Crianza respetuosa y límites. Entrevista a Olga Carmona

La vida es cambio constante, hay que mantener la mente y el corazón abiertos a nuevos referentes para criar y educar a nuestros hijos y alumnos, de lo contrario corremos el riesgo de quedarnos atascados en esquemas perjudiciales y vencidos.

Echar por tierra los paradigmas tradicionales de la crianza basada en el adiestramiento y la obediencia requiere elevar el pensamiento y orientarnos por principios éticos de avanzada, poco comprendidos hoy. Demanda también la suficiente humildad para hacer autocrítica además de un montón de ganas de hacernos conscientes de nuestros propios recursos emocionales para acompañar a los niños a nuestro cargo en el despliegue de su sano desarrollo físico y emocional.

En esta nueva entrega del especial sobre Crianza Respetuosa y Límites, entrevisto a Olga Carmona, licenciada en psicología clínica, master en psicopatología de la infancia y la adolescencia, experta en psicoterapia de tiempo limitado. La pueden encontrar en el gabinete de Psicología Ceibe de Madrid desde donde, entre otros aportes para la  crianza y educación en positivo, ofrece terapias vía Skype.

Olga-Carmona¿Qué importancia tiene para la educación emocional y social de los hijos el reconocimiento de los límites y cuál es nuestro papel como progenitores o educadores en esta tarea?

La pregunta está brillantemente formulada, porque dice “reconocimiento” de los límites, no “imposición” de los límites.

Es fundamental educar para que los propios niños sean capaces de “reconocer” cuáles son los límites imprescindibles para su propia integridad física, psíquica y su papel dentro de un microsistema (la familia) que a su vez forma parte de otros sistemas del que también forman parte (escuela, etc) y les permitirá una adaptación sana y con criterio.

Nuestro papel es esencial, porque como padres somos los primeros educadores, y por tanto los que más van a marcar las bases de la construcción de la personalidad del niño y su visión del mundo. Nuestro papel será ayudarle a identificarlos y reconocerlos, dejando que sea él, poco a poco, el propio artífice de forma que aprenda a autorregularse.

Al principio de la vida, cuando todavía no hay lenguaje, habrá que intervenir más hacia la prevención, más adelante deberá haber siempre una explicación motivada sobre la razón de dicho límite.

¿Háblanos de tu posición sobre los sistemas de castigos  y premios (nalgadas, el un dos tres,  tiempo fuera o silla de pensar, cartelera de puntos, estrellitas y caritas sonrientes) para educar o criar a los niños?  

Pienso que son obsoletos y completamente ineficaces.

Pienso que contribuyen a perpetuar una sociedad violenta y carente de autoestima, pienso que son sistemas que  obedecen a la falta de recursos personales para educar, que son el resultado de la falta de reflexión, de conexión con los niño y con nosotros mismos, que tienen que ver con una herencia maldita reproducida una y otra vez porque nos la fueron grabando a fuego generación tras generación y pienso que son un ejercicio de insana lealtad hacia quienes decían amarnos y nos educaron a golpe de premio y castigo.

A modo de ejemplo: fui entrevistada para un periódico de tirada nacional sobre el asunto del “cachete a tiempo”. Respondí sin pudor lo que pensaba acerca del asunto, reconociendo a su vez la dificultad que supone educar y la cantidad de veces que los niños, los problemas, el cansancio “nos ponen a prueba” y la necesidad de entender que la violencia nunca es un camino, nunca. Fui insultada, linchada, por ingentes cantidades de personas que escribieron al periódico para reinvindicar su derecho a pegar y lo eficaz de dar un bofetada a tiempo. Esto es España 2014. Este incidente me dio una pista de hasta qué punto tenemos grabada a fuego la violencia como recurso para vivir. Habla también del tipo de ser humano que dicha violencia educativa ha construido: uno que reinvidica su derecho a seguir maltratando.

Pienso también que no construyen desde dentro, que enseñan al ser humano en desarrollo a depender de lo externo, a convertirse en un insaciable buscador de reconocimiento externo, a ser otro ciudadano dependiente y asustado porque ha aprendido que no tiene el control.

Son sistemas cortoplacistas, que buscan lograr la inmediatez de una determinada conducta, que no  enseñan a encontrar las motivaciones internas, que son las verdaderas y las únicas que sirven para crecer como seres humanos y conducirán a la realización y felicidad personal.

Si no pego ni castigo ¿cómo le pongo límites a mi hijo?

Pegar y castigar, además de ser delito (tipificado o no) porque atenta contra la dignidad de la persona, no pone más límites que evitar la agresión. El niño encontrará la forma de “vengarse” ya sea acumulando un resentimiento que le pasará factura con el tiempo o canalizando la agresividad y frustración producida por la agresión, convirtiéndose así mismo en agresor también.

Los límites se ponen con y desde el amor, con y desde la empatía, con y desde el reconocimiento de sus necesidades.

Se ponen con la palabra, se ponen haciéndoles saber que hay unas “consecuencias naturales” que ocurrirán si no se respetan. Y sabiendo que estamos haciendo una labor a largo plazo (estamos educando a un ser humano) por lo que necesariamente tenemos que armarnos de paciencia y saber que, como para cualquier otro aprendizaje, habrá ensayo y error. Y que muchas veces, el niño va a necesitar “comprobar” cuales son las consecuencias si no lo respeta. A esto le llaman conducta desafiante. Yo estoy en completo desacuerdo, creo que todos tenemos derecho a experimentar y a aprender en primera persona, sin que nadie se sienta desafiado por ello.

Y, sobre todas las cosas, estableciendo un vínculo de confianza y seguridad que nos convierta en referente. Con este trabajo de base bien hecho, no harán falta grandes estrategias educativas para establecer los límites.

¿Según sea la edad, cómo podemos ayudarles a reconocer dichos límites de una forma respetuosa hacia su integridad como persona?

Antes del lenguaje, los únicos límites imprescindibles son los que tienen que ver con su integridad física y para ello yo abogo con la prevención. Es decir, si no queremos que toque los enchufes entonces pongamos protectores de enchufes, en lugar de darle un manotazo en la manita y decirle “no se toca”. No sólo no entenderá nada sino que empezará la construcción de un vínculo ambivalente hacia nosotros: si quien le protege le agrede, es una contradicción esquizofrénica.

Más adelante, cuando se va estableciendo el lenguaje, el juego es la herramienta más potente a nuestro alcance para producir aprendizajes profundos, el sentido del humor, la representación simbólica a través del dibujo, o simplemente teatralizar qué pasaría si no hacemos o hacemos tal cosa, son recursos que sirven para ir internalizando que hay límites.

A medida que van creciendo y su información sobre el mundo y sobre sí mismos aumenta, la comunicación emocional será nuestro stradivarius en educación. Hablar de qué sentimos cuando ellos transgreden algún límite, cómo se sientes ellos, cuáles son las repercusiones emocionales que su conducta puede producir sobre los demás, entender también desde la razón el porqué de ese límite y cuál es el significado que tiene para él.

Solo aprendemos aquello que tiene un significado emocional para nosotros. Esto es una máxima.



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