Cuentos de librería: el flaco

En la librería ocurren tantas cosas que si no andas con cuidado te las pierdes. Fue así como vi al flaco pasar por primera vez frente a la vitrina que protege los libros en exhibición. Solía llevar el paso apurado, pero frenaba poquito para conocer los nuevos títulos que habíamos colocado.

Sabía que le dicen El flaco y que tenemos un dolor en común. Nunca nos presentaron, pero cuando él pasaba a ver los libros y me miraba, sabía que nos habíamos visto en otro lado, que íbamos a coincidir en el mismo dolor si alguno de los dos se atrevía a decir algo, sin el vidrio de por medio.

Él pasó muchos días de la misma manera, yo a veces en el pasillo de las novelas o detrás de la caja registradora, pero lo veía. Siempre con la curiosidad de cómo cada quien sigue su vida con el dolor a cuestas de perder a alguien, en este caso a la misma persona. Nos veíamos con la esperanza de darnos la mejor mirada de consuelo sin nunca habernos dado la mano antes.

el-flaco2Hace casi un año que perdimos al mejor artista que se pueda tener de amigo: Enrique Bejarano. El flaco lo conoció más tiempo, estudiaron juntos desde pequeños. Yo tuve el privilegio de regalarle desde mis primeros años de universidad.

Enrique tenía un lente por ojo, su afición a la fotografía no le dio más opción que ser brillante para el resultado. Era de los que se ensuciaba las manos con pintura sin importar la ropa y luego iba y le salía en prosa todo lo que le faltó decir. Yo le llamo «Periquito» y me tomo la valentía de no usar el verbo en pasado.

Me hubiera gustado contarle que trabajo en una librería, que he leído algunas historias nuevas, que conozco más de editoriales, incluso que escribo para Inspirulina y también que escribo sobre él. Pero seguramente ya lo sabe, al igual que el flaco, porque ahora entiendo que ya Enrique nos había presentado, que no necesitábamos apretarnos la mano, sólo mirarnos para entender que lo extrañamos y que nosotros mismos somos un pedazo de él.

El flaco se llama Héctor, pero no pierdo la costumbre del sobrenombre. Después de los días de incógnita, y de escribirle sin que supiera, nos hicimos amigos. Pasaba con un café para los buenos días o un chocolate para despedirse, preguntaba por John Katzenbach, John Grisham, o por cualquier thriller y yo le contaba las historias de ese día o le hablaba de inventarios.

Héctor ya no trabaja en el mismo centro comercial, pero cuando va cerca, saluda. Ahora, del vidrio para afuera él no es sólo la mirada compartida que paseaba rapidito, es mi amigo. Y yo, aquí detrás del vidrio he aprendido que nadie muere mientras se le recuerda, que los periquitos vuelan tan alto que paradójicamente se quedan muy cerca.



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