De cada ciudad se aprende

Creo que puedo decir que he aprendido algo de cada ciudad que he conocido.

De La Habana aprendí que si a una ciudad se le extirpa su vida comercial -la publicidad de sus calles, los carteles de sus negocios, la agitación de sus aceras- se le mutila no solo su economía, sino también uno de sus signos de vida más importantes. Pero la capital cubana también me enseñó que el urbanismo europeo del siglo XIX puede funcionar en el Caribe: su paseo de El Prado, una versión en miniatura de un bulevar parisino, sigue siendo grato en las condiciones en que está, como muchos otros sitios de La Habana Vieja.

firenzeDe Buenos Aires, que una buena estructura urbana puede durar durante varias décadas si está bien diseñada y regulada, e incluso resistir a muchos cambios de gobierno y a la decadencia económica. También, que una ciudad vieja debe preservarse de las autopistas, que están muy bien para llegar a ella pero no que no deben cruzarla por su centro, y que las grandes cafeterías de amplios ventanales que hacen esquina ayudan a disfrutar la ciudad y a que su gente se sienta parte de ella.

De Miami, he aprendido que la dependencia del automóvil puede aceptar espacios peatonales de mucho valor y que el clima vale mucho cuando se le aprovecha y se le celebra, aunque para ciertos gustos sea demasiado cálido. De Quito aprendí que vale la pena rescatar los centros; de París y Roma, que si tienes un gran pasado debes hacer lo que sea para preservarlo, pero que la capital francesa, a diferencia de la italiana, ha encontrado además el modo en que un espectacular presente conviva con las viejas glorias.

Florencia me enseñó que una ciudad bella no lo es tanto si huele mal, y Barcelona, que cuando cuentas con algo tan hermoso como el Mediterráneo debes construir para que se contemple, se viva, como en Caracas se hace con el Ávila.

montreal_biodomeDe Montreal aprendí que una urbe no tiene que ser espectacular para ser famosa, que hay ciudades hechas para ser visitadas y otras, como ésta, que están hechas para ser vividas, y que algunas tienen rasgos intangibles únicos, patrimonios no físicos sino culturales, que merecen defenderse: si Montreal no fuera francófona no sería, de ningún modo, la misma.

De Valencia, la ciudad venezolana donde crecí, aprendí que una ciudad segregada en zonas para pobres, para ricos y para la clase media influye mucho en la estrechez de la percepción que sus habitantes tienen sobre sus conciudadanos, y por tanto en su vida democrática. De Moscú, que una urbe hecha exclusivamente por gente de poder absoluto –los zares, los soviéticos, los gobernantes rusos del presente- como vitrina de ese poder, como demostración de fuerza, es una ciudad agresiva y sin alma aun cuando sus antiguos jefazos ya no están sobre la tierra. De Washington, que una ciudad “oficial”, burocrática, puede también ser serena, diversa y agradable (aunque con una buena cuota de segregación, tristemente).   

Por supuesto, uno puede aprender mucho de la ciudad en que vive, si lee sobre ella, si pone atención y si la ve con una mirada que intente traspasar los prejuicios con que la vida cotidiana nos cubre los ojos. Pero para poder hacer esto último, hay que viajar. Algo que ayuda no solo a descubrir otros lugares, sino a redescubrir el propio, porque uno le aprecia más los defectos, pero también las virtudes.  

 



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