De tus cinco sentidos ¿con cuál te quedarías?

Una vez alguien me preguntó: ¿si solo pudieras quedarte con uno de tus cinco sentidos, cuál sería? Difícil pregunta, ¿verdad? Seguidamente me dijo: “responde rápido y sin pensar”, mi respuesta fue: ¡el tacto!

Imagino que esa reacción tan natural dice algo muy importante acerca de nuestra personalidad. Esta persona luego me comentó que solía hacerle la misma pregunta a mucha gente y que eran impresionantes las respuestas que recibía de por qué quedarse con ese sentido y no con cualquiera de los otros, ¡qué diferentes somos!

La verdad es que el tema da mucho que pensar (al menos a mí) ¿En realidad valoramos lo suficiente nuestros sentidos? Supongo que como seres humanos, aunque careciéramos de más de un sentido lucharíamos hasta el fin por sobrevivir, como lo hizo Marie Heurtin, una niña sordomuda y ciega que logró aprender a comunicarse con su mundo y encontrar así la paz.

Agradezco mucho a la vida por tener intactos todos mis sentidos, pero en esto días tuve la suerte de vivir una experiencia con “casi todos los sentidos”. Se trataba de una invitación a una cena experimental. La verdad, fuimos sin tener mucha más información.

Al llegar al lugar nos hicieron entrever de qué iba la experiencia sin desvelar gran cosa; luego de un coctel y una breve explicación nos privaron del sentido de la vista y comenzó la aventura.

Siempre he escuchado decir que cuando te falta un sentido, el resto se agudiza y ¡vaya si es verdad! Al menos así fue como yo lo viví. Les contaría cada uno de los detalles de aquella noche, pero no me gustaría arruinarle el efecto sorpresa a quien tenga la oportunidad de vivirla. Así que lo que voy a hacer es contarles lo que sentí aquel día con un sentido menos.

Desde el minuto uno todo son fuertes emociones. El simple hecho de dejarte llevar de la mano por otra persona cuando tienes los ojos vendados, buff, quién diría que podría ser tan difícil. Inmediatamente me di cuenta de que la vista además de dejarnos disfrutar de un bello paisaje, nos aporta mucha confianza. Por eso cuando estamos sumidos en la oscuridad, nuestro oído se despierta intentando brindarnos esa seguridad, estamos más atentos a cada sonido, cada paso, cada susurro nos da pista de lo que pasa a nuestro alrededor.

Según entramos a la sala donde íbamos a cenar sentía aromas que iban y venían, creo que jugaban a distraernos para que nuestro cerebro tuviese que trabajar más a la hora de llegar la comida, todo transcurría con música y narración acordes a cada situación, aportándonos momentos de alegría, nostalgia e, incluso, algunas veces tensión.

Algo que me resultó curioso es que a la hora de comer me guiaba más por el tacto que por el olfato. ¿Tendrá algo que ver aquella predilección que les comentaba en la introducción de este post? ¿O quizás sería por el juego de aromas del que también les he hecho mención? Cremoso, esponjoso, caliente o frío, no dudaba ni un segundo en probar los manjares que nos ofrecían, aunque en alguna ocasión me quemé un poco la lengua (error de principiante) o alguna cosa no me agradó.

Lo cierto es que mis papilas gustativas no paraban hasta encajar lo que probaba en mi biblioteca de sabores, saboreando antes de masticar lentamente, pegando la comida con la lengua al paladar, mindfulness en estado puro.

Esta ha sido una vivencia que incluso me evocó recuerdos de esos que tienes sin saber que existen. Una experiencia que tuve la suerte de compartir con mi pareja, y me di cuenta de lo bonito e inocente que es el amor con los ojos cerrados, lo mucho que significa una caricia, un baile o simplemente cosquillas.

No sé con cuál de los cincos sentidos se quedarían ustedes, pero sí les puedo decir algo: disfruten de ellos al máximo y háganlo cada día. ¡Usa tu imaginación y despierta tus sentidos!



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