Corridas de toros, o donde se pierde la humanidad

Desde hace un tiempo se vienen produciendo discusiones acaloradas alrededor del mundo respecto a la pertinencia de mantener las corridas de toros.

Con alguna frecuencia se publican  informaciones en los portales y diarios que dan cuenta de toros que “acaban con la fiesta” al embestir, cornear y matar a algún asistente al espectáculo. Acto seguido, surgen los comentarios que reflejan las posiciones que subyacen al tema. Unos piden a gritos la muerte del toro; otros desean el mismo destino al torero y pareciera que la respuesta está, como en casi todos los ámbitos de existencia, en el camino del medio; en la racionalidad y ella pasa por hacerse las preguntas fundamentales: ¿Por qué seguir considerando espectáculo a  ese escenario de sangre, muerte y poder? ¿Qué apetitos humanos se sacian viendo aquello llamado fiesta brava, encerronas, toros coleados? ¿Aún necesita el ser humano sentir superioridad física frente a los cohabitantes del planeta, sus vecinos, los animales? ¿Qué es un espectáculo? ¿Qué es un hombre y para qué vive?

No entraremos a considerar dos tópicos que sustentan tal “espectáculo”, y que propician su continuidad, tales, los de  público y lícito, aunque sí lo que entraña la  “fiesta brava”.

Es un asunto moral y de poder. Se trata de entender que el asunto se inserta en el marco de las relaciones de poder: Yo puedo TODO y tú no  y en ese “todo” va la vida.

Se trata de comprender que no nos podemos colocar laxamente de cualquier lado de la historia sin consecuencias.

Por ponerse del lado equivocado de lo moral, del lado del “fuerte”, del lado del abusador, instituciones y países en circunstancias concretas de la historia han cohonestado actos terribles de negación a los derechos, han permitido con un silencio cómplice y aterrador perversiones de investiduras que van desde la Iglesia, hasta los poderes ejecutivos.  

No podemos “voltear” la mirada y excusar a los violadores de los derechos ungidos por algún poder. Estamos obligados a ponernos del lado de lo moral, estamos obligados a actuar.

Por ponerse del lado equivocado de lo moral, el Mariscal de football americano, Michael Vick consideró que tenía derechos sobre sus 51 perros y compró, apostó y generó fortunas con peleas de pitbull, que incluyeron el abuso de las perras. Tanto dinero y poder acumulado, tanta fama para ser sólo un maltratador. Generar dolor a esos animales le producía placer, pero también a sus invitados, a sus colegas apostadores, violadores de los derechos del otro, porque el otro puede ser un perro o un ser humano, el problema está de qué lado de la relación de poder puede ponerse.

Por estar del lado equivocado de lo moral, se asiste a un espectáculo de muerte lenta y cruel de un toro. Se aplaude con cada estocada y se enardece cuando el torero, se yergue sobre el animal herido primero y muerto después con los pedazos como trofeo, y muestra orejas y rabos y su falta de humanidad. Pero no sólo la suya, exhibe la falta de humanidad de quienes le alientan y le pagan, de quienes van y lo animan a cometer su acto abusivo, su asesinato.

Si se propugna la vida como valor es incongruente que livianamente se cambie de posición. ¿Sí a la vida de las personas, no a la vida de los animales, de quienes nos separa un 3, un 5% en la cadena de ADN? Y llevándolo al terreno de lo político ¿no es esa nuestra queja? Consideramos perverso, y lo es, que todo  el poder lo detente un solo hombre pero si el poder lo ejerce un hombre con “traje de luces” y un entorno colorido ¿está bien? ¿Seguro el ropaje puede llamarse de “luces”?  Consideramos una progresión social que ya no exista el circo romano, por qué nos empeñamos en resucitarlo con actos de barbarie?

Los animalistas no somos comeflores que defendemos a los toros y queremos linchar a empresarios. Lo que defendemos es la humanidad, lo que hacemos es ponernos del lado de la vida y la progresividad de los derechos; la lucha es por colocarnos en el lugar del débil de la historia, y en este caso,  los abusados, los criados para ser sometidos a “lidia”, los asesinados, los débiles son los toros.

Qué maravilla pues, que estas discusiones se den. Qué grandioso el ser humano que puede cambiar los decursos y las “tradiciones”. Bienvenidos todos los esfuerzos por vivir en un mundo más armónico. Bienvenidas las luces, las de verdad. Bienvenidos los circos sin animales, bienvenidas las lecturas al aire libre; bienvenidas las obras de teatro; bienvenidos los torneos de futbol, tenis pero sobre todo, bienvenidos los toros vivos.

 



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