¿Cuál es la lección que nos da la muerte?

¿Cuál es la lección que nos da la muerte?

Recuerdo la primera vez que recibí la noticia sobre la muerte de un familiar. Fue a mis diez años de edad, mi madre entró a mi habitación para decirme que algo muy triste había ocurrido: «tu abuelo ha muerto». En ese preciso instante escuché cómo mi tinnitus dominaba el sonido de aquel momento. Mi mamá me explicó que había sido por causas naturales y que ya no lo volveríamos a ver. Era obvio que ella no estaba preparada para comunicar tal cosa a un niño de esa edad; aun así, pronunció las palabras correctas, sin ilustrar ni profundizar, pero me dejó preparado para que yo asimilara tal situación. Se levantó de mi cama y salió de la habitación.

Yo me quedé en silencio, recostado sobre el edredón blanco con estampado de hojas verdes que solía vestir mi cama los fines de semana. Pasados unos minutos, creo que fueron los recuerdos que tenía de mi abuelo los que detonaron las lágrimas, propias de una noticia como esa. Mi madre volvió a mí y me abrazó. Recuerdo que se animó a decir que la muerte es parte de la vida y que quienes se van de este mundo van a un lugar mejor. En ese momento, era lo que necesitaba escuchar.

Después de eso, no volví a pensar en la muerte. La vida, la rutina los deberes siguieron escribiendo el día a día por muchos años. Hoy, mi posición es otra. Recordando aquellas palabras de mi madre cuestiono aquello de «se van a un lugar mejor», como si este preciso lugar en el que estamos no fuera suficiente para todos. Y es que no puedo creer eso, porque si realmente lo hiciera, no tendría sentido valorar quiénes somos y a quiénes tenemos a nuestro lado, total, la mejor cita la tendríamos en aquel otro «mejor lugar». 

Segundo acto

Una mañana de sábado, a mis diecisiete años, desperté temprano para ir a trabajar a una pequeña estación de radio donde era locutor. Recuerdo que esa fue una etapa de mi vida bastante cómoda, en la que solo pensaba en cosas puntuales (amigos, amor, intercambiar ringtones), una etapa en la que parecía que nada me preocupaba realmente. Ya cercano el mediodía, mi padre, mi hermana y yo salimos juntos en un mismo auto. A mí me dejarían frente a la estación de radio, y ellos seguirían al mecánico. Durante el trayecto a mi trabajo, ellos discutían. Mi hermana, diez años mayor que yo, al parecer, estaba en su etapa de frecuentes salidas con amigas, y mi papá no estaba muy contento con eso y con el hecho de invertir su mediodía del sábado en estos quehaceres con sus hijos. A mi papá nada solía venirle bien.

Terminó el día, y ya con todo cumplido, yo también tenía pensada una salida con amigos. A cierta hora de la madrugada, todos decidimos ir a un bar del centro, y justo cuando bajábamos del auto, sonó mi teléfono celular. Recuerdo perfectamente cada detalle, tomé mi Motorola RAZR y, en la pantalla exterior, leí el nombre de la mejor amiga de mi hermana. Yo tenía buena relación con ella, pero no la suficiente como para recibir un llamado a las 3 de la madrugada. Contesté bajo los efectos del alcohol, y ella, calmada y tiernamente, me dijo: «Hola, Rob. ¿Dónde estás? Necesito que hagas algo ahora. Debes ir al hospital». Yo insistí en saber por qué debía hacer eso. Ella no encontraba las palabras para darme la noticia, hasta que solo dijo: «Tu hermana tuvo un accidente y te necesita urgente». Ahí estaba, había regresado, mi tinnitus silenció a la ciudad entera. Después de unos segundos les grité a todos mis amigos que había cambio de planes y que debíamos ir al hospital.

El trayecto está borrado, solo recuerdo llegar y correr hasta la puerta de EMERGENCIAS, desesperado, alcoholizado, desvariando. Pedí que me dejaran ver a mi hermana, no podían dejarme pasar, estaba muy alterado. Cuando pude calmarme, entré a una sala previa. Había un pasillo a la derecha, al final de ese pasillo se podían ver camas, había personas encima de esas camas, y alguien, supongo que era una enfermera, me dijo: «Aquella es tu hermana, pero no puedes ir». Traté de enfocar dónde me señalaba esta mujer. Vi un pequeño pie, tenía una cinta colgada de uno de los dedos, imagino que era su nombre.

