Cuando lo inspirador es ajeno

Comer, trabajar, atender a los hijos, quehaceres, medio dormir. Así de automática puede ser la vida de muchas personas que desestiman la reflexión, la autoayuda y la conexión con otros, y se van aislando, viendo pasivamente cómo se deteriora su calidad de vida.

Desde que abrimos los ojos cada mañana tenemos la posibilidad de elevar nuestros pensamientos hacia la confianza y el optimismo, a través de la oración, la meditación, la lectura, una canción, algún ritual religioso, un programa de radio o televisión, un post en las redes sociales, un tuit, entre muchas otras fuentes de inspiración que nuestro entorno nos ofrece y que cada vez son más y variadas.

Las señales están a la mano, al cruce de una calle, a la vuelta de una hoja, a tan solo un clic, mostrándose para todo aquel que quiera dejarse guiar hacia el bienestar y la plenitud, pero no todos tienen la disposición para toparse con ellas, bien sea porque no las consideran necesarias o porque están tan metidos en el trabajo o en su propio mundo de preocupaciones, que dedicar unos minutos a reflexionar o buscar otros ángulos significa una distracción, una pérdida de tiempo.

Y así empieza la vida a desequilibrarse. La ansiedad y el agobio se nos instalan en la mente, nuestro cuerpo empieza a enfermarse, las relaciones empiezan a resquebrajarse, y nos cerramos cada vez más a la posibilidad de ir por un cambio, porque la resignación y la amargura se convierten en las más fieles compañeras.

Para superar esa visión que tanto nos limita es necesario entender que antes que roles y responsabilidades somos seres, somos almas, con requerimientos de calma, confianza, autoestima, compasión, motivación, sueños y afectos, y todo eso se logra trabajando dentro de nosotros mismos, en nuestras mentes, nuestras emociones, y aun mejor con la ayuda de otros, guiados por quienes ya han recorrido caminos y tienen algo que decirnos.

Ese trabajo interno demanda atención, dedicación y empeño. La inspiración cae del cielo, brota de innumerables fuentes, pero la elección de recibirla depende de cada individuo, de cada conciencia, de cuán determinado se está para crecer, para superarse y enrumbarse hacia el éxito personal, familiar, social y profesional. Solos no podemos, nos hacemos en sociedad. Siempre llega el momento de dejarnos iluminar el entendimiento por quienes desde su experiencia tienen un camino que mostrarnos, y luego nos convertimos en motivadores, y así vamos juntos aprendiendo en la vida, moviéndonos e impulsando a otros.

Hay padres que repiten patrones equivocados por no detenerse a dudar y documentarse; matrimonios que terminan sin haber ido a terapia de pareja; profesionales que se hacen dependientes de pastillas para dormir, sin buscar ayuda psicoterapéutica; personas que invierten buena parte de su tiempo leyendo las preocupantes noticias de actualidad, y a sus opinadores, pero ni un minuto a contenidos confortadores; y la lista es larga de crisis personales y laborales que se viven de forma aislada, sin buscar el apoyo de otros que están dispuestos a ayudar, a través de un texto, de una conferencia, de un correo electrónico, y muchas otras rutas conjuntas que llevan a encontrar la salida a las dificultades.

No podemos mejorar ni crecer si no adquirimos el hábito de autoevaluarnos, de ponernos frente a otros para ver lo que solos no logramos ver. Renovar la motivación es un asunto de prioridad cotidiana. Pongamos la atención en lo que nos expande y lograremos diseñar la vida que queremos.



Deja tus comentarios aquí: