Decir adiós es crecer: el desapego

Hace tiempo que dejé de ser de un solo lugar.

Cuando tenía dieciséis años cambié de país por primera vez, de Colombia a Venezuela. Mis primeros quince años me mudé muchas veces. Con mi mamá no nos quedábamos mucho tiempo en un solo lugar, una vez saqué cuentas y me percaté de que habíamos vivido en cincuenta y tres casas; era una situación constante.

A mis diez años mi madre tuvo que irse a vivir a Venezuela y yo no podía ir con ella. Así fue como terminé viviendo con mi familia adoptiva conformada por una tía que no conocía, su esposo y su hija. Viví con ellos desde los diez hasta los quince. Después viví un año con mi padre, su esposa y mis dos hermanas. Bogotá es mi infancia, mi pubertad, mis primeros amigos, mis raíces, mi herencia.

Recién cumplí dieciséis me fui para Caracas a encontrarme con mi mamá y mis otros dos hermanos. La inestabilidad fue un habitué de mi infancia y de mi adolescencia. Cuando cumplí diecisiete y cansada de ir y venir, me mudé sola a una habitación alquilada en Caracas. Así empecé a estudiar y trabajar al mismo tiempo, me pagaba mi habitación y me preparaba académicamente. Por eso mi vida laboral comenzó a temprana edad. En Caracas mientras estudiaba en la Universidad Central de Venezuela, me mudé treinta y siete veces, viví en diversas residencias estudiantiles y habitaciones de casas. Conocí Caracas de arriba a abajo a punta de mudarme. El lugar donde pasé más tiempo fue en la última casa donde viví en La Castellana, en la casa de Thais la madre de Fefa una amiga de la universidad. En Caracas viví casi catorce años, hice mi carrera universitaria, hice los mejores amigos que tengo en la vida, me desarrollé profesionalmente. Venezuela es mi esencia, mi sabor, mi alma.

Yo soy colombo venezolana, digo. Y solo quienes me conocen bien lo entienden. El venezolano recién conocido me mira extraño, el colombiano que no me conoce también, el argentino suele sonreírse sin entender mucho. A veces temo hablar con propiedad sobre Venezuela porque en teoría no tengo los derechos, y a veces hablando como colombiana me siento un poco ajena porque no viví la historia de mi país natal por años que resultan importantes en el desarrollo de un ser humano y de su identidad.

Me fui de Caracas en el 2010 por varias razones: estaba buscando un cambio, el dinero no me alcanzaba, habían secuestrado y herido a varios de mis amigos en los últimos meses, la delincuencia estaba en alza y la situación económica, social y política no era sencilla. Me ofrecieron un empleo en Colombia y lo acepté. La propuesta llegó a mediados de enero y a finales de febrero ya estaba mudada.

Estuve de despedida en despedida el último mes que viví en Caracas, abracé cada momento de una manera muy intensa, disfruté cada momento agradecida por tanto. En ese momento mis bienes materiales eran pocos, lo que más tenía era libros, el 95 % de ellos se quedaron y conmigo viajaron unos pocos. Estuve viviendo casi un año en Bogotá, y en diciembre del 2010 emprendí un viaje que, en teoría, duraría quince días y se convirtió en un viaje de mochilera por Latinoamérica de varios meses.

Una serie de acontecimientos, que relaté en Economía colaborativa: sinónimo de confianza, me hicieron un revés en la vida, todo lo que tenía de valor económico: computadora, Ipod, cámara y dinero me lo robaron y tuve que quedarme en La Paz una temporada resolviendo mi situación. No terminaba de llegar un dinero así que con doscientos dólares que me prestaron, pude comprar un pasaje en autobús de La Paz a Buenos Aires. Recuerdo que costó ciento ochenta dólares, gasté diez en la comida y así fue como, hace cinco años, llegué a Buenos Aires, a la Plaza Miserere en Once a las tres de la madrugada con los diez dólares que me quedaban y una mochila con ropa desgastada.

Pasaron cinco años, cinco increíbles años. El primer año en esta ciudad fue muy rudo, mi aterrizaje no fue sencillo, no tenía dinero, literalmente no tenía casi nada, tuve que empezar de cero, el significado de la palabra humildad transmutó. En una oportunidad pasé tres días sin llevarme un pancito a la boca, trabajé de camarera en un bar donde, baldeando el piso, los zapatos que llevaba se terminaron de hacer mierda y tuve que limpiarlo descalza. Tuve que limpiar baños asquerosamente sucios donde hasta preservativos había, también canté cumbias colombianas en el tren de Retiro a San Isidro a cambio de unas cuantas monedas, vendí pastelitos y cupcakes en los bosques de Palermo.

Cuando por fin conseguí un empleo en una agencia de publicidad como redactora, trabajaba largas horas y ganaba muy poco, fue el primer invierno de mi vida, lo recibí sin guantes ni abrigo, me tomaba el tren a las cinco de la mañana, bajo cero grados, desde Adrogué para lograr llegar a las ocho de la mañana a Núñez. En aquella oficina todo el mundo me preguntaba si no tenía frío y yo argumentaba que el Caribe me acompañaba, para no contarles que era que no tenía plata para un buen abrigo, de ahí cuando salía me tardaba en regresar a mi casa por lo menos tres horas.