Otro enfermero se acercó a mí y me entregó sus pertenencias, anillos, llaves, billetera y una cadena que tenía su nombre. No sabía qué debía hacer. Salí de aquella sala de espera, y todos mis amigos estaban afuera, todos fumábamos, me invitaron uno y lo devoré como si mi vida dependiera de eso. Mis padres ya estaban en camino, de alguna manera se habían enterado. Al llegar, repitieron mi escena, no los dejaron verla. Nos quedamos todos esperando alguna novedad. Mis amigos se fueron uno a uno, lo que podían haber hecho por mí, ya lo habían hecho. Recuerdo los abrazos y las espaldas alejándose entre un mar de personas que estaban viviendo una situación similar a la que mi familia estaba atravesando. No éramos especiales, la muerte es parte de la vida, ¿no, mamá?

Mi hermana luchó por su vida en aquel viejo hospital durante tres días. Había sido víctima de un violento accidente de tránsito en el que ella recibió todo el impacto. Durante esos días, la cantidad de personas que llegó a visitarla fue muchísima. Yo estuve ahí, casi nadie me vio, pero yo sí los vi a todos. A la tercera noche de espera (yo dormía en casa), sonó el teléfono, contesté: era mi madre. Con aquella voz calma que solo quiere decir que algo malo va a terminar de ocurrir, me dijo, que despertara a mi padre y que juntos volviéramos al hospital, porque debíamos despedir a mi hermana. Mi papá, en silencio, se tomó su tiempo. Se duchó, cepilló, lustró sus zapatos, se vistió y encendió el auto, aquel en el que días atrás había llevado al mecánico con su hija de la que ahora debía despedirse para siempre. Condujo lentamente hacia el hospital, el camino jamás fue más lejano.

Al llegar, subimos. Nos hicieron ponernos esos trajes de tela, barbijos, gorros para cubrir el pelo (todo eso a lo que hoy estamos tan acostumbrados) para entrar a la sala de cuidados intensivos. Mi padre sostuvo la mano derecha de mi hermana, y yo, la izquierda. Él se despidió de ella. No logré escuchar cada palabra, mi tinnitus lo censuraba, quizá fue lo mejor. No estoy seguro si dije algo en ese momento. Pero sí recuerdo que a mi lado se paró una enfermera, o tal vez era doctora, y presionó el botón de una máquina que estaba al costado de la cama, se trataba de un respirador. La pantalla que mostraba los signos vitales en picos comenzó a ser llana. Mi hermana había sido desconectada frente a todos nosotros. Mi padre levantó la mirada hacia esa pantalla y pudo entender lo que había pasado. Yo sentí unas ganas indomables de correr de ese lugar. Lo hice. Salí corriendo, recuerdo escuchar ecos, voces que gritaban mi nombre, pero debía correr. Salí de ese lugar y me tiré en unas escaleras, estaba paralizado, en estado de shock. Alguien se acercó a mí, pero no podía escuchar nada.

Pasaron algunos días hasta el funeral. Algo no me permitía llorar. Hasta que una noche, tras despedir a una visita que había ido a casa a darnos sus palabras de condolencia, algo me hizo entender que a mi hermana no la volvería a ver físicamente, que aquel poder de decisión de cuándo podemos ver o no ver a alguien quedaba anulado, que simplemente ya no podíamos elegir. Esa persona ya no está disponible para nosotros. Así entendí la muerte y lloré, aun cuando esa persona se encontraba en «un lugar mejor».

Después de esos dos actos ocurrieron otros, pero pude asimilarlos de manera diferente, la mayoría de ellos, a la distancia. Sin mi presencia, aquellas amadas personas dejaron de estar en mi vida, y es algo que lamento profundamente. Eso me hace pensar en mi propia muerte, en cómo podré cultivarme/cuidarme para que yo no sea el que me arrebate la vida, pero también siendo consciente de los agentes externos que sí sé que pueden influir para que aquella ocurra.

Honrando las palabras de mi madre, la muerte es un único e importante momento en cada uno de nosotros, y aunque es cierto que nos destruye arrasando con su onda expansiva a quienes nos rodean, también su presencia nos indica lo más valioso de la vida: la capacidad de disfrute del día a día.

Crédito de la ilustración: James Melaugh



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