Cuando voy más lento puedo decidir

Una servilleta de tela de cuadritos azules para mi hijo, otra de cuadritos rojos para mi hija, dos cintas de esas que se usan para hacer lazos o moños a las niñitas, y de repente la merienda de mis hijos tenía un toque mágico, artístico, como aquellos capuchinos con figuritas que a los baristas inspirados les encanta hacer. Adentro, unas galletas. No es tan romántico como suena, las galletas no eran hechas a mano y no eran cestas, sino loncheras, pero igual me gustó como quedó.  Lo mejor  fue que no me propuse a hacer algo bonito, sino que así salió, con lo que tenía en la casa y, sobretodo, por evitar usar  lo más rápido que es el plástico.

Es que eso es lo que nos pasa a diario: sacrificamos placer y  gusto por escoger  lo más conveniente o rápido. La cuestión  no es que existan soluciones convenientes o rápidas, todos los usamos, o por lo menos la mayoría de los que vivimos en ciudades y en sitios en que hay que estar puntuales en ciertos sitios. La cuestión es que eso sea el default mode, que esa sea la escogencia automática. Mejor sería que la escogencia automática fuera la ruta  larga, con el paisaje bonito, hablando con alguien, absorbiendo todo lo que vemos y sentimos.  Si no se puede esa ruta, porque estamos cortos de tiempo (¿o pobres de tiempo?) , pues nos subimos a la moto (metafóricamente hablando), – y arrancamos por el atajo feo y lleno de basura.

Lo que sucede es que usualmente lo más conveniente y rápido, es lo que genera más basura. Piensa en lo que se desecha, por ejemplo, en un restaurante de comida rápida, versus un restaurante de comida lenta, o en casa. ¿No vale la pena ir más lento?



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