Cuentos de librería

Comencé a trabajar en una librería el 23 de abril de este año. Exacto, el día del libro. He aprendido a llevar la vida por orden alfabético, ahora sé que a los autores se les respeta por el apellido.

Tengo más de 3 meses escuchando historias, intentando descifrar la vida detrás de cada rostro que viene «solo a ver» o a buscar algún libro del cual no recuerda el nombre.

Trabajar aquí me ha ayudado a descubrir que no me gusta la ficción, ¿para qué? Si la realidad siempre la supera.

Por eso aplaudo a los escritores de realismo mágico, a los que se sientan en algún lado y de la verdad sacan la poesía, la prosa, lo que queda. Porque a veces todo eso está tan cerca que no lo vemos.

La librería es pequeña, pero me atrevo a decir que tiene un corazón grande. Somos 5 mujeres encargadas de darle vida entre la mañana y la tarde. Todas hemos sido psicólogas, consejeras, madres, hijas, amigas, e incluso la persona misma que entra a preguntar.

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Aquí se escriben historias todos los días, no siempre con tinta pero sí con la memoria. Tenemos clientes fijos con características propias, personas que vienen a hablar por horas porque la soledad se los come en casa, otros que no dicen nada y se van de prisa.

Por ejemplo, el 30 de julio trabajé sola en la mañana y recuerdo a dos personas que entraron en horarios diferentes a preguntar por lo mismo. Algún conocido en común había fallecido y pensaron, que por trabajar cerca de mí, yo lo conocía.

La primera persona preguntó esperando detalles y se fue igual, se fue rápido. La segunda persona se quedó más tiempo. Era de cabellos alborotados, cortos y negros. Me gusta cada vez que entra porque no se calla y siempre habla de un tema diferente. Ella dice que la vida viene desde aquí, y se toca el pecho, que el cambio está en la cabeza de cada quién.

Ese día, me habló de laberintos. Me dijo que en varias partes del mundo realmente existen, que a los enfermos mentales los monitorean y los hacen cruzar el recorrido. Que al salir, solos, se curan. Mi laberinto es la gente y las letras, el problema es que no quiero curarme nunca, por eso me quedo mirando lo más que pueda.

En mi versión de Olivero Girondo diría «Mirarlo todo, pero mirarlo bien», es importante vivir con los sentidos. Por ahora lo hago desde la librería, respirando historias y escribiéndolas luego.

 



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