o perecemos”), quien menciona que «nuestro paradigma personal de éxito y poder se ha cristalizado a nivel global y de forma catastrófica, en un cambio climático negativo (hambre, sequías, devastación de especies), pero también produjo gran impulso en las comunicaciones: por primera vez en la historia de la humanidad podemos permanecer comunicados a toda hora con todo el planeta. Este autor menciona la necesidad de pasar a un paradigma del cuidado para poder seguir viviendo en este planeta», completa la profesional.

Y la verdad que si sólo definimos a esta sociedad como la sociedad de la supervivencia, no estamos siendo justos. Simplemente estamos viendo una cara de la realidad. Y quedarnos mirando sólo esa cara, a través de lúcidos análisis de catedráticos y librepensadores, no es precisamente el camino del cambio. En todo caso es el primer paso, pero luego hay que generar la utopía, y como decía Galeano, caminar hacia ella.

Describir no es cambiar. Visionar y actuar sí.

Recuerdo cuando salía de las clases de psicología social o de psicología contemporánea, allá por los 90, luego de larguísimas elucubraciones, análisis y predicciones de los más reconocidos pensadores como Foucault, Saussure, Althusser, Lacan, sentía un vacío y una oscuridad adentro mío. Me acercaba a la parada de colectivo con el alma en pena, sintiendo que las verdades que revelaban eran crudas pero que les faltaba algo. El agudo análisis de la microfísica del poder en una sociedad nos ayuda a dar un primer paso de comprensión de algunos factores, y desde determinado ángulo, porque al fin y al cabo, toda teoría es una visión articulada de la realidad, NO LA REALIDAD. Pero a esas teorías les faltaba corazón. Les faltaba visión de cambio. Como los profesores de las cátedras, tenebrosos seres que fumaban como chimeneas y lanzaban apoteóticas semblanzas del mundo de entonces, esas teorías eran explicación del problema, pero no visión del cambio.

Así, con el tiempo descubrí que describir una realidad no es cambiarla. El budismo diría que el verdadero conocimiento conduce a la transformación. Sin movernos de nuestro continente, Octavio Paz susurraría que “conocer es resolver”. Sino, no conocés. De alguna forma, para generar cambios no nos alcanza analizar y describir. Necesitamos visualizar nuevos caminos y comenzar a desarrollar nuevas habilidades en orden a producir una transmutación hacia otros paradigmas. Es como la familia que concurre a terapia: necesita ensayar nuevas coreografías de interacción, generar nuevas creencias sobre sí misma y de esa manera moverse hacia otra identidad del sistema. Seguir explicando por qué suceden las cosas no conduce a ningún lugar. En el entrenamiento en mindfulness lo llamaríamos re-percibir: cambiar la visión del mundo parándonos de otra forma y así generar nuevas cogniciones y conductas.

Entonces, ¿la sociedad del cuidado es un paradigma superior a la sociedad del cansancio o la sociedad de la supervivencia? Sin dudas.

El autocuidado: el primer paso 

A medida que nos desarrollamos necesitamos independizarnos y poder practicar el autocuidado. Esto no implica mirarnos el ombligo y dejar de mirar el dolor de los demás, pero es una delicada dialéctica de protegernos al tiempo que brindamos amorosidad y bondad a los demás. La caridad empieza por casa, reza el dicho.

Para Gisela, «el autocuidado ya está presente en nuestra sociedad y la premisa del bienestar es un deseo aspiracional para mucho de nosotros. Quien desea experimentar su propio bienestar puede acceder al mismo a partir de distintas formas u ofertas. Sin embargo, es importante destacar la diferencia de cómo acceder al bienestar: si será de forma autónoma o dependiente».

Y continúa: «Cuando se emprende el camino del cuidado y bienestar y éstos se realiza privilegiando el autocuidado, significa que este camino impulsa la autonomía». Y ese es el paso clave a llevar adelante (de paso recuerdo a aquellas personas que se ponen incondicionalmente en manos de gurúes, doctores y curanderos deseando un cambio fantástico que no implique trabajo ni autonomía)».

En otras palabras, cuando nace y se arraiga el deseo profundo de ser felices y comprendemos la naturaleza de los fenómenos mentales, estamos en el camino del autocuidado. Estamos moviendo una rueda que ya no se detendrá. Podemos tener idas y venidas, caídas y frustraciones, pero existirá un proceso interno que nos mueve siempre y hacia lugares más sanos.

Gisela finaliza su aporte mencionando que «el camino de la dependencia es una secuencia bien conocida para nuestra sociedad: hay un deber, que se alimenta por un temor o castigo, a su vez responde a la necesidad de aprobación o reprobación de otros o del entorno y así el circulo se perpetúa. Por el contrario, sea cual fuere mi elección de cómo experimentar el autocuidado, es imprescindible que la guía de este aprendizaje incluya tres cuestiones elementales: conocerme a mí mismo, regularme y aprender a valorarme o reconocer mi autovalía. Estos tres aprendizajes pautan el camino de la autonomía del cuidado».

En nosotros está elegir el paradigma. En nosotros cultivar aquel que querramos instalar en nuestra sociedad. Utilizando una metáfora, la de esa vieja historia india, tenemos un lobo bueno y uno malo en nuestro interior, prevalecerá aquel que alimentemos. ¿Cuál triunfará en vos? ¿Qué paradigma se impondrá en nuestra sociedad?

Foto de Mujer creado por freepik – www.freepik.es



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