Criando hermanos

La historia está llena de cuentos de hermanos famosos por miles de razones. Podríamos decir que Caín y Abel son los que mayor fama ostentan por aquel infeliz incidente con la quijada de burro que los catapultó para siempre.

Si seguimos en la Biblia encontraremos a José y sus hermanos donde el pobre José fue rematado y luego volvió triunfante, aunque uno podría pensar que no muy contento con sus dulces hermanos. En la literatura clásica pasamos por novelas como Mujercitas donde ese grupo de niñas podían volver loco a cualquiera con sus variadas personalidades o  Los Hermanos Karamazov que confieso no haber leído.

En fin, el tema de los hermanos y sus relaciones es algo que ha ocupado mucho espacio escrito y en otros medios pero pocas veces se coloca la lupa en un aspecto que determinará esas relaciones para siempre: los padres.

Cuando uno tiene un hijo, se da cuenta que la crianza va más allá de enseñarlos a caminar, comer, beber y permitir que sobrevivan sin sobresaltos hasta una edad en que se defiendan bien solos. Entiendes que implica trasmisión de valores, patrones, esquemas de vida y relaciones sociales. Pero cuando tienes dos hijos o más, entras en el intrincado mundo de no solo criar hijos, sino hermanos.

Muchas veces creemos que los hermanos se crían como ovejitas en la pradera, solitos con agua y comida y que basta con que vivan juntos y tengan la misma sangre para asegurar el éxito. Olvidamos que nosotros como padres tenemos la responsabilidad de encauzar esa relación por el mejor camino posible.

Criar hermanos comprende mantener el equilibrio entre ellos, asegurarnos que asuman el rol que les corresponde y lo cumplan en forma sana.

Muchos padres tienden a recargar, por ejemplo en el hermano mayor el rol de guía cuasipadre de los menores, hecho que lo frustra muchas veces y lo convierte en un tercer padre que ningún hermano necesita y le resta la magia de ser igual que los otros.

Otros en su afán de mantener la paz entre ellos y evitar conflictos, median en casi todas sus disputas, tomando las decisiones sin derecho a réplica y convirtiendo así un problema de dos en uno de tres o más.

Sea el caso que sea, nuestra labor de padres debe orientarse a permitir que nuestros hijos desarrollen una relación en todo el sentido positivo que la palabra Hermanos posee. Hagamos de ellos una pandilla amorosa que se protejan unos a otros, que se conforten como seres humanos en momentos difíciles, que se guíen pero que también tengan el derecho a equivocarse y no ser juzgados por el rol: hermano mayor, menor o del medio.

Fomentemos actividades de hermanos juntos: salidas, paseos, vacaciones, independientemente de su edad o diferencia de sexo. Veo a veces familias que tienen actividades para cada uno de sus hijos pero no una para todos juntos y lo considero lamentable. Cuando son niños es que pueden crear lazos de unión tan fuertes que duren para toda la vida pero depende de nosotros que ocurra.

Enseñémosle al menor que el mayor lo puede aconsejar y al mayor que el menor puede ser su amigo y su apoyo si lo necesita. Mis hijos, por ejemplo se toman de la mano uno al otro cuando alguno está por perder un diente. Es su momento de confortarse a pesar de su diferencia de edad.

En la medida que logremos lazos sólidos les estamos entregando un tesoro para su vida adulta: un amigo que comparte su historia de principio a fin, que lo conoce mejor que nadie y que lo ama sin caretas.



Deja tus comentarios aquí: