Crianzas conectadas

Todo esto de la crianza respetuosa, de apego, natural, conectada… aunque ahora pueda entenderse como una nueva corriente, ciertamente era practicada por nuestros antepasados como un modo de vida y de aproximación natural hacia las crías humanas, una manera de cuidar a los hijos respondiendo a los instintos y a la sabiduría del cuerpo, al llamado de la madre naturaleza que nos ha diseñado inteligentemente para asegurar nuestra sobrevivencia como especie.

La crianza respetuosa es una forma de vida que se intuye y se practica desde hace milenios, pero que perdimos en algún momento condicionados por una civilización o cultura muy arraigada en la mente y alejada de los instintos.  Regresar a lo que siempre hemos sabido hacer, no supone apelar a manuales, ni fórmulas, ni recetas, que de paso, la crianza respetuosa no puede ofrecer, porque cada ser humano es único e irrepetible y cada familia constituye un entramado particular con su propia ecología y modos de responder a las propias necesidades.  Tampoco es el propósito crear una matriz maniquea que nos califique de buenos o malos padres según sigamos o no sus principios.

Todos hacemos lo mejor que podemos por nuestros hijos desde nuestras posibilidades y nuestro momento de conciencia. Somos imperfectos, y eso significa que nunca dejamos de crecer, mejorar,  enriquecernos y siempre es posible resarcir nuestros tropiezos, hablar con nuestros hijos, pedir disculpas por nuestra confusión o desorientación, buscar la sanación de nuestras neurosis causantes de malos tratos y desamparos, compensarlos con mucho amor y comprensión.

Ciertamente la llegada de un hijo o hija, viene con  la oportunidad de replantearnos el modo en que hemos encarado la vida. Un hijo siempre trae la oportunidad de enfrentar en su justa dimensión nuestros recursos emocionales y disponibilidad para entregarnos incondicionalmente a unos pequeños siempre tan demandantes por el hecho natural y lógico de ser inmaduros y depender de nuestros cuidados.

La puerta que se abre a través de cada niño o niña que traemos al mundo, o que nos toca criar o atender por la razón que sea, constituye un enorme potencial de auto transformación e infinito crecimiento. Dependerá de cada uno de nosotros que seamos capaces de aprovecharlo o desperdiciarlo.



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