Cuidado: tus hijos no ven lo que ves tú

¡Pero si es obvio!  ¿Cuántas veces decimos o pensamos esa frase —con asombro o molestia— ante una  respuesta de nuestros hijos que etiquetamos como lenta, torpe o atropellada?

¿Cuántas veces esperamos, sin darnos cuenta, que lo que ven nuestros ojos sea lo que ven los suyos, y que lo que es sencillo y fácil de manejar para nosotros, lo sea también para ellos?

Una de las miradas que más me ha servido para relacionarme con mi hijo, en esta década de compartir, ha sido la de ponerme a su altura.

Y no hablo de empatía emocional. Es decir, no sólo hablo de eso.

Hablo de situarme a su altura física.

Y esto, me lo enseñó él mismo.

También a los grandes se nos pasa darnos cuenta de lo “obvio”. Porque sí, es obvio que los adultos y los niños tenemos diferentes alturas físicas. Pero parece que no siempre se nos hace evidente, o tenemos ese hecho presente.

Una corta historia

Desde que mi hijo tenía 2 años y medio, le encantaba tomar fotografías. Era gracioso verlo tan chiquito, cámara en mano fotografiando cuanto objeto animado o inanimado se le pasaba por el… frente.

SU frente. SUS ojos. SU altura.

Sus fotos eran muy particulares. Mágicas. Tenían un “no sé qué que qué sé yo”, que las hacía especiales.

Tanto así, que a los 3 años hicimos una exposición en casa. Imprimimos algunas de sus fotos y él las vendió entre la familia. Estaba realmente muy contento de su trabajo. Y la familia las compraba genuinamente atraída por ellas.

¿Qué las hacía tan especiales?

La perspectiva. El punto de la mirada.

La vida no se ve igual desde 1.70mts de altura, que desde unos 80cms.

Y así como la vida no se ve igual, tampoco se experimenta igual.

Las manos de nuestros hijos, sus pies, su fuerza física y, por otra parte, su lógica, sus razonamientos, su darse cuenta es DISTINTO al nuestro.

Una de las expresiones que con más frecuencia escucho como coach para padres es “¡Es que me desespera y entonces pierdo la paciencia!” (con sus hijos).

Cuando detenemos la escena en la película de la cotidianidad por un momento, y hacemos la matemática mental de la instrucción que le damos a nuestros hijos, ante su capacidad física o emocional para realizarla, como por arte de magia podemos relacionarnos con la experiencia de una forma totalmente distinta.

Es entonces que entendemos que era nuestra manera de interpretar lo que sucedía, lo que nos hacía perder la paciencia. No la situación en sí misma.

A los hijos les importa un pepino si comerse el cereal más rápido o más despacio, influirá en el tráfico que encontrarán en la calle a la hora de ir al colegio. A los hijos les importa: ver como salen burbujas de leche por los huequitos del cereal. Punto.

No tienen nada en nuestra contra. Su actitud No es personal. No están buscando que lleguemos tarde al cole. Ni tampoco, sacarnos de quicio.

Te doy un ejemplo para evidenciarlo.

Una de las responsabilidades de cooperación que tiene mi hijo Eric (que acaba de cumplir 11 años), es sacar la basura una vez por semana. Y eso implica un sistema.

Hay que sacar las bolsas de las 2 papeleras de la cocina (reciclable y orgánica), botarlas en los contenedores grandes que están en el jardín, y luego rodarlos hasta la acera frente a la casa para su recolección.

Las papeleras de la cocina son altas y le llegaban por sobre la cintura. Sacar las bolsas tiene cierto grado de complejidad. No es astrofísica, pero sí requiere habilidad manual. Así como abrir las tapas de los contenedores grandes del jardín—más o menos de su misma altura—y lanzar allí las bolsas.

Esta tarea se le dio cuando cumplió 9 años. Y al inicio representó para él una experiencia que necesitó una curva de aprendizaje y tiempo de adaptación.

Para mi esposo y para mí, sacar la basura es un proceso automático, dinámico y sin ningún tipo de complejidad. Y si operáramos desde la ceguera de lo que es “obvio” para nosotros y no empatizáramos con la experiencia que vive nuestro hijo desde SU tamaño y habilidad motora, quizá habríamos perdido la paciencia cuando se le rompía alguna bolsa y dejaba una estela de basura desde la cocina hasta el jardín…

O cuando entraba nuevamente a la cocina después de manipular la basura y, sin pensarlo, tomaba con sus manos una fruta o se frotaba los ojos… porque para él no era “obvio” que tenía las manos sucias.

Todos en casa tenemos muchos casos de experiencia que son obvias para nosotros y no tan obvias para nuestros hijos. Seguro si te tomas un par de minutos, puedes identificar algunas experiencias que te han hecho perder la paciencia y que, ahora, si las exploras desde esta mirada, puedes vivir distinto.

¿Y entonces… qué hacer?

Te invito a regalarte un tiempo (más que un par de minutos) y abrir el espacio (no esperes que surja, tendrás que crearlo) para hacer una lista mental de situaciones cotidianas y repetitivas ante las que pierdes la paciencia con tus hijos (y, en líneas generales, puedes extender el ejercicio a relaciones en cualquier otro ámbito).

A partir de ese ejercicio, redefine la situación, los significados que antes le dabas a la actitud de tu [email protected] (tal vez de torpeza, descuido, desconsideración o indiferencia) y decide cuál será tu nueva manera de relacionarte cuando esa situación vuelva a presentarse.

Decidir de antemano una respuesta, puede salvarnos de tener una reacción inadecuada que, seguramente, terminamos lamentando.

No dejes que te pase el momento y esto quede en teoría. Es en serio. Abre ese espacio para explorar cómo te anticiparás. Dale. Escóndete en el baño un par de minutos y hazlo 😉

De corazón a corazón,

Evelyn.



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