Luego me mudé a una zona más céntrica en una casa donde vivíamos varios y todo era un caos. Luego Will, un amigo, se fue tres meses de viaje a Caracas y yo me quedé en su cuarto. Él compartía el departamento con otro venezolano. Ahí conocí a Lili, la dueña del edificio, que junto a su familia me brindó mucho apoyo mientras atravesaba una depresión muy fuerte. Así viví tres años en aquel departamentito de San Cristóbal, donde conocería a Hitomi y Mica, mis vecinas-familia, a Laura que me enseñaría a andar en bici por la ciudad y quien junto a Beto, su novio, me harían adoptar al ser vivo que más adoro en el planeta: Caribe, mi gato negro. Y donde al lado de la primera mejor amiga que tuve aquí, Julieta, nacería mi emprendimiento LACICLA.

Todos mis cimientos se movieron en esa casa, me reconstruí. En ese lugar hubo una demolición interna y me levanté con el alma dispuesta a seguir aprendiendo, a crecer, a aferrarme a la vida, y a entender que el amor más fundamental es el que uno tiene que tener por uno mismo. Estudié en la UADE, estudié en la UBA, reinventé mi carrera profesional, y escribí gran parte de ULISAS, mi primera novela.

Hace un año todo se confabuló a favor para que Caribe y yo nos mudáramos a un hermosísimo departamento en el barrio de San Telmo. Caribe descubrió la libertad de correr por los tejados de las casas coloniales; vivimos en el eje principal donde años atrás se asentaron los pobladores en lo que era la calle Real que hoy se llama Defensa. Este departamento ha marcado otra etapa en mi vida que todavía no puedo describir. Solo sé que ha sido hermoso, tiene su magia ¿vihte? En estos cinco años viajé a Brasil, a Uruguay y a Colombia de vacaciones y aun cuando podía cambiar de opinión elegí esta ciudad para seguir desarrollándome como ser humano, como empresaria, como mujer. Amo esta ciudad. Cada día de mi vida descubro algo en su arquitectura que me genera fascinación, quiero fotografiar cada parte que compone este tejido urbano donde cohabitan diversos estilos que siguen maravillándome en cada paso que doy. No me canso de mirarla.

Hace unos meses, en febrero, en el cumpleaños de una de mis grandes amigas, heredadas de la etapa cuando hacía cine en Venezuela, me ocurrió un clic interno. Marisa, mi amiga, es una destacada actriz venezolana, hija de padres argentinos, ha estado trabajando entre New York y Buenos Aires, y estos últimos meses se ha instalado un poco más aquí. El día de su cumpleaños, mientras lo celebrábamos con toda su familia, me sentí triste, me dio melancolía, y fue el inicio de empezar a desear estar más cerca de mi familia, de mi abuela, de mi padre, de mis tíos, de mi familia adoptiva, y ver de qué manera puedo lograr que mi mamá y mis hermanos puedan salir de Caracas.

10441935_10152186076991243_222316418194363585_nEl 28 de junio tomé la decisión: es tiempo de mudarme, de encontrarme con mi país de origen, descubrirlo más a fondo como lo he hecho con Argentina y Venezuela. La expresión que más escuché últimamente es … «Pero si tenés un buen empleo ¿por qué te vas?». Y bueno, tengo ganas de moverme, de cambiar de ambiente, de encontrarme con mi cultura, de poder organizar nuevas cosas, de salir de mi zona de confort, de probar nuevos desafíos, que dentro de todo están en un terreno claro, conocido y donde tengo una estructura avanzada.

Mi idea es crear un puente laboral entre los dos países. Afortunadamente mi profesión se puede ejercer a nivel remoto y voy a conservar algunos de mis clientes de aquí, y seguramente ganaré nuevos allá. Voy a estar yendo y viniendo, solo que mi centro de operaciones será en Colombia, mi tierra natal.

Ya compré el pasaje, también el de Caribe que puede viajar en cabina conmigo. Hace unos días decidí no postergar más el momento más difícil, empezar a organizar la mudanza, qué me llevo, qué regalo, qué voy a vender, y entonces me hice consciente de todo lo que uno puede crear en cinco años. Llegué sin nada y me voy con tanto. Estoy profundamente agradecida con esta patria que me abrió el alma, me dio grandes lecciones y me enseñó tanto sobre mi persona, mis capacidades.

Sembré y he sembrado bonito, aprendí y tuve que cortar maleza, sacar raíces que no nutrían mi porvenir. Mientras más organizo las cosas, más entiendo lo poco que uno, realmente, necesita para ser feliz, cuántos objetos nos acompañan y cuántos en verdad necesitamos.

Ayer mientras limpiaba pensaba en el porqué de tantos zapatos, en el porqué de guardar cosas que “uno nunca sabe”, cómo es posible que llegué con una mochila y estoy desarmando una casa entera. También me llenaba de orgullo ver cómo cada una de estas “cosas” las fui haciendo yo misma, con esfuerzo, con dedicación y sobre todo con honestidad.

Cuando llega ese momento en el que debo desapegarme de las cosas, siempre es difícil al principio, pero luego es una fiesta. Mi meta es llevarme lo que realmente me es útil, todo lo demás lo suelto, lo entrego, que fluya con la abundancia que siempre me acompaña y que siempre recuerde que quiero SER más, en vez de tener más, ser más feliz, ser más agradecida, ser más bendecida.

Yo represento mis patrias, soy latinoamericana, mis actos hablan de los tres países donde me he construido, me siento orgullosa de bailar una chacarera, un joropo o un bambuco con el mismo amor, de saber preparar un pabellón, un ajiaco o un asado, cantar a todo pulmón una de Divididos, de Sentimiento Muerto o Aterciopelados, y sentirme tremendamente viva a través de ellas.

Soy feliz porque mi acento es fusión con palabras de diversas tierras, agradezco todos los paisajes que me han sido brindados y todas las tierras que me cobijaron.



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