De emociones y otras yerbas

De emociones y otras yerbas

Ilustración de José Alejandro Ovalles [email protected]

Hay cosas que nos persiguen para revelarnos ciertos secretos. Por ejemplo, jalar yerbas en el jardín. En mis años de adolescencia aquello era una suerte de castigo impuesto por mi padre algunos fines de semana. «Siéntate sobre esa lata de leche en polvo y sácalas de raíz para que no vuelvan a crecer» me ordenaba con firmeza. Así terminaba sobre la grama, rumiando mi descontento. Claro que yo hubiese preferido hacer otra cosa. Por ejemplo, retozar con mi novia.

Es por ello que no pude sino reírme cuando días atrás me encontré en posición yanomami haciendo de nuevo aquello que tanto detestaba. Allí estaba yo, treinta y tantos años después y por voluntad propia, juntando índice y pulgar con la meticulosidad de un cirujano. Fue entonces cuando entendí que esto no era simple labor de jardinero: en realidad me encontraba envuelto en una metáfora psicológica.

Jalar yerbas para limpiar la grama, pensé, es como eliminar los pensamientos negativos de mi mente. Si los saco de raíz, estoy abriéndole espacio a aquellos que quiero cultivar.

En la psicología budista se habla de dos niveles de conciencia: el nivel más bajo funciona como almacén (podrías llamarlo el inconsciente) y el más elevado es donde brilla la conciencia despierta. El maestro zen Thich Naht Hanh compara el nivel de almacenamiento con la tierra donde las emociones, como si fueran semillas, esperan su momento de germinación. Allí están las semillas del gozo, la compasión y la ecuanimidad, entre otras. Pero también duermen las del odio, la ira y la desesperanza. Cuando el ambiente en que vivimos despierta una semilla, y nosotros la regamos al prestarle atención, ella se manifiesta en la conciencia despierta como una formación mental. Es así como surgen los estados de ánimo y los pensamientos.

En la medida que nos concentramos en esta formación mental, le permitimos echar raíces y crecer como una enredadera. Es así como pasamos de un descontento a una depresión. Pero como alojamos semillas de todo tipo, también guardamos aquellas que florecen para llevarnos de la alegría a la felicidad plena.

En su libro El Arte del Poder, Thich dice que el camino al bienestar pasa por ser diligentes en la práctica de vivir activamente en el presente. Y por diligentes quiere decir regar selectivamente las semillas que nos ayudan a manifestar lo mejor de nuestra esencia.

Todo comienza por evitar que germinen las semillas que nos dañan. Esto no significa suprimirlas, sino alejarnos de los estímulos que las despiertan. Pero como la vida es complicada y nadie es un asceta en una cueva, cuando asomen sus hojas (y lo harán) debemos reconocer su energía negativa, observarlas e invitar una mejor emoción para que tome su lugar.

En resumen: respira, observa y planta buenas semillas en tu mente.

Lo que me trae de vuelta a las yerbas en el jardín. De adolescente jamás hubiese pensado que estaba haciendo una práctica mental y espiritual para limpiar mi conciencia. Pero hoy veo las cosas de otra manera.

Claro, siempre queda otra explicación. Por ejemplo, que estoy racionalizando mi situación, es decir, que estoy justificando la fastidiosa tarea con una historia que me hace sentir mejor.

Y de ser así, no me importa. La verdad es que he disfrutado estas tardes de cuclillas sobre la grama. Y mientras más observo, aprecio con más detalle las yerbitas.



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