Date permiso para disfrutar… sin peros

Date permiso para disfrutar… sin peros

Cuando uno ha entrado en esta onda de agradecer, de aprender a perdonar, de tratar de mejorar la energía personal cargándose con pensamientos agradables, de tomar conciencia de la respiración, entre otras más, de repente se encuentra con que empieza a notar cosas que antes pasaban desapercibidas de tan normales que resultaban.

Una de ellas es la poca capacidad que tenemos para disfrutar realmente las cosas que nos pasan. Si observamos bien, nos damos cuenta de que nos es difícil darnos permiso para gozar y deleitarnos con lo que tenemos al frente. De hecho, creo que nos ponemos trabas hasta para recibir un halago.

Te doy un ejemplo: Te sirven un plato que realmente está exquisito. Te gusta mucho y llega el momento en que te das cuenta y le pones freno diciendo: está divino, realmente mundial, pero… y en ese bendito pero puedes agregarle: «si le hubieras puesto hongos en vez de aceitunas quedaría espectacular», «con un poquito más de sal, sería perfecto», «el que probé en X restaurant no tiene comparación».

Puede parecer una tontería, pero cada razón que buscas para agregarle a tu opinión pero le resta energía de la bonita a eso que estás comiendo. Le quita una parte del sabor. ¿Por qué no podemos disfrutar completamente de lo que estamos comiendo? ¿Por qué debemos hurgar en nuestra memoria buscando una ocasión en que hayamos probado algo mejor para desmejorar lo que estamos degustando ahorita? Yo no sé por qué será, pero lo veo con mucha frecuencia.

No solo pasa con la comida. Puedes estar parado en la playa viendo la puesta de sol más espectacular que hayas presenciado en tu vida. En vez de concentrarte en ese instante mágico, tu cabeza busca un pero que ponerle: «si tuviera una sillita de extensión, fuera mejor», «si no hubiera tanto calor», «si estuviera aquí X persona». Nada, que pasan los pocos segundos que tarda el astro rey en ocultarse y tú no lo saboreaste a fondo por estar buscando razones para completar tu pero.

Igual pasa cuando nos hacen un halago. Nos dicen: ¡qué bonito vestido te compraste!, nos ponemos a hurgar y encontramos algo que le quite lo bueno: Gracias, pero después de que lo compré me di cuenta de que en azul es mucho más bonito. En otro escenario puedes escuchar: Te felicito, qué bello está tu hijo. Y tú no puedes contener el pero que tienes en la garganta y lanzas: Gracias, pero está de un tremendoooo. O uno muy común: «Qué delgada estás». Y tú contestas: «Pero todavía tengo cinco kilos de más».

Dime si no has escuchado ese pero que siempre busca minimizar lo sabroso, lo chévere, lo bonito que estás recibiendo. Dime si tú no has dicho mil veces esa bendita conjunción adversativa cuando te estás comiendo una hallaca hiperdeliciosa y sin terminar de tragar dices un: Está buenísima, pero las de mi tía Carmen son mejores.

Olvídate del pero por lo menos durante este día. Mañana propóntelo otra vez. Así hasta que puedas apreciar en su totalidad cada cosa sabrosa, cada rico momento que la vida te ofrece. Sin peros.



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