Cuando crees que Dios no te escucha

Cuando crees que Dios no te escucha

Mis primeros años de vida me alejaron de lo que suele ser una infancia normal o por lo menos lo que se espera de una infancia.

Mi madre estaba enferma de cáncer y los recuerdos en mi mente son diversos y algunos borrosos pero muchos de ellos contienen imágenes de sangre por sus hemorragias, verla mordiendo la almohada por el inmenso dolor en la madrugada. Observarla en la cama clínica que estaba en casa y en muchas ocasiones ver la ambulancia llegar para llevársela al hospital.

De este modo los días se sucedían en medio del dolor y la más profunda angustia de perderla porque con ella se me iba todo, no solo porque nuestro amor era inmenso sino porque al perderla iba a quedar en el más profundo abandono como de hecho sucedió.

En el colegio no habían recreos para mi y no porque estuviera castigada sino por elección propia y es que yo prefería pasar ese rato en la capilla sumergida en oración, desesperación y llanto pidiéndole a Dios que no se la llevara, que ocurriera un milagro, pero no ocurrió. Lo hice por años.

Una mañana de un 27 de febrero estaba jugando con mis primos en el pasillo del edificio cuando veo llegar un vehículo de donde se bajó mi madrina con una cara desencajada; se me acercó y me dijo: -tu mamá se fue al cielo- Mi grito supongo se escuchó en toda la cuadra…allí terminaba de irse lo que fue un simulacro de infancia con solo 9 años, se había marchado el amor de mi vida y en mi inocencia trataba de entender por qué ese Dios amoroso y protector lo había permitido, por que mis oraciones y súplicas fueron dejadas de lado aunque no con rabia u odio, el dolor era tan grande que no había cabida para otro sentimiento en ese momento.

Mi hermana, que tenía en ese momento 22 años no reaccionó igual, ella se llenó de resentimiento en contra de Dios y en contra de todos los que la rodeaban como si fueran culpables de esta pérdida tan desgarradora y así envenenó su alma al punto de colocar en la tumba de mamá el siguiente epitafio: “Señor, ya me quitaste lo que yo más quería, tu voluntad se hizo contra la mía” además de enemistarse con toda la familia, era un mar de odio contra todos y en eso convirtió su vida… Ella no aceptó.

Afortunadamente pude cambiar ese mensaje muchos años después cuando se robaron las lápidas del cementerio y lo cambié por uno de amor y agradecimiento por haber tenido el honor de ser su hija.

Yo decidí aceptar, ¿olvidar? Imposible, ¿Cómo olvidar? Pero por lo menos tratar de entender que las decisiones de Dios no siempre concuerdan con nuestros deseos pero forman parte del plan de vida y no ganamos nada desde la resistencia y la rabia, al contrario, es mucho lo que perdemos. Entendí que hay que afrontar y aceptar.

Cuando estamos abiertos a aceptar la vida se hace mas simple, no porque desaparezcan las situaciones adversas sino porque abrimos la puerta al afrontamiento.

Muchas de nuestras angustias, ansiedades y tristezas se originan por no aceptar, por andar resistiéndonos a todo aquello que nos ocurre y por soler lamernos las heridas con la terrible pregunta del ¿por qué a mi?

Resulta entonces que andamos negando, luchando cuando lo que queremos y la realidad no concuerdan pero ¿acaso la vida no suele ser así?, y desde esa resistencia caemos en una trama mental que genera frustración, ansiedad, rabia, tristeza y por supuesto nos alejamos del bienestar personal.

Aceptación significa entonces reconocer las situaciones no deseadas de nuestra realidad sobre las que no podemos hacer nada para modificarlas, aprendiendo a asumirlas (sin quejas ni excusas) y así fortalecer nuestra tolerancia a los fracasos, pérdidas, desengaños, frustraciones. Aceptar es el inicio para poder poner en marcha acciones que mantengan nuestra estabilidad emocional, definiendo qué podemos o no cambiar con respecto a lo que ocurre.

Imagen de Peggy und Marco Lachmann-Anke en Pixabay



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