Cuando ganando se pierde y perdiendo se gana

A Andrés lo inscribieron a los cuatro años en una de las escuelas de arte más importantes de la ciudad se veía que él disfrutaba con esta actividad, y sus padres estaban seguros de que Andrés tenía habilidades para ello. El tiempo pasaba y lo que era un juego divertido, comenzó a exigirle mayor esfuerzo y capacidad, por lo que se convirtió en un trabajo duro y con muchas exigencias.
Comenzaban las competitivas exposiciones, donde en realidad se demostraría el talento de cada uno de los alumnos. Carmelo, el papá de Andrés, poco a poco comenzó a inmiscuirse en la Escuela de Arte; al principio ayudaba en las compras de los materiales y en el traslado de los discípulos. De una u otra manera, Carmelo comenzó a ejercer cierto control sobre los profesores de Andrés; así entonces, su hijo tenía garantizado participar en algún concurso, al menos tendría la posibilidad de ver un cuadro de su hijo en los muros de alguna sala. El Sr. Carmelo logró su meta, formó parte de la Directiva de la Escuela de Arte, se rodeó de gente como él, se encargó de contratar y escoger los maestros, entrevistó a los posibles profesionales sin siquiera saber de arte, sólo contaba con lo que había aprendido en su edad escolar. Así entonces, teniendo la posibilidad de escoger a los mejores artistas, escogía a los mediocres y aduladores, a aquellos a los cuales podría controlar; de esa manera obviamente, le estaba asegurando una popularidad efímera a su hijo y evitándole asimismo cualquier posible frustración ante eventuales correcciones. Todas estas actitudes, afectó a muchos otros alumnos interesados en aprender las técnicas de los excelsos profesionales, puesto que sus metas eran ser buenos pintores, y poco a poco se fueron retirando de la Escuela de Arte, con la frustración que ello conlleva. El señor Carmelo se sentía un ganador, nada intervenía en la fama de su hijo. Como era un comerciante conocido, a través de sus muy buenos contactos logró poner cuadros de su hijo en las Galerías de Arte de Las Mercedes, El Hatillo, Mérida, y en otros tantos lugares como alcanzaba su brazo manipulador. Todo ello sucedía mientras que Víctor, otro alumno de la Escuela, se sentía un perdedor; su sueño era ser un verdadero artista, él y su familia veían que la Escuela había cambiado. Algo en el corazón del Sr. Fernando, le decía que su hijo Víctor no estaba avanzando, y que el tiempo perdido no se recupera en esto de las habilidades; además en la Escuela no había buenos maestros como antaño. Resultaba claro que algo no andaba bien y decidieron sacarlo de allí, como lo hicieron tantos otros. Años después hubo una exposición en Florencia y el señor Carlos pensó que era la gran oportunidad para su hijo Andrés; hizo lo necesario para que el cuadro “Boomerang” que había estado expuesto recientemente en El Hatillo, participara. Los comentarios sobre el “Boomerang” de Andrés no fueron los esperados, pasó como uno más entre tantos, se decía que no tenía técnica, color, fuerza, etcétera. Ahora ya todo esto no tenía importancia, no obtuvo los frutos esperados y el tiempo de Andrés ya estaba perdido. Pero por el contrario, todos hablaban de los cuadros de un tal Víctor Paz; sí, ese mismo Víctor que un día se sintió un perdedor porque no le daban la oportunidad de presentar sus obras, ahora era un ganador, un verdadero pintor, un artista realmente apreciado por sus colegas y maestros. Fue allí en Florencia, donde solamente le alcanzó el brazo de su esfuerzo, de su habilidad, de su fe, de la constancia y del talento.
Adriana Fresta® 



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