Decidir y ser uno mismo

Puede ser decisión de un momento, una necesidad, un quiebre. Sin embargo, lograrlo es una jornada. El otro día lo comentaba con una amiga que había decidido transitar por ese sendero; ella me acotó que yo siempre había sido muy particular, muy yo. Sin embargo, juzgo que en un momento de mi vida dejé de verme a mí, al menos en mi esencia, como el centro de la existencia y me fui doblegando ante las circunstancias. Hacer por complacer, aunque me sintiera incómodo, inclusive yendo en contra de algunos principios, creencias o cosas que el sentido común dicta. Muchas veces por no poner límites a tiempo, con firmeza y con amor; a veces porque malinterpretaba la diatriba de tener la razón o de mantener la relación; por comodidad, por miedos, por el qué dirán, en fin.

Pero llega el momento, y jamás lo hace tarde, de la conexión con el empoderamiento, con la conciencia de la propia valía. Con el lugar que debes ocupar en tu sistema. Entiendo que en mi caso el punto de partida fue un proceso de toma de conciencia, de observación continua, propia en gran medida, pero de los demás también, pues a veces actúan como espejos nuestros.

Pero darse cuenta —somos más emocionales que racionales— no basta. Ante esas situaciones que nos sacuden o despiertan, hay que moverse y aquí juegan papel preponderante las emociones, pues son la predisposición para la acción. Darse cuenta tiene que ver con esos momentos íntimos de estar consigo mismo, llámenlo reflexión, meditación, centrado, estar en silencio, pero lo vital es esa conexión con nuestra esencia emocional, corporal y racional.

Entonces, comienzan a producirse cambios, a entenderse el pasado como una fuente de aprendizaje para hacer a un lado los reproches sobre haber hecho o haber dejado de hacer, a apreciar nuestras características, luces y sombras. Y nos vamos convirtiendo en un auténtico y coherente ser, un Yo que comienza a apreciarse, a sentirse valioso, con calidez en el espíritu, pleno. No solo lo vivimos nosotros, sino que los demás lo aprecian. Desde allí se inician, también, cambios en los personajes de nuestro entorno. Y sus cambios, a la vez, alimentan los nuestros.

Cuando cierren su jornada, o comiencen un día, pregúntense: ¿qué hice hoy por mí, para satisfacerme?, ¿ qué acciones emprenderé para hacer que este día sea para lograr mis objetivos?

Bienvenidos ustedes. Nos encontramos pronto, aquí en Inspirulina.



